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Tiempos difíciles para Chile

FRANCISCO ROSENDE DESDE SANTIAGO DE CHILE

La economía chilena creció 5,1% el año 2007, cifra que resulta modesta si se considera el favorable escenario de términos de intercambio que ha vivido el país en los últimos años. Cabe señalar que los términos de intercambio crecieron aproximadamente 5% el año pasado, acumulando un incremento cercano a 90% entre los años 2003 y 2007. Por otro lado, la inflación alcanzó a 7,8% en el 2007, cifra que excede largamente el rango de 2 a 4% anual que se planteó el Banco Central como objetivo. Cabe añadir que a febrero del presente año, la variación en doce meses del índice de precios al consumidor fue de 8,1 %.

Es importante señalar que el aumento inflacionario se explica -en un porcentaje significativo- por la verificación de cambios adversos en las condiciones de oferta de importantes rubros, como energía y alimentación. Así, a los problemas que ha planteado en el plano del abastecimiento energético el alza en el precio internacional del petróleo y la reducida oferta de gas natural proveniente de Argentina, se ha sumado un cuadro de sequía que es probable se mantenga durante el presente año. Por otro lado, durante los últimos trimestres se ha consolidado una presión ascendente en el precio internacional de los alimentos, el que indudablemente ha repercutido en la trayectoria del índice de precios al consumidor.

No obstante, ésta es sólo una parte de la explicación, puesto que en los últimos años se ha mantenido un manejo monetario expansivo, el cual no provocó mayores consecuencias inflacionarias mientras las condiciones internacionales de precios fueron favorables, pero una vez que dicho escenario cambió, ha alimentado un aumento importante en la tasa de variación de los precios y salarios.

COMPLEJOS DILEMAS. La combinación de un menor dinamismo de la actividad, junto con una mayor inflación, configura un escenario complejo para la política económica. Así, mientras el aumento de la inflación hace necesaria un alza en las tasas de interés, por otro lado -y de acuerdo con la concepción predominante en la actualidad entre los bancos centrales- ésta debería ser reducida para revitalizar la actividad. En especial, cuando los modelos muestran que el nivel de actividad no excede -o incluso podría estar por debajo- de las estimaciones de "producto potencial".

Sin embargo, este escenario, ya de por sí complejo, se ha tornado aún más difícil luego que la Reserva Federal ejecutara sucesivos y drásticos recortes en su tasa de política, lo que ha configurado una importante diferencia con la establecida por el Banco Central de Chile. Así, durante las primeras semanas del presente año el tipo de cambio ha caído drásticamente, lo que ha aumentado las demandas del sector exportador para que la autoridad monetaria intervenga para impedir que este proceso se acentúe, lo que haría poco aconsejable la implementación de nuevos ajustes al alza en su tasa de política.

Para una economía pequeña, como la chilena, en la que el sector exportador tiene un peso importante, es sin duda un motivo de preocupación la fuerte caída que ha experimentado el tipo de cambio real en los últimos meses, la que acumula 8,5 % entre febrero del presente año e igual mes del año pasado. En tanto se mantenga un alto precio del cobre -días atrás superó los US$ 4 la libra- y el diferencial de tasas de política monetaria con los Estados Unidos, la que eventualmente podría aumentar, parece difícil que esta intensa presión a la baja del dólar se detenga.

PROBLEMA INSTRUMENTAL. En términos generales, el problema que enfrenta la política económica chilena es esencialmente un problema de instrumentos, el que a nivel conceptual no resulta complejo de resolver, pero cuya implementación es delicada. Así, mientras es incuestionable la importancia de ejecutar acciones que potencien la capacidad de crecimiento y generación de empleos de la economía, es claramente errado encomendar dicha tarea a la política monetaria, cuya influencia sobre dichas variables es -en el mejor de los casos- transitoria.

El desafío de elevar el ritmo de crecimiento atraviesa por la configuración de un marco regulatorio y tributario que sea amistoso con el desarrollo de la inversión y la creación de empleos, áreas en las que no se han producido avances en los últimos años. Más aún, han estado permanentemente en la discusión propuestas -de sectores políticamente cercanos al gobierno- que reducen la flexibilidad del mercado del trabajo. Ello dentro de un contexto donde el marco regulatorio muestra importantes falencias. En especial, en la eficacia con la que estas normas se aplican por parte de los organismos correspondientes.

Como señalé antes, si bien la influencia de los shocks reales en la inflación -como la sequía o el mayor precio internacional del petróleo- es incuestionable, tampoco puede ignorarse el hecho que la política monetaria ha sido expansiva por un período prolongado, lo que le otorga una responsabilidad importante en el aumento experimentado por ésta. En esta perspectiva, es imprescindible avanzar en la normalización de esta política, de un modo coherente con la recuperación de tasas de inflación dentro del rango objetivo del Banco Central.

No obstante, no se puede desconocer que la brecha de tasas plantea un problema en términos de sus consecuencias sobre el tipo de cambio real. Sin embargo, parece poco razonable pretender que sea la política monetaria la herramienta adecuada para estabilizar la trayectoria del tipo de cambio real. Más aún, la evidencia indica que los efectos sobre dicha variable de las intervenciones de los bancos centrales en el mercado cambiario son bastante efímeros.

LA RESPUESTA. La respuesta está en la microeconomía. Si bien los desarrollos de las economías industrializadas constituyen actualmente un foco de preocupación, el que en mayor o menor medida deteriora el clima de negocios del resto del mundo, es posible imaginar acciones de política que favorezcan una mejoría del mismo en el caso de economías específicas -como la chilena- cuyas cuentas macroeconómicas están en orden.

En esencia, se trata de medidas coherentes con el mejoramiento de las perspectivas de crecimiento de largo plazo de la economía, lo que atraviesa por la adopción de reformas conducentes a lograr: una mayor flexibilidad laboral; una mayor eficacia y profesionalismo en los entes reguladores -especialmente en los planos ambiental y laboral-; además de acciones que permitan un uso más eficaz de los recursos canalizados a sectores tan importantes, como por ejemplo la educación. Sin duda son tareas difíciles, que requieren de una gran claridad conceptual y liderazgo en las autoridades correspondientes, puesto que implica enfrentar grupos de presión marcadamente ideológicos, de gran influencia política.

La economía chilena disfruta actualmente de un ordenado manejo de las finanzas públicas en un contexto de fortaleza de las cuentas externas, lo que le permite afrontar con cierta tranquilidad la turbulenta coyuntura internacional. Sin embargo, la presencia de signos claros de un menor dinamismo, en un clima donde las presiones políticas para elevar la intervención de las políticas públicas en diferentes mercados se han intensificado, plantea una seria preocupación respecto a las perspectivas económicas. En particular, considerando la abundante disponibilidad de recursos en manos del gobierno generada por el alto precio del cobre, que ha mantenido latente una presión para elevar aún más el ya vigoroso gasto del gobierno, como respuesta a este menor dinamismo de la economía.

De consolidarse este escenario, esto no sólo configuraría una amenaza efectiva a las perspectivas de crecimiento, sino también a la continuidad de un manejo disciplinado de las políticas públicas, considerando que es muy probable que las actuales condiciones de términos de intercambio sean excepcionales.



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