En caso que los radicales, quienes poseen una visión rupturista y revolucionaria, se fueran de la coalición gobernante, eso podría hacer que muchos votantes que hoy están más o menos a mitad de camino entre el gobierno y la oposición -votantes que hoy son, a mi juicio, un grupo más numeroso que los radicales- se decidan finalmente a favor del Frente Amplio, sostuvo el politólogo Luis Eduardo González, director de la consultora Cifra/González, Raga & Asociados, en diálogo con ECONOMIA & MERCADO. A continuación se publica un resumen de sus declaraciones efectuadas desde la Universidad de Notre Dame (Indiana, Estados Unidos), donde está trabajando en una investigación sobre las crisis políticas en América Latina desde el final de la Guerra Fría.
-¿Hacia dónde apuntará sus baterías la coalición de izquierda en el penúltimo año de la administración del Dr. Tabaré Vázquez a efectos de conservar el gobierno en las elecciones de 2009?
-Hay dos temas centrales evidentes desde el punto de vista del Frente Amplio (FA). El primero es el de las diferencias: entre el Uruguay de hoy y el Uruguay de los últimos años, y entre el FA y los partidos fundacionales. En varios aspectos el país está mejor, como lo señaló recientemente el presidente Vázquez al comentar las modificaciones en el gabinete ministerial. Esos cambios para mejor deberían ser consecuencia de las diferencias de ideas, metas, conductas y prácticas entre el FA y la oposición. Por eso, según el discurso oficial, para que el país siga mejorando el FA debería seguir en el gobierno. Cinco años no serían suficientes.
El segundo tema se refiere a la unidad. Sin una cierta unidad básica, las iniciativas del FA no se podrían aplicar y las diferencias anteriores entre el oficialismo y la oposición, tal como las ve la izquierda, no tendrían consecuencias reales. Este es, en parte, un tema a comunicar al público en general y, sobre todo, a la interna del FA, pero también es un equilibrio interno complejo a conservar, y si es posible, fortalecer.
Hay, además, un tercer aspecto. Son las continuidades con el pasado, que no todo el FA ve de la misma manera. Para una parte de la izquierda, ese es un problema y no una virtud. Para los que quieren un orden social y económico diferente al anterior, especialmente para quienes creen que todos los buenos estaban y están de un lado y todos los malos del otro, y que los buenos nunca habían sido gobierno hasta que el FA lo logró, las continuidades serían, en principio, problemas a corregir. Esto puede parecer sensato desde la perspectiva de una minoría que se ve a sí misma como vanguardia revolucionaria, rupturista.
-¿Pero, es razonable ese criterio para un partido que pretende ser la mayoría absoluta del electorado uruguayo?
-No, no es razonable. Para una parte importante de ese electorado que se espera conquistar o retener, en última instancia no se trata -ni se trataba- de cambiar el país viejo por otro nuevo, sino de mejorarlo. Entonces, las continuidades importan. "Matar" el país de antes, aunque sólo sea simbólicamente, es matar "nuestra" memoria histórica; es una forma de suicidio. ¿Cómo se puede liderar el país hacia un futuro mejor sin restablecer confianzas, generar optimismos? Creo que la reivindicación de la democracia es una parte importante de estas continuidades "virtuosas". Sin embargo, no son muchas las voces importantes en el FA que se refieren a estas continuidades: la del presidente Vázquez, en primer lugar, y luego, de diferentes maneras y con diferentes acentos, las de los ministros Astori y Mujica.
-En la medida que el panorama político se vaya complicando, sobre todo si la coyuntura internacional no es tan favorable para los intereses de Uruguay, ¿qué posibilidades existen de que el gobierno sea más condescendiente con las demandas de algunos sectores con peso electoral a efectos de "comprar paz política"?
-Las probabilidades aumentan. Esto es lo que dice la historia: las urgencias electorales impulsan a comprar a crédito, pagando soluciones de corto plazo con posibles problemas de mediano y largo plazo. Entre nosotros, esto a veces se llama "carnaval electoral", pero no es un problema del FA, ni de los partidos uruguayos en general. Es una tentación de la mayor parte de los gobiernos de los países democráticos durante la mayor parte del tiempo. El asunto es cómo los gobiernos enfrentan o no esas tentaciones.
-A pesar de los buenos resultados económicos que registró Uruguay en 2007, las encuestas de opinión pública más recientes indican una caída en el apoyo de la opinión pública al partido gobernante. ¿A qué atribuye ese estado de ánimo de la ciudadanía?
-Las encuestas de Cifra del año pasado muestran una caída que hacia fines del año se detuvo y comenzó a revertirse. Hay que esperar un poco más. Todavía no es posible identificar una tendencia clara en ese tema.
Críticas
-¿En torno a qué temas económicos el Frente Amplio se sentiría más cómodo debatiendo en la campaña electoral, y en cuáles tendría que hacer mayores esfuerzos para defender los logros de su administración?
-Este es el tema de las diferencias mencionado al comienzo de esta entrevista. En muchos frentes -como, por ejemplo, en materia de ocupación, de aumento de la inversión- el país está mejor y la población ve las cosas en esos términos. El FA probablemente tratará de afirmar su mensaje en las mejorías tangibles, reconocidas como tales por los uruguayos. La oposición ha estado jugando un partido difícil en este plano, porque buena parte de sus argumentos centrales no se refieren a cuestiones que ahora están peor que antes, sino a oportunidades perdidas. Pero esto requiere, primero, imaginar algo que por definición no existe y, luego, convencer a un público escéptico que esas bondades inexistentes eran conquistables.
- Los grupos de izquierda ortodoxos han sido los críticos más duros de la gestión del ministro Astori, a quien responsabilizan del desvío programático del Frente Amplio. ¿En qué medida esa acusación puede significar una pérdida considerable de votos para la coalición de izquierdas?
-Los radicales auténticos, los que poseen una visión rupturista y revolucionaria, son una minoría pequeña. La opción, desde su punto de vista, está entre lo menos malo -el FA- y el desierto, o sea "acumular fuerzas" a la intemperie a la espera de tiempos mejores. De esa minoría pequeña seguramente no todos, tal vez ni siquiera la mayoría de ellos, optarían deliberadamente por el desierto. Si optan por la intemperie, en circunstancias como las de 2004, podrían hacer necesaria una segunda vuelta. Algo parecido le pasó a Lula cuando buscó su reelección. Pero no es seguro que ese sea el resultado de su opción por la intemperie, porque si los radicales se van de la coalición gobernante, eso podría hacer que muchos votantes que hoy están más o menos a mitad de camino entre el gobierno y la oposición -votantes que hoy son, a mi juicio, un grupo más numeroso que los radicales- se decidan finalmente a favor del FA.
-En la medida en que se presenten más denuncias contra integrantes del gobierno y del gabinete ministerial referidas a la supuesta corrupción en la administración de los casinos municipales, ¿podría deteriorarse significativamente la confianza de la opinión pública en la idoneidad y honestidad del gobierno?
-Sí, naturalmente. Pero, por un lado, hace falta bastante presión. Por otro lado, importa mucho la reacción de los involucrados. Cuando hay responsabilidades políticas suele valer lo de la mujer del César: no alcanza con ser; también hay que parecer. Este es un punto potencialmente complicado en el episodio de los casinos.
Central sindical
-¿Qué rol prevé que desempeñe el Pit-Cnt, que está claramente identificado desde el punto de vista ideológico con el Frente Amplio, en la nominación de la fórmula presidencial de la izquierda?
-Importa sobre todo a través de sus líderes encuadrados en sectores influyentes del FA. Pero, ostensiblemente, el papel directo del Pit-Cnt será pequeño. Para los sindicalistas más cercanos al gobierno, o relativamente equidistantes, probablemente es mejor que la situación se mantenga en el plano político partidario, entre otras cosas, para no abrir oportunidades a los radicales. Estos, a su vez, se dedican más bien a denunciar y a criticar al gobierno. Casi todos, además, defienden la independencia del movimiento sindical en términos casi absolutos, al menos discursivamente. En esas condiciones, no es fácil mantener las distancias y separaciones entre los sindicatos y la política partidaria en el plano de la independencia sindical, y al mismo tiempo tratar de eliminarlas en el plano de la designación de candidatos.
-¿En qué grado se limitarían los márgenes de gobernabilidad de un nuevo gobierno de izquierda si la designación del candidato presidencial recayera en una figura que no goce del apoyo explícito del movimiento sindical?
-La respuesta es similar a la de la pregunta sobre las críticas de los sectores más radicales y sus posibles consecuencias electorales. Si el movimiento sindical o una parte sustancial del mismo, aunque sea minoritaria, protesta, seguramente puede complicar las cosas. Pero no es seguro que haya quejas significativas. Entre otras razones porque, si las protestas fueran muy fuertes, aparecerían dos riesgos adicionales. Por un lado, afectaría la unidad sindical y la imagen del movimiento ante la opinión pública, incluyendo la mayoría de los votantes del FA. Por otro lado, esos rechazos y presiones bien podrían fortalecer a "la figura política que no goce del apoyo explícito del movimiento sindical" y a los sectores que la respaldan.
Política exterior
-¿Existe una sola posición en la política exterior del gobierno con respecto al Mercosur y los Estados Unidos, como ha señalado en más de una oportunidad el canciller saliente Reinaldo Gargano?
-A mi modo de ver, no existe una sola posición. Ni sobre el Mercosur, ni sobre Estados Unidos, ni, más generalmente, sobre los principios generales que deberían orientar la política exterior. En esta materia, el presidente y, probablemente, la mayoría de las principales figuras del gobierno son "realistas", tanto en el sentido habitual del término como en uno más específico. En este último sentido, ser "realista" significa que las decisiones últimas y potencialmente más importantes para el país deben ser tomadas en función de los intereses nacionales, definidos con un criterio relativamente estrecho. Las afinidades ideológicas y las amistades son muy importantes, pero están subordinadas a esa lógica.
-Hasta hace veinte o treinta años la mayoría de la izquierda uruguaya nunca fue "realista" en materia de política exterior. ¿Qué produjo ese cambio?
-Hoy una minoría significativa, incluyendo al canciller Gargano, y tal vez la mayoría de los cuadros intermedios del FA -y los del movimiento sindical, en particular, que provienen de la izquierda tradicional- no son "realistas". Desde el final de la Guerra Fría, los cambios de la izquierda en este y otros planos son más claramente visibles, pero esos virajes ocurren con diferentes velocidades en los distintos sectores del partido de gobierno y de la central sindical. Algunos observadores atribuyeron intenciones en parte pedagógicas al viaje presidencial al sur de Asia, particularmente a las declaraciones públicas del Dr. Tabaré Vázquez sobre las políticas comerciales vietnamitas, que consideraron claramente "realistas". Es probable que tuvieran razón.
|Entrevista |
El centro del espectro político uruguayo
-La ideología del Frente Amplio parece haberse corrido hacia el centro del espectro político, donde se aglutina el grueso del electorado colorado y nacionalista. ¿Qué distingue hoy a un votante frentista de otro de los partidos tradicionales?
-Más o menos lo mismo, en términos generales, que lo que siempre distinguió a blancos de colorados: algunas grandes orientaciones -las inclinaciones religiosas, por ejemplo-, tradiciones propias, héroes propios. No es poco y tiene consecuencias: cuando las encuestas preguntan por la posición de cada uno en materia de izquierdas y derechas, los votantes del FA son claramente diferentes a los votantes blancos y colorados, que en este aspecto se parecen mucho entre sí.
Desde otra perspectiva, sin embargo, las diferencias son pequeñas. La gran mayoría de los uruguayos somos "batllistas de Don Pepe".
-Pero, ¿no ha sido esa percepción motivo de acalorados debates durante décadas?
-Sí. Muchos blancos discrepan, a veces fieramente, con esta afirmación, pero creo que es correcta. Esto no significa que ignoremos lo que dividía a Don Pepe de Aparicio, o a Herrera de Don Luis. Sólo implica cuestiones más generales y menos partidarias: una actitud positiva hacia el Estado, cierta desconfianza de las empresas y del capital, y una religiosidad muy pacífica. También incluye actitudes favorables hacia la igualdad -"naides es más que naides"- y hacia las libertades. Significa, en el fondo, que somos socialdemócratas moderados. Estos "batllistas de Don Pepe" -o sea estos socialdemócratas- son mayoría entre los votantes del gobierno, y también entre los de la oposición. Desde esta óptica, las diferencias son realmente pequeñas. Pero las camisetas pesan. Para ganar elecciones hay que prestar atención a las diferencias. Pero este énfasis en las diferencias hace que a los ganadores les resulta más difícil gobernar, a pesar de que los votantes del gobierno y de la oposición tendrían mucho en común.
Compatibilizar metas de largo plazo con lo económicamente útil a corto plazo
-¿Qué partido cuenta con mayores posibilidades de disputarle la presidencia al Frente Amplio en una segunda vuelta electoral?
-Desde las últimas elecciones siempre ha sido el Partido Nacional. Pero vale la cautela de siempre: todavía falta un año y medio largo para las elecciones nacionales.
-¿Sería el actual ministro de Economía y Finanzas un candidato presidencial fácilmente vulnerable para los partidos de la oposición?
-Según lo que se ha visto en los últimos años, no es así. Al contrario, Astori normalmente ha sido el mejor candidato del FA hacia fuera de sus fronteras. Pero todavía falta más de un año para el momento de las definiciones. Lo que ocurrirá en ese plazo depende, en buena medida, de las habilidades, decisiones y acciones del ministro de Economía y de sus opositores dentro y fuera del FA.
-¿En dónde deberían centrar los partidos tradicionales sus mayores esfuerzos este año: en la presentación de proyectos de ley, en la elaboración de programas de gobierno o en la negociación de acuerdos interpartidarios para evitar confrontaciones entre sus líderes de cara a las elecciones internas previstas para el primer semestre de 2009?
-Lo más importante es que las metas y estrategias sean muy claras. De allí salen los criterios para evaluar las bondades o carencias de cualquiera de esas vías. Los caminos en sí mismos no son decisivos; sirven si son parte de una estrategia que suma diferentes elementos buscando una meta única.
-¿Qué propuesta de política económica le redituaría más votos tanto al Partido Nacional como al Partido Colorado: un enfoque francamente liberal, o esbozar matices más moderados respecto a los actuales lineamientos del Ministerio de Economía?
-Aquí volvemos al tema de las identidades, a lo que los votantes del gobierno y de la oposición tienen en común o de diferente. Un candidato puede ser un liberal puro y duro en términos económicos y puede hacer una campaña principista, consistente con esas convicciones. Eso haría maravillas para su imagen entre las minorías relativamente pequeñas que piensan del mismo modo, e incluso entre las minorías aún más pequeñas de intelectuales que piensan diferente, pero respetan el intelecto y convicciones de ese candidato. Pero, si es cierto que la gran mayoría de los uruguayos somos socialdemócratas -o "batllistas de Don Pepe"-, entonces es imposible que ese candidato gane una elección nacional de esa forma, al menos en la actualidad. No solamente la izquierda debe "aggiornarse".
-¿Y cuáles serían las consecuencias de estas ideas para los eventuales candidatos de las colectividades tradicionales?
-Para los liberales el problema está en compatibilizar las metas de largo plazo con lo políticamente viable y económicamente útil a corto plazo. Para los blancos y colorados a secas, que colectivamente no son liberales "puros y duros" desde hace muchísimo tiempo, el problema radica en encontrar el tono justo. ¿Cómo hago para ser, en el fondo, lo mismo que somos casi todos, pero serlo de una manera única, con personalidad y contenido propios? No es una cuestión de hipocresía, como los escépticos podrían pensar; se trata más bien de una cuestión genuina de creatividad política.
Ficha técnica
Luis Eduardo González, uruguayo, 62 años, se doctoró en ciencia política en la Universidad de Yale (Estados Unidos) y obtuvo una maestría en sociología en el Departamento de Ciencias Sociales de la Fundación Bariloche (Argentina). Es cofundador y director de la consultora Cifra/González, Raga y Asociados, consultor internacional, profesor titular de Ciencias Sociales en la Ucudal y catedrático de Ciencia Política en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República.