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La crisis y sus propuestas de salida

CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC

Bajo el consenso generalizado que la mayoría de los países desarrollados se encaminan hacia una fase recesiva, restan dos debates abiertos significativos. Uno hace referencia a la capacidad de los instrumentos que se están aplicando para atemperar su eclosión, e incluso de poder revertir rápidamente la senda contractiva esperada.

En tal sentido, sus bancos centrales vienen "poniendo el hombro" juntos, inyectando liquidez y explorando mecanismos para evitar una contracción del crédito. Por su parte, la Fed instrumenta una política monetaria expansiva reduciendo las tasas de interés. En paralelo, se vienen recomendando medidas de estímulo fiscal, siendo la más reciente la aprobada por el Congreso de Estados Unidos por un monto de 150.000 millones de dólares.

El segundo tema refiere al impacto, si lo hay, sobre el resto del mundo, en particular sobre China y su constelación de proveedores de materias primas y alimentos. Al respecto impera un sentimiento, aun no bien justificado, que afirma que las economías en desarrollado han logrado desacoplarse en buena medida del resto del mundo, logrando un grado de inmunidad considerable para absorber el impacto de la ola recesiva proveniente del mundo desarrollado.

LAS PREGUNTAS. Mirando hacia un pasado que no se remonta más allá de tres décadas, se advierte que el mundo en su totalidad se expande y se contrae al unísono. Habrá cuestiones de grados, de velocidades de ajuste, pero al final del camino hay un resultado que los abraza a todos por igual. Más aun, crisis en el mundo en desarrollo como la del Tequila del 94, la del sudeste asiático del 97 y la de Rusia del 98 arrastraron episodios de crisis que contaminaron áreas lejanas del epicentro inicial. No debemos olvidar que este último fue la generatriz de las calamidades que surcaron nuestra región y nuestro país a comienzos de la década.

¿Qué hay de distinto ahora, para pensar que las formas de transmisión de impactos adversos serán frenadas con mayor éxito? Es verdad que la mayoría de los países en desarrollo están mejor preparados para enfrentar los embates del contagio proveniente de una crisis financiera externa. Consolidación macroeconómica, niveles abundantes de reservas, desdolarización creciente de su endeudamiento, sistemas financieros domésticos bien capitalizados y mejor regulados son algunos de los cortafuegos que han construido al respecto.

Pero sin duda que la última década muestra también a un mundo más globalizado en lo comercial, resaltándose con vigor la dupla Estados Unidos-China, con todos los efectos colaterales que ello implica hacia el resto.

Y aquí se encuentra, a nuestro entender, un punto cardinal en lo que refiere a los efectos de las políticas que se vienen instrumentando, al devenir futuro de la economía mundial y en particular a los efectos sobre nuestros países.

¿UN ENFOQUE LIMITADO? Un tema sobre el que no se discute se vincula a la dinámica reciente del mundo que estuvo -y por ahora sigue- montada sobre la capacidad de empuje del consumidor americano financiado con crédito fondeado por el exceso de ahorro de China. Su canal de transmisión fue mantener una moneda artificialmente subvaluada -el renminbi- para favorecer las exportaciones chinas, cuya contrapartida son saldos positivos en su cuenta corriente y acumulación extraordinaria de reservas represtadas para financiar al consumidor norteamericano. En definitiva, una forma de reciclar el exceso de ahorro chino hacia un área de escasez endémica del mismo y alta propensión al consumo. Ese mecanismo de relojería, conocido como Bretton Woods II, requiere de varios supuestos para funcionar sin pausa. Primero, del financiamiento permanente de la cuenta corriente de Estados Unidos con ahorro externo. Segundo, de la operativa de un sistema bancario que siempre esté dispuesto a aportar más financiamiento para apuntalar gasto adicional.

Esta forma de funcionamiento del mundo es reciente y ciertamente marca un cambio estructural significativo.

Entonces, si es así, ¿no se estarán aplicando políticas de alcance parcial que responden a otra época o que no atienden en profundidad al verdadero meollo del problema?

En realidad, para salir de la crisis se está aplicando una receta keynesiana fundada en una mezcla de laxitud monetaria y estímulos fiscales, que responden más a los requerimientos de una economía cerrada, como lo era Estados Unidos en la década del treinta, que al de un sistema económico fuertemente conectado con el resto del mundo.

En otras palabras, se quiere revigorizar al consumidor norteamericano para que nuevamente cumpla su papel de locomotora de arrastre de la economía mundial. Quizás lo que olvida, es que esa conducta hasta el momento se alimenta en buena parte con ahorro externo. Si fuera lo contrario, comienza a operar entonces un tema sutil de consecuencias serias. Al compás de la laxitud monetaria y la expansión fiscal, el dólar se debilitará irremediablemente y habrá impulsos inflacionarios. Sus consecuencias son una revaluación del resto de las monedas -incluido el renminbi-, una descarga inflacionaria hacia el exterior y un aumento de la capacidad de competencia de Estados Unidos desplazando exportadores.

Todo eso automáticamente implica el quiebre del modelo Bretton Woods II. De ser así, ocurrirá el planteo de un nuevo ordenamiento aun ignoto, pero cuyo denominador común probable sea un aumento del proteccionismo y nivel de actividad menor.

UNA SALIDA ALTERNATIVA. Cambiar de paradigma de funcionamiento en medio de una crisis en proceso es descabellado. Pero también es temerario, aplicar correctivos que no tienen la potencia necesaria ni son los más adecuados para resolver el problema.

Todo hace pensar que el problema en cuestión es el síntoma de un desajuste más profundo, que no puede resolverse con políticas que en definitiva tienen alcance local o parcial. Consolidar el funcionamiento mundial bajo las reglas actuales implica que la demanda doméstica de China debe compensar en lo posible la caída de los niveles de consumo de Estados Unidos. El recalentamiento de los precios inmobiliarios, más allá de las imprudencias de los banqueros, es una muestra de que había alcanzado sus límites. Cabe recordar que cualquier sociedad inundada con ahorro externo termina con una burbuja de precios en su sector no transable, en este caso la vivienda.

Esto nos conduce a replantear nuevamente que, más allá de las medidas de emergencia que se vienen instrumentando a nivel de los países desarrollados, es necesario instrumentar una salida concertada de la crisis. De lo contrario, se corre el riesgo de estar aplicando parches a un problema que requiere de una visión más amplia para entenderlo, para luego actuar con el propósito de consolidar un funcionamiento más estable de la economía global.

Hasta el momento, quien debiera estar en esos menesteres -el FMI-, viene cumpliendo solo funciones de heraldo sobre las consecuencias probables de la situación actual, con un enfoque más pesimista sobre el devenir de los acontecimientos y advirtiendo de una probabilidad no despreciable que haya efectos adversos sobre otras áreas del mundo.

Sin embargo, no se conoce la búsqueda de una salida concertada que incluya a China y su periferia. Otra vez queda claramente manifestada la orfandad de instrumentos, y en particular de una institucionalidad adecuada, para abarcar e intentar resolver estos desafíos.

Este quizás sea uno de los riesgos latentes más importantes que presenta la situación actual. Si se dispara un evento inesperado que envuelva al mundo en desarrollo, ¿cuál es el foro adecuado para buscar la salida, canalizar los recursos necesarios y construir los cortafuegos adecuados?

Hasta el momento es una pregunta sin una respuesta adecuada, que implica incurrir en riesgos excesivos.

¿HAY DESACOPLAMIENTO? Si estamos en lo cierto, el desacoplamiento del que tanto se habla sigue siendo todavía una asignatura pendiente. El mundo actual se comporta como un conglomerado fuertemente interconectado. Un evento en uno de los extremos del mundo desarrollado, transmitirá sus impulsos por los canales financieros y del comercio. Obviamente que sus consecuencias se irradiarán con grados de virulencia diferentes, pero nadie estará exento de sus efectos.

Nuevamente entonces es prudente estar fortalecidos para enfrentar eventos, que aunque de duración breve, pueden ser de potencia considerable. Al particular muchos países en desarrollo, incluido el nuestro, muestran niveles de reservas suficientes para sobrellevarlos



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