Javier de Haedo
Si bien no trajeron sorpresas, merecen ser comentados los resultados de algunos de los indicadores que se conocieron recientemente.
El año pasado, en el que hubo un fuerte crecimiento de la economía, de 7,25% según la última estimación del Gobierno, se registraron, en forma simultánea, aumentos en el empleo y en el salario real. Es habitual que el crecimiento del PIB coincida con el de la "masa salarial" definida como el producto de precio por cantidad de trabajo, es decir salario real y empleo. En un contexto de vigencia de Consejos de Salarios, la evolución del salario real es guiada por sus pautas y en la medida en que éstas dejen margen, como ocurre hoy dado el fuerte aumento del PIB, también sube la ocupación. Entre los promedios de 2007 y 2008, los salarios reales medios del sector privado subieron 4,5% y la tasa de empleo pasó, en el promedio del país urbano, del 54,0% al 56,7% de la población en edad de trabajar. Los salarios reales suben, pero no gracias a los Consejos de Salarios, sino porque la economía lo permite. Bastará con que el producto se desacelere y vuelva a tasas más normales, para que caiga el empleo si no cambian las pautas de los Consejos.
En cuanto a los datos de empleo y desempleo, hay que hilar fino para entender en su justa medida los buenos resultados que se vienen obteniendo. El desempleo ha caído y está hoy claramente abajo del 10% de la población activa, tasa que poco tiempo atrás parecía difícil traspasar, y la tasa de empleo está en su máximo histórico. No obstante, hay que realizar algunas precisiones. Primero, la actual encuesta de hogares cubre a todo el país mientras que hasta 2005 sólo cubría el país urbano, es decir las localidades de más de cinco mil habitantes. Sin ir más lejos, en diciembre el desempleo en el promedio del país urbano fue de 8,1% y en el resto del país, de 5,4%, por lo que al considerar todo el país el promedio baja. La comparación histórica sólo es posible con los datos del país urbano y hubo etapas de menos desempleo que hoy, en 1986-87, en 1993-94, y, especialmente, a comienzos de los ochenta. Segundo, el cambio de encuesta desde 2006 también afectó a Montevideo, incluyendo más población, y en ese año se registraron aumentos en actividad y empleo y una reducción en desempleo, atribuibles al cambio de muestra. Tercero, la emigración, que sigue tan campante, tiende a bajar el desempleo. Por otra parte, no resulta muy válido comparar la actual tasa de empleo con las de 10 o 20 años atrás, en la medida en que hay cambios en los patrones culturales de actividad y empleo que explican las tendencias de ambas a crecer.
No obstante, comparto los cálculos que se han conocido en materia de creación de empleo, la que estimo en 77 mil personas en el país urbano entre los promedios de 2006 y 2007. Se trata de un excelente resultado, el que ya no habrá de repetirse en la medida en que el desempleo se acerca a su magnitud estructural y a que la población activa ya no habrá de crecer significativamente.
También se conocieron los números fiscales finales de 2007. Con gran puntería, el resultado primario (excluyendo los pagos de intereses) y el déficit fiscal dieron en el blanco, en la meta prevista. Eso fue consecuencia de un déficit monumental en diciembre, que barrió con el considerable margen que había hasta noviembre. Basta con decir que el superávit primario bajó de 4,8% del PIB en los 12 meses a noviembre, a 3,3% del producto a diciembre. Esto no fue sorpresa para nadie, en la medida en que el MEF, en sus comunicados mensuales, nos venía advirtiendo que semejante excedente era transitorio y que se consumiría al cierre del año. En el preciso comunicado de fin de enero, el MEF detalló las causas de tal deterioro, entre las cuales hay que separar la paja del trigo. Hay tres rubros, que suman $ 2.096 millones, que constituyen los llamados "esqueletos", deudas viejas que se aprovecha a saldar al registrarse un excedente (CND, Caja Bancaria y FNR). No son déficit del mes ni del año en que se registra el pago y para hacer justicia con los números, deben deducirse del gasto y del déficit. De este modo, el gasto primario del sector público no financiero fue, ajustado por esqueletos, de 25,5% del PIB, mientras que el resultado fiscal global fue equilibrado.
Pero los restantes rubros detallados en el comunicado del MEF constituyen gasto de 2007, por más que se hayan contabilizado recién en diciembre (capitalización de Pluna, Plan Ceibal, Subsidio Textil y Vestimenta, mayor ejecución de inversiones). Y además está la variación del stock de petróleo de Ancap, que se ha vuelto muy volátil y que en diciembre se puso al día, mientras que a noviembre había mucho menos stock del habitual y por lo tanto más dinero en caja.
Aún descontando los esqueletos, el gasto primario nominal subió 16,1% en 2007 frente a 2006. Un verdadero exceso, si se considera que el programa fue diseñado con un crecimiento del producto de 4,5% y una inflación media anual de 6%. Exceso que parece destinado a reiterarse en 2008 y, según las últimas versiones de prensa, también en 2009.
En el área monetaria sigue creciendo, mes a mes, la bola de nieve de Letras de Regulación Monetaria en pesos, la que se acerca raudamente a los US$ 2.000 millones. El BCU ha estado comprando dólares con Letras en pesos, y nadie sabe cuál es el huevo y cuál la gallina. ¿Es que el BCU no tiene más remedio que comprar los dólares que le tiran por la cabeza, y para esterilizar, luego, emite Letras? ¿O es que tienta la entrada de capitales de muy corto plazo con altas tasas en las Letras y la expectativa de un dólar cada vez más barato? ¿Cómo se desmonta esta bomba de tiempo? Porque lo es, indudablemente, y para asustarse basta imaginar un nivel de tasa en pesos de turbulencia en el barrio. Los instrumentos de regulación monetaria pueden utilizarse para regular la liquidez a lo largo de un mes o a lo largo de un año, en función de su estacionalidad. Pero si, con estabilidad de precios, año a año sube el stock como está ocurriendo, no es porque esté regulando la liquidez sino porque se lo usa para otra cosa. La contrapartida de semejante aumento del stock de Letras es el aumento del stock de reservas del BCU, que, a la larga, habrá que utilizar para repagar esa deuda en pesos, peligrosa y cara. Y esto no tiene que ver con monetización o mayor confianza en la moneda nacional por parte de los criollos. Es la contrapartida de especulación de afuera, propiciada desde acá.
Para terminar por hoy, hablemos de competitividad. Como vengo escribiendo desde hace meses, la competitividad se viene desplomando mes a mes de acuerdo a los indicadores del BCU. En 2007, de punta a punta del año, la competitividad global cayó 7,0%, y la extra regional, cayó 11,2%. En diciembre, el indicador global de competitividad estaba 1,7% abajo del promedio histórico (1977-2007) y el extra regional, 13,3% abajo del índice respectivo. En enero, según mis cálculos, ambos índices se volvieron a deteriorar en dos puntos porcentuales y todo parece indicar que en febrero ocurrirá algo parecido. Es la crónica de un proceso anunciado y no vale el argumento de que el dólar cae acá porque cae en todo el mundo. Si se pierde competitividad es porque acá cae más que en el resto del mundo. El equilibrio histórico en el nivel global está hoy en $ 22 y en el extra regional en $ 25. Mientras, en la realidad se acerca a $ 20 y cayendo. La causa es evidente: la inconsistencia de políticas. Mientras que se endurece la monetaria-cambiaria, nada se hace en materia fiscal, donde el gasto vuela cada vez más alto, ni salarial, donde se mantiene intacta la indexación.
Al comienzo del actual período de gobierno, las autoridades aludieron reiteradamente a la necesidad de impulsar políticas fiscales anticíclicas, contrariamente a lo que era habitual en Uruguay. Como nunca antes, se dio la oportunidad de aplicarlas, en la medida en que el crecimiento económico ha sido extraordinario, de la mano de un mundo muy amigable. En este período se pasó de estar por debajo del PIB tendencial a estar por encima de él. Sin embargo, las metas fiscales no se dieron por enteradas. Al contrario, fueron ajustadas en el sentido de permitir un mayor gasto, aprovechando tanto la mayor recaudación generada por el inesperado crecimiento económico, como los menores pagos de intereses, originados en el menor precio del dólar y en la mayor proporción de deuda en UI, con menos tasa de interés que la deuda en dólares.