En 1904, Willie Vanderbilt alcanzó unas emocionantes 92,3 millas por hora (147,7 kilómetros por hora) en su automóvil alemán nuevo, batiendo el récord de velocidad por tierra. En la enorme mansión de su hermano mayor en Carolina del Norte se podían conservar hasta 500 libras de carne en sus refrigeradores eléctricos. En triste contraste, el americano por debajo del promedio de la Edad Dorada debía conformarse con un par de zapatos y un bloque de hielo derritiéndose. Aunque pudiera de alguna manera ahorrar lo suficiente para una hielera, con el salario de un día no alcanzaba a comprar una libra de carne para poner en ella. Paul Krugman, de la Universidad de Princeton, ha sostenido recientemente (1) que la ampliación de la brecha en los ingresos actuales en Estados Unidos está alcanzando una nueva era de odiosas desigualdades. Pero una mirada a los números detrás de los números sugiere que Krugman ha sido engañado: lejos de una nueva Edad Dorada, Estados Unidos está experimentando un período de igualdad material sin precedentes.
Esto no significa negar que la desigualdad en los ingresos esté aumentando: lo está. Pero las medidas de desigualdad en los ingresos son engañosas ya que el ingreso de un individuo es, como mucho, una primera aproximación de su real bienestar económico. Dado que podemos ahorrar, utilizar ahorros, o endeudarnos, nuestro ingreso puede indicarnos poco acerca de cómo nos está yendo. Las encuestas de consumo, que investigan lo que la gente realmente gasta, muestran un retrato más real de la calidad material de vida. De acuerdo a un estudio de 2006 de Dirk Krueger de la Universidad de Pennsylvania y Fabrizio Perri de la Universidad de Nueva York (2), la desigualdad en el consumo ha cambiado muy poco en varias décadas, a pesar de un fuerte aumento de la desigualdad en los ingresos.
Pero las cifras de consumo también ocultan tanto como muestran. Estas cifras pueden registrar solamente lo que hemos gastado, pero no el valor -el placer o la salud- obtenida con ese gasto. Una tendencia estable en la desigualdad nominal del consumo puede enmascarar una caída de la desigualdad real o "ajustada por utilidad" del consumo. De hecho, de acuerdo a los investigadores en el área de la felicidad, la desigualdad declarada en "satisfacción en la vida" se ha reducido en las democracias ricas, incluyendo Estados Unidos, lo que sugiere que la calidad de vida a lo largo de la escala de ingresos se está tornando más parecida, no menos.
Se puede ver esta igualación en los mercados del transporte y de los electrodomésticos. Ya no es necesario ser un Vanderbilt para tener un refrigerador o un auto. Los refrigeradores actualmente son universales en Estados Unidos, aunque la desigualdad en los refrigeradores continúa aumentando. El Sub-Zero PRO 48, que el fabricante llama "un monumento para la conservación de alimentos", cuesta cerca de 11.000 dólares, mientras que el Energisk B18 W de IKEA cuesta 350 dólares. La diferencia en calidad de vida, sin embargo, es mucho menor que la que hay entre tener carne y leche frescas y no tenerlas. De la misma manera, más del 70% de los estadounidenses que están debajo de la línea de pobreza tienen por lo menos un auto. Y la diferencia entre manejar un Hyundai Elantra usado y un Jaguar XJ nuevo es casi imperceptible comparada con la diferencia entre andar motorizado y caminar por el barro. La enorme variación de precios a menudo no deja ver que la calidad de vida de los ricos y los pobres se ha acercado.
AHORRE. VIVA MEJOR. Este acercamiento no es algo del pasado. Para tomar un ejemplo reciente, Jerry Hausman del Massachusetts Institute of Technology y Ephraim Leibtag del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (3), muestran que la llegada de Wal-Mart al negocio de los supermercados ha bajado los precios de los alimentos. Dado que los más pobres gastan la mayor parte de su presupuesto en alimentos, los precios más bajos los han beneficiado más. Las estadísticas oficiales no muestran estas ganancias.
Como regla, cuando los precios de la comida, la ropa y las comodidades modernas básicas bajan en relación a los precios de los bienes de lujo, la desigualdad real en el consumo cae. Pero el punto no es que en Estados Unidos el relativamente pobre no sufre dolorosos ataques a su dignidad, lo que sería absurdo. Es que, a lo largo del tiempo, la experiencia diaria de consumo entre los menos afortunados se ha vuelto en muchas formas más parecida a la de sus compatriotas más ricos. Una televisión de plasma es encantadora, pero no es necesaria para reírse con "Shrek".
Este acercamiento es la consecuencia predecible de las innovaciones en la producción y en la distribución, que han mejorado la calidad de los bienes en los rangos de precios más bajos más rápidamente que en los altos. Las nuevas tecnologías y las imitaciones han reducido la escala de precios tan rápido que no es posible distinguir por mucho tiempo al rico del que aspira a serlo.
Esta igualdad creciente en el consumo real refleja una reducción dramática de otras desigualdades entre los ricos y los pobres, como las desigualdades en la altura, la esperanza de vida y el ocio. William Robert Fogel, un historiador económico ganador del premio Nobel, sostiene que las medidas nominales de bienestar económico en general ignoran estos enormes cambios en las condiciones de vida. "En todas las medidas que hemos tenido sobre los estándares de vida… las ganancias de las clases más bajas han sido muy superiores a las experimentadas por la población en su conjunto", observa Fogel (4).
Algunas desigualdades preocupantes, como el acceso a una buena educación, pueden de hecho estar aumentando, impidiendo la movilidad económica para los menos afortunados y exacerbando las tendencias a la desigualdad en el ingreso. Sin embargo aún cuando sí preocupa esa desigualdad, la idea puede enviar señales equívocas sobre las tendencias subyacentes en el consumo real y la calidad de vida real. Contrariamente a lo que sugiere Krugman, las brechas estilo Edad Dorada en el ingreso no implican brechas estilo Edad Dorada en la calidad de vida. Por el contrario, esas almas intrépidas que hacen inmensas fortunas produciendo bienes de la más alta calidad a los precios más bajos amplían la brecha en los ingresos mientras reducen las diferencias que más importan.