MARK GILBERT / BLOOMNERG
Cualquier banquero, operador o inversionista a quien se le pidiera que inventara el perfecto ambiente de mercado para crear riqueza más allá de los más locos sueños de avaricia, sacaría a relucir condiciones semejantes a las del pasado decenio. Entonces, ¿qué anduvo mal?
La comunidad financiera, por codicia, estupidez y soberbia, ha ensuciado su propio terreno. La era de munificentes condiciones para ganar dinero -reglamentaciones moderadas, flujos de información cada día más rápidos, crédito libremente disponible, acceso sin precedente a inversores globales y compradores enriquecidos por el petróleo que adquieren cualquier cosa que rinda más que cero- está terminando con una enorme explosión, no con un quejido.
Los agentes inmobiliarios tasaron las casas a niveles ficticios. Los prestamistas otorgaron hipotecas a personas que no podían pagarlas. Los banqueros crearon instrumentos monstruosos que no podían evaluar. Los operadores inventaron precios que no podían justificar. Y los inversores compraron títulos valores que no entendían.
Desde su iniciación, el mercado de derivados imitó al feriante que pregona a gritos su mercadería. Cada vez que Microsoft Corp. actualizaba su hoja de cálculo de Excel para incluir más casilleros, filas y columnas, los tipos de las finanzas estructuradas lograban graficar aun más capas de complejidad en sus productos.
Las aseguradoras de bonos de Estados Unidos ejemplifican la glotonería de años recientes. Pocas técnicas financieras podrían ser más monótonas que garantizar bonos municipales. Resultó que a las aseguradoras dedicadas a una sola línea de productos les pareció tan aburrido como era de esperar, y decidieron condimentar un poco sus vidas -y su ingreso por comisiones- con algo de acción lateral en derivados, del orden de cerca de US$ 100.000 millones en obligaciones garantizadas con prenda.
BAJAN CALIFICACIONES. Como resultado, alrededor de US$ 2,4 billones de deuda con el imprimátur de las siete mayores aseguradoras de bonos podrían perder su nota AAA cuando las firmas calificadoras empiecen a bajarles la calificación a esas compañías de seguros. Una de ellas, Ambac Financial Group Inc., fue reducida dos niveles a AA por Fitch Ratings la semana pasada, lo que pone en peligro el valor de la deuda de US$ 556.000 millones que asegura.
Tim Price, director de inversiones en PFP Wealth Management en Londres, estima que la comunidad financiera se ha "comportado como quien está libre de toda responsabilidad moral o social", sembrando potencialmente las semillas de su propia defunción.
"Sería irónico que, precisamente cuando el capitalismo parecía haber ganado la batalla global por los corazones y mentes de los consumidores, su venal sector bancario hubiera sembrado las semillas de su propia destrucción y su reemplazo por un recién resurgido espíritu de socialismo y proteccionismo", escribió Price en un informe de investigación la semana pasada.
MAYOR INTERVENCIÓN. Bernard Connolly, estratega global jefe en Banque AIG, división de American International Group en Londres, va más lejos. "El sistema capitalista global corre ahora riesgo de colapsar; no podría soportar fácilmente un derrumbe del mercado después de la implosión de la burbuja del crédito", escribió en una nota de investigación el 21 de enero. "Odiamos la idea de una extensa intervención gubernamental. Pero vendrá".
En cierto modo, parte de la pesadilla de Connolly ya empieza a hacerse realidad. Las inyecciones de efectivo por parte de los fondos de riqueza soberana de Asia y el Oriente Medio pusieron porciones de los activos económicos del mundo capitalista en poder de los Gobiernos en una especie de nacionalización por la puerta de atrás.
Lo que falta en la actual prognosis del mercado es un sentimiento de contrición o remordimiento, cualquier reflexión del tipo "tal vez deberíamos haber hecho las cosas de manera diferente". Una discreta escucha de lo que se dice en conversaciones de vestuario en el distrito financiero daría la impresión de que los mercados de valores son devastados por una perfecta tormenta de mala suerte, la inesperada llegada de cisnes negros con millones de víctimas y ningún perpetrador.
NUEVAS REGLAS. Además, los culpables parecen enteramente inconscientes de la posibilidad de que para cuando el polvo se asiente, los Gobiernos y reguladores podrían haber castigado a los mercados financieros aplicándoles esposas y camisas de fuerza, en especial si millones de integrantes de la generación estadounidense de posguerra ven sus ahorros para el retiro barridos por un derrumbe del mercado de valores.
Los bancos pueden verse obligados a acopiar más capital para un día de lluvia, limitando su capacidad de hacer préstamos. La mano muerta de la regulación puede caer sobre los hombros de los fondos de cobertura, forzándolos a revelar detalles de sus estrategias operativas y tenencias. Los bancos centrales querrán reconsiderar cómo desempeñan su papel de prestamistas de último recurso cuando la liquidez se evapore.
Las nuevas reglas probablemente impidan a los fondos del mercado monetario jugar con los ahorros de viudas y huérfanos en el casino de derivados. Se prohibiría a las compañías calificadoras colaborar con los chefs de la sopa de letras de los títulos valores para asegurar que estos últimos obtengan sus calificaciones AAA a cambio de pagar desproporcionadas comisiones a las primeras. Y la charada de los precios ficticios de los derivados será declarada ilegal por las juntas que establecen las normas contables.
JOVEN Y VULNERABLE. El actual sistema financiero prevaleciente en gran parte del mundo desarrollado -caracterizado por mercados libres y levemente regulados y bancos centrales independientes que manejan la política monetaria- no ha estado en vigencia por suficiente tiempo como para haberse vuelto inmune a la injerencia gubernamental. Su historial en la protección de los ahorros y la promoción de la estabilidad financiera es desigual en el mejor de los casos.
Además, mientras su reputación fue manchada por las debacles de Enron Corp., WorldCom Inc., Parmalat Finanziaria SpA, el estallido de la burbuja de las punto.com y la incapacidad de sus estimuladores analistas bursátiles para aconsejar a los inversores algo distinto de comprar acciones, la comunidad financiera escapó mayormente de sanciones. Esta vez, su suerte puede haberse terminado.