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Conviviendo con la incertidumbre

CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC

La semana pasada se hizo presente el miedo irracional en los mercados financieros. El desplome récord del lunes anterior de las bolsas asiáticas y europeas respondiendo a los anuncios de estímulo fiscal -considerados insuficientes- del presidente George Bush marcó el fin del sentimiento de complacencia que inundaba los mercados financieros. Justamente hace un año atrás, el Foro Económico Mundial en Davos mostraba esa tónica exultante, mutada hoy en incertidumbre y desasosiego sobre el devenir de los futuros acontecimientos.

En realidad, no hay consenso si la corrección actual en los valores bursátiles es suficiente, o si nuevas caídas están a la vuelta de la esquina para sincerar los excesos en las valuaciones de las acciones y los instrumentos de deuda corporativos. Las empresas de seguros están desprendiéndose a ritmo acelerado de sus tenencias de acciones, buscando refugio en el oro o instrumentos de deuda de Estados Unidos, acelerando el proceso de caída. Las aseguradoras de la cotización de bonos corporativos tienen dificultades para cumplir sus compromisos ante el desplome generalizado del valor de esos instrumentos. Y como telón de fondo, todo se inscribe en la magnitud de las pérdidas en el sector financiero desatadas por la crisis en el mercado de hipotecas. De su profundidad dependerá si se producirá más contracción en los valores inmobiliarios, más requerimientos de liquidez cada vez más escasa o cara, para emparchar balances malheridos de instituciones bancarias. Y de ahí una baja en el nivel de consumo en la mayor economía del mundo promovido por el doble juego de menor disponibilidad de crédito a las familias y una erosión del nivel de "riqueza" de los consumidores. Lo que en su momento fue la locomotora de arrastre del sistema, hoy se convierte en su freno con repercusiones que necesariamente tendrán impacto a escala mundial. Nadie sabe a ciencia cierta su magnitud, pero hay casi unanimidad que estamos en un punto de inflexión en la escalada de los altos niveles de crecimiento que signaron la década presente.

Cómo salir del problema es hoy el tema que tiene ocupado a la mayoría de las administraciones y los bancos centrales de los países desarrollados. También sus pares de los países en desarrollo deben estar mirando con preocupación el curso actual de los acontecimientos. Por más que se diga que esta parcela del mundo se ha desacoplado en buena parte de los avatares del primer mundo, falta todavía corroborar esa presunción por la prueba ácida de los hechos. Y en este escenario, la complacencia transmutada en exceso de confianza es el peor enemigo. En esto vale recordar que una recesión en un país desarrollado tiene el colchón de niveles de capitalización del ciudadano común muy superiores al de su homónimo de una nación en desarrollo. Y además eso va acompañado de redes de protección social generosas, financiables incluso en la parte de contracción del ciclo económico, que permiten atemperar los rigores de la crisis. Sin duda, en eso todavía el planeta seguirá dividido por un buen tiempo en por lo menos dos parcelas de países diferentes caracterizadas por su capacidad de enfrentar las crisis o las alzas y bajas del ciclo económico.

QUÉ HACER CON LOS BANCOS. Sería una temeridad poner en el banquillo de los acusados a los bancos e instituciones financieras afines como los autores intelectuales de lo que viene aconteciendo. Sin duda, el mundo estuvo sumido en el optimismo que irradió la aparición de nuevos jugadores como China e India acompañados por una plétora importante de países en desarrollo. Es algo inherente a la condición humana pensar que lo positivo es permanente. Y está bien que sea así, pues es la forma de superar los acechos que se le presentan en su peripecia vital. Pero la realidad se alimenta y luego se presenta con hechos de todo signo.

En esto, los bancos tradicionalmente han sido los portadores de las malas noticias. Creados en sus inicios como vehículos para diversificar el riesgo económico, intermediando ahorro que supuestamente prestan a actividades con riesgos no correlacionados, la mayoría de las veces hacen lo contrario. Concentran riesgo al violar prácticas elementales de finanzas bancarias, generan burbujas que luego aprovechan para obtener retornos de corto plazo y, lo que es más importante, muestran desprecio sobre las consecuencias que su accionar tiene sobre el resto de la economía. La historia indica que con su conducta son los mayores privatizadores de ganancias, junto a la condición de ser los mayores socializadores de pérdidas. Le pasan el fardo al contribuyente cuando las cosas salen mal, pues saben que el gobierno actuará para evitar desbastar segmentos enteros de la sociedad. Esto es así, pues dadas las características del negocio, ninguna sociedad incluso las desarrolladas tiene el estómago suficiente para dejar operar hasta sus máximas consecuencias las reglas absolutas de quiebra del mercado que involucran depositantes, empresas, propietarios de viviendas para mencionar algunos.

Y esto es un problema de seriedad extrema. No se puede prescindir de su presencia, pues por su intermedio transita la cadena de pagos de la economía y además son el vehículo por excelencia para diversificar el riesgo.

Para tener una idea, solo en Estados Unidos, en las ultimas tres décadas el Estado debió acudir a su rescate por mala práctica en cuatro oportunidades: a) la crisis de deuda latinoamericana por su afán desmedido sin medir riesgos en el reciclaje de los "petrodólares", b) la erosión de las "savings and loans" de fines de los ochenta por préstamos hipotecarios desmedidos, c) la crisis por el financiamiento excesivo de espacios comerciales a comienzos de los noventa, y d) la actual conectada con el mercado inmobiliario e inversiones en derivados a largo plazo financiadas con crédito de cortísimo plazo.

La seriedad del problema ha hecho renacer ideas que surgieron en la década del treinta como respuesta al papel de los bancos como coautores de la gran crisis. La misma se afinca en el concepto de "narrow banking" que no es otra cosa que restringir al ámbito operativo de la banca tomar depósitos del público y que solo se pueden reinvertir en títulos del gobierno para canalizar la cadena de pagos. En ese escenario, es el sector público quien financia al sector productivo.

A esta idea extrema, que nunca pasó del ámbito de la propuesta, se le antepone un sistema más regulado que incluye cambios en las reglas de remuneración actuales de sus ejecutivos. Hoy su mayoría está ligada a premios vinculados a los resultados de corto plazo, sin tener en cuenta los efectos ulteriores de las estrategias adoptadas al respecto. Por tanto, una espera de al menos 10 años para efectivizarla es una de las recomendaciones.

De todas maneras, es un tema difícil sin soluciones mágicas. Un exceso de regulación sin duda ahogará a un componente clave del sistema. Demasiada laxitud, con reglas que incentiven el oportunismo sin medir riesgos, es una receta para la repetición frecuente de episodios parecidos con costos sociales altos. Por tanto, en paralelo a todas las normativas vigentes para fortalecer los balances bancarios aparecerán normas para encarrilar las conductas de quien toma decisiones, en un negocio cuyo cometido es diversificar riesgo y no incrementarlo.

PAQUETES DE ESTÍMULO. La desazón reciente del mercado parece estar identificada más con la pequeñez del tamaño del programa que con sus características. Hoy el consenso es que la política fiscal es la palanca más importante, en tanto que la monetaria actúa de complemento.

Sobre su justificación operan varias razones.

La primera es que dada la complejidad de la situación se debe actuar con una batería de medidas que cubra la gama más amplia de alternativas. En segundo lugar, el estímulo fiscal es más fácil de direccionar y más rápido en llegar a sectores claves, en particular aquellos que han sido mas perjudicados por la crisis o que tienen mejor aptitud de respuesta para buscar una salida.

Por último, la política fiscal reduce la necesidad de bajar en demasía la tasa de interés, poniendo menos presión en el debilitamiento del dólar y generando presiones inflacionarias menores.

Como agregado final, evita el riesgo de generar burbujas, al evitar los efectos nocivos del crédito "fácil".

Voces académicas prestigiosas vienen pregonando su instrumentación rápida. Larry Summers es uno de sus patrocinadores bajo el marco de tres preceptos básicos: instrumentarlo oportunamente lo que implica hacerlo ya, tratar de enfocarlo a los sectores de impacto mayor, y que su índole sea estrictamente temporal. El tamaño de su paquete es de 145.000 millones de dólares coincidente con la propuesta de la administración Bush.

QUÉ SE ESPERA. El veredicto de lo que se viene proponiendo como puerta de escape de la recesión todavía está en manos del jurado. Hasta ahora el mercado se muestra desconfiado, sin saber si tocó fondo o está en una transición hacia pérdidas mayores.

Como lo han mostrado recientemente estudios sobre episodios de crisis realizados por Rogoff y Reinhardt, se han requerido dos años para recuperarse de episodios similares siendo la baja de la tasa de crecimientos del PIB del 2%. En los episodios extremos fue del 5%. Sus proyecciones prevén que si las pérdidas en el sistema financiero se ubican entre los 300-400 mil millones de dólares se estarían en el primer escenario.

Si como dicen otros, éstas fácilmente pueden trepar al triple, se estaría en el segundo escenario caracterizado por una recesión profunda.

Todavía en un mundo de presunciones, donde ninguna apunta hacia las buenas noticias, es prudente mirar la situación con recaudo para rápidamente actuar en consecuencia. Pues de una cosa sí hay certeza. Los efectos de las crisis se propagan a nivel global a la velocidad del relámpago.



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