Carlos Steneri | Desde Washington D.C.
Los albores del 2008 se muestran cargados de interrogantes que, dependiendo del sentido de su dilucidación, determinarán la trayectoria de eventos claves con impacto regional y local.
El año comienza digiriendo los efectos de una crisis financiera inesperada, localizada en el sector hipotecario, cuyas manifestaciones más patentes son una caída récord en los valores inmobiliarios, un aumento constante en las ejecuciones hipotecarias y la aparición de una especie de contagio entre los sistemas financieros de los países desarrollados.
Su consecuencia, hasta ahora, ha sido una contracción del crédito, en particular el interbancario, que ha tronchado el acceso a la liquidez a instituciones en dificultades. Eso ha contraído el crédito al consumo, hecho que se pretende revertir con inyecciones de liquidez coordinadas por parte de los bancos centrales más importantes del mundo. El tema entonces es predecir, evento aun prematuro, si estamos ante un hecho transitorio o ante un tema que se afincará por un tiempo sobre la arena financiera. Si ocurriera esto último, sin duda estaríamos ante el quiebre de una tendencia de bonanza económica internacional que se deberá analizar cuidadosamente para estimar los comportamientos futuros de las naciones emergentes.
ENERGÍA. Esta gran interrogante se arropa con eventos de envergadura, que le agregan mayor complejidad al análisis del futuro. Hay ya prácticamente consenso que el precio del barril de petróleo llegará a 100 dólares más temprano que tarde para navegar cómodamente en esos niveles, incluso con empujes agresivos al alza dependiendo de la situación política internacional. El pantanal de la guerra en Irak, las tensiones en la frontera turca-kurda, y los eventos recientes en Pakistán proyectan inestabilidad sobre toda el área productora de petróleo del Golfo Pérsico. Eso, ligado a una demanda sostenida que deglute la oferta disponible del mineral, hace aventurar que el precio de la energía será una de las restricciones a resolver, en particular por los importadores netos de los cuales Uruguay es un ejemplo típico.
Y a estos aspectos se les agrega una dimensión política que no es menor. Estados Unidos entró ya en plena carrera electoral estando en el proceso de selección de sus candidatos a la presidencia. Hasta ahora, en el debate predomina la agenda doméstica sobre la visión internacional. En cuanto a esto último, todo gira respecto a cómo mejor salir de Irak, cómo resolver los temas de los inmigrantes ilegales y a poner en duda los beneficios de los tratados de libre comercio para Estados Unidos. A este respecto se esgrime que se pierden puestos de trabajo domésticos y que por su intermedio se vehiculiza el deterioro de estándares ambientales y la explotación de los trabajadores de los países exportadores que usufructúan el acceso a ese mercado por medio de un TLC. Sin duda, aflora nuevamente el proteccionismo que planteará dificultades mayores para el acceso a ese mercado, en particular para aquellos países que intenten negociar mejores condiciones con la nueva administración.
Pero por encima de todo, esto muestra el ocaso de Estados Unidos como el "gendarme de última instancia" y el retorno al multilateralismo político y económico. Por vía indirecta esto reimpulsará las rondas comerciales en el seno de Organización Mundial de Comercio.
En la construcción de este escenario multipolar no es ajeno el resurgimiento de Rusia, montado en su doble condición de potencia nuclear y exportador cuantioso de gas y petróleo. Eso lo lleva a recuperar sus siempre presentes aspiraciones de jugar un papel importante en la agenda internacional.
Este país, junto con China, India y Brasil construirán un nuevo polo de atracción política que actuarán como simiente en la construcción de un nuevo multilateralismo internacional.
GRANDES INTERROGANTES. Junto con estos sucesos, subyacen dos grandes preguntas que el 2008 ayudará a responder. Primero, ¿cuánto del crecimiento de nuestra región se explica por la bonanza externa? Y en segundo lugar, ¿cuál es el grado de desacoplamiento con el resto del mundo, en particular con el mundo desarrollado? Bajo dos dimensiones, aparecen expuestas facetas que se pueden resumir en la capacidad de absorber impactos negativos externos. Sin duda, es un tema abierto al debate cuya dilucidación solo el tiempo dirá.
El auge de las exportaciones y los precios internacionales fueron la locomotora de arrastre de la mayoría de los países en desarrollo, incluido Uruguay. El grado de aprovechamiento de esas condiciones excepcionales dependió de la calidad de las políticas domésticas, pero estas poco pudieron haber hecho de no mediar esas condiciones excepcionales.
Aquí entramos en un tema crucial, pues de su rumbo y permanencia dependerán los niveles de crecimiento de la mayoría de las economías en desarrollo. Es así que el año en curso servirá para conocer si estamos transitando una nueva meseta de actividad, cuyo piso está determinado por la evolución de los nuevos grandes países emergentes -Brasil, Rusia, India y China- que inmunizan al resto del mundo de los avatares de los países desarrollados. O por el contrario, que las naciones emergentes están recibiendo hoy el impulso de la inercia residual de un ciclo económico que se está agotando.
Conocer el sentido de las respuestas adquiere más relevancia, cuando muchos de los menos desarrollados, incluso nuestro país, han montado sobre esa dinámica exportadora la expansión del consumo doméstico a través del aumento del gasto público. Eso ha potenciado niveles de crecimiento del PIB que serán insostenibles, de frenarse la demanda externa y decaer los precios de las materias primas. De ocurrir ese entorno, la política económica deberá entrar en la maniobra compleja de arriar velas, reduciendo el gasto como forma de preservar los equilibrios macroeconómicos básicos.
EL ÁMBITO REGIONAL. El año en curso mostrará el afianzamiento del liderazgo de Brasil en varios frentes. La calidad de su política macroeconómica lo aleja de escenarios de inflaciones reprimidas, distorsiones cambiarias severas, precios públicos distorsionados todo lo cual lo convierte en un candidato seguro para obtener el grado de inversión a la brevedad. Todo eso apalancado con su destino cierto de convertirse en exportador neto de petróleo y combustibles agroenergéticos.
En tanto, Argentina hará lo posible para no perder más rueda con su socio regional más importante, con una agenda donde sus prioridades domésticas -aunque siempre de tinte cortoplacista- opacarán su inserción regional. En ese trajinar, los países más pequeños del Mercosur pagarán los costos mayores bajo la permanencia o ensanchamiento de las asimetrías vigentes con los socios mayores.
OPORTUNIDADES Y RIESGOS. Lo que sí ya puede decirse es que el 2008 será un año de reacomodamientos en el tablero de las fuerzas económicas y financieras internacionales. Para quienes busquen los horizontes mejores, será un lapso cargado de oportunidades.
En oposición ala contracción financiera del mundo desarrollado se encuentra otra parcela del mundo inundada en liquidez. Nos referimos a China, a todo el sudeste asiático y a los países árabes exportadores netos de energía. Hoy uno de sus problemas es la falta de alternativas que les permita conformar una cartera de inversiones diversificada.
Atraerlos es una oportunidad de oro para financiar nuestra insuficiencia crónica de inversión bruta, particularmente en infraestructura, oferta energética y logística en sus modos diferentes. En tal sentido, los niveles de crecimiento reciente del PIB han generado cierta complacencia en que pueden perpetuarse sin que medien procesos de inversión robustos. La infraestructura esta siendo utilizada en sus límites, en particular la energética. Aun no se llegado a la etapa de estar un paso más adelante, sino de ir enmendando las necesidades inmediatas.
La crisis de principios de siglo contrajo por necesidad el gasto global, incluyendo inversiones que venían con tendencia decreciente desde años previos.
Sin duda, recuperar la inversión es una prioridad impostergable para apuntalar el crecimiento permanente. El mundo ofrece liquidez para financiarla. La cuestión es cómo captarla, lo cual nos conduce nuevamente a un tema recurrente: la instrumentación de una agenda de reformas -incluyendo las empresas públicas- que genere condiciones adecuadas para su afincamiento.