Próximo paso, devaluación fiscal

JAVIER DE HAEDO

Situaciones macroeconómicas como la actual, se dan periódicamente. Pero hacía mucho tiempo que no se acudía a medidas heterodoxas con la intensidad que ahora se aplican.

El país recibe un shock externo positivo (salvo por el precio del petróleo) lo que da lugar a un aumento del ingreso. Se vuelve más rico y su moneda tiende a fortalecerse. Se importa inflación y sube la inflación en dólares. El gobierno echa leña al fuego y aumenta el gasto (que va todo a demanda interna) y al mismo tiempo lleva adelante una política salarial con indexación y recuperación por encima de la productividad de la mano de obra, la que se encuentra estancada desde hace rato. La acción del gobierno infla aún más la inflación y aprecia aún más la moneda local. Es decir que la inflación sube más de lo debido y cae la competitividad. El aumento de los costos internos en dólares hace que las empresas pierdan rentabilidad, pero algunas de ellas compensan esto con mejores precios internacionales, parte del shock externo con el que comencé el párrafo y con el que comenzó el proceso referido.

En otras ocasiones relativamente recientes, en los ochenta y en los noventa, ese proceso se dio con una política monetaria-cambiaria diferente a la actual. Se fijaba el tipo de cambio en un nivel preanunciado o dentro de un rango preanunciado y con una cadencia preanunciada, siempre con una tendencia creciente, aún cuando era previsible que la moneda local se fortaleciera en el contexto del shock positivo que se recibía del exterior. Entonces la inflación (que estaba en dos y en hasta tres dígitos) iba por encima de la tasa de devaluación de la moneda. Ahora es diferente: no hay compromiso en materia cambiaria, si bien se fija el tipo de cambio donde el gobierno quiere, en la medida en que es el principal jugador del mercado y en él es demandante neto. Hay una meta de inflación (en un dígito) y como la inflación importada es mayor a la prevista, debe bajar el tipo de cambio nominal. Como, además, el gobierno echa leña al fuego (gasta en exceso e indexa y recupera salarios más allá de lo razonable), baja aún más.

¿Cuál es la "solución ortodoxa" ante este panorama? Buscar un equilibrio entre las diferentes políticas (fiscal, monetaria-cambiaria y de ingresos), para minimizar la parte negativa de todo lo bueno que viene de afuera. Antes que nada, no echar leña al fuego, y además, tener un extintor a mano y usarlo. En otras palabras, dado que la demanda privada está con bríos, aplacar la demanda pública. Por supuesto, también la privada, pero esto es más difícil ya que no existe posibilidad, al menos con la política monetaria-cambiaria, de incidir sobre el ahorro y el gasto en moneda extranjera. Además, desindexar y facilitar que los salarios se determinen en el nivel de empresa, en la medida en que es muy posible que éstas tengan suertes diversas y lo que sea potable para una sea impagable para otra. Y diseñar una política monetaria-cambiaria que acompañe, que no mucho más que eso se le puede pedir en una economía con dos monedas, algo que jamás entenderán los burócratas de los organismos internacionales, que vienen una y otra vez con recetas que valen para países en los que la gente vive, gasta y, especialmente, piensa en sus propias monedas.

Pero las soluciones ortodoxas no siempre gozan de adeptos, sobre todo porque con una visión política cortoplacista (lo que es casi una redundancia) vienen a ser algo como: "justo ahora que voy a empezar a cosechar me pedís que siga sembrando". Hoy estamos en una situación como esa, con las elecciones en el horizonte. Entonces aparece la "solución heterodoxa".

¿Qué se busca con la solución heterodoxa? Lo mismo que con la ortodoxa (enfriar la inflación y mitigar la pérdida de competitividad) pero pretendiendo tomar un atajo. En el caso de la inflación, como veremos, se busca poner el termómetro un rato en la heladera. No es tan grave como en el país K, donde directamente se lo rompió, pero en definitiva, tampoco se busca enfrentar las causas de la fiebre, sino sus consecuencias o su indicador, el termómetro.

¿En qué consiste la solución heterodoxa? En materia de precios, y sin acudir a la imaginación sino a archivos de prensa: atraso en el ajuste de los precios de los combustibles (de una magnitud tal que no se recuerdan precedentes); subsidio explícito del precio del boleto (creo que ya son tres los mecanismos que se aplican, en forma acumulativa, para bajar el precio que paga el público); rebajas transitorias de impuestos para casos concretos de bienes o servicios. De algún modo, todos esperamos cuál será la próxima "oferta del mes" para contribuir a moderar el IPC. Además, hubo amenazas que no se concretaron, en algunos casos felizmente y en otros todo lo contrario: felizmente, en casos referidos a detracciones sobre las exportaciones, e infelizmente, en casos referidos a prohibiciones de importar, que rigen basadas en argumentos que, tras las amenazas, perdieron toda legitimidad.

En materia de competitividad, se viene lo que llamamos una "devaluación fiscal", o, en otras palabras, darle a determinados rubros mediante recursos fiscales, la rentabilidad que perdieron con la caída del tipo de cambio real. De esto hay experiencia reciente: a finales de los noventa y comienzos de esta década, cuando Brasil había devaluado y acá mirábamos para otro lado, no se quiso tocar la política cambiaria, y se dio a los sectores "perdedores" del momento, una suerte de compensación por la vía fiscal: se aumentaron las devoluciones de impuestos indirectos (DII), se exoneró a algunos sectores de aportes patronales a la seguridad social, y se derogó la aplicación de otros impuestos a algunos sectores. No pasará mucho tiempo antes de que el gobierno empiece a recorrer ese camino, ya sea volviendo a tocar las DII, o poniéndole otro nombre, seguramente más creativo, a algo muy parecido. Algo ya se ha anunciado para el sector textil como contrapartida de la caída de las DII y también para utilizar los fondos "sobrantes" del ajuste realizado a las DII.

La solución heterodoxa tiene inconvenientes y, vale aclararlo, no por "ideología" sino por cuestiones prácticas.

Primero, porque en la esencia de la solución está la agudización del problema: si una de las causas por las cuales hay problemas en la coyuntura (más inflación, menos competitividad) es por la expansión fiscal, difícilmente pueda ser el remedio óptimo más de lo mismo. Porque no es otra cosa que eso el volcar recursos públicos a pagar parte del precio del boleto o a rebajar impuestos o a postergar necesarios ajustes de precios en los combustibles. Lo mismo, con la renuncia fiscal en beneficio de sectores o empresas que desde algún escritorio oficial se declaren en dificultades.

Segundo, porque existe el riesgo de que estas medidas se vuelvan permanentes, y de esto, vaya si hay evidencia en nuestro país. Se da una muleta cuando hay algún problema, y después cuesta sacarla cuando el músculo se ha recuperado. Tras la devaluación de mediados de 2002, no tenía sentido alguno mantener las DII, que se habían incrementado para compensar la no devaluación anterior. Acertadamente el ministro de entonces, Alberto Bensión, anunció su eliminación un mediodía, y lamentablemente la medida quedó sin efecto esa misma tarde por falta de apoyo político. Recién este año el ministro Astori logró reducir significativamente esos reintegros, pero el haber establecido una tasa prácticamente uniforme, independientemente de sectores y productos, restó fundamento a la medida.

Tercero, por el "ruido" que implica este tipo de soluciones al distorsionar precios relativos y al meterse, el gobierno, en los balances de las empresas. Cuanto más generales sean los regímenes impositivos, menos excepciones haya a las normas, y menos casuismo haya en materia de subsidios o renuncias fiscales, mejor para la eficiente asignación de recursos, como bien ha estado explicando el ministro Astori a lo largo de los últimos dos años y medio, al referirse a uno de los fundamentos de la reforma tributaria. Menos perforaciones al sistema implican mayor neutralidad y eficiencia.

Por último, por una cuestión de sentido común: si tengo un problema, la solución no puede ser mediante la producción de otro problema porque de este modo, en vez de solucionar mi problema original tendré dos problemas. Es como pretender atenuar los efectos de un ventilador prendido en una sala, prendiendo otro enfrentado a él, en lugar de ir a apagarlo.

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