Las tasas de interés en Brasil

FABIO GIAMBIAGI, DESDE RIO DE JANEIRO

Una simple mirada superficial al cuadro que acompaña a este artículo indica que, evidentemente, hay algo que no anda muy bien en Brasil. Que la tasa real de interés haya sido, en promedio, en términos reales, de nada más ni menos que 14,4% en los años que el país lleva recorridos desde la estabilización del Plan Real en el segundo semestre del 1994, es un indicio de que hay algo de anormal en la economía. Los críticos de las políticas económicas de los Gobiernos Cardoso y Lula no se cansan de exhibir estadísticas mostrando el país a la cabeza del "ranking" de tasas reales de interés, con varios cuerpos de ventaja sobre el segundo colocado. Es innegable que es un número que llama la atención, visto desde cualquier óptica. El desenlace natural de la crítica política es la conclusión de que eso ocurre porque los Gobiernos están "dominados por la banca". Que los banqueros ganaron ríos de dinero en los últimos años, es algo que los balances registran de forma cabal. Que tales políticas hayan sido seguidas para "agradar a la banca", sin embargo, es ya una afirmación bastante más polémica.

La tasa de interés real en Brasil, en realidad, es una tasa única en el mundo porque las condiciones de financiación de la deuda pública en Brasil también son únicas en el mundo. Hay muchos países con una deuda interna elevada en el mundo desarrollado, donde no suele haber "corralitos" o "corralones". A su vez, países con una deuda pública elevada en el mundo de los mercados emergentes también hay muchos, y la deuda es en buena parte externa. Eso quiere decir que los Gobiernos endeudados internamente gozan de crédito por parte de sus ciudadanos, mientras que los que se endeudaron ante el resto del mundo, si no pueden pagar le pasan la factura al resto del mundo, como aprendieron las viudas italianas, que se quedaron con papeles argentinos con un valor de 30% del crédito original.

La especificidad del caso brasileño es que al mismo tiempo el Gobierno debe mucho y los deudores son individuos nacidos dentro de las fronteras del país y, por lo tanto, electores. Hace años que el manejo de la deuda interna hace que el país marche sobre el hilo de la navaja. Por un lado, es evidente que cuanto mayor es la tasa de interés, más difícil es pagar la deuda y mayor el riesgo de que un buen día los dueños de los títulos se despierten descubriendo que, como en el juego de cartas, se quedaron "con el mono en la mano". Por otro, el Gobierno que pretenda "patear el tablero" y cantar un rotundo "no va más" al "roll over" de los títulos, se arriesga, en primer lugar, a tener una derrota de consecuencias dramáticas en la Corte Suprema y, mucho antes de eso, a tener que salir por la terraza como Fernando De la Rúa, ante una rebelión de la clase media.

Hay que tener en cuenta que, contrariamente a lo que ocurre en muchos países de América Latina, en Brasil el instrumento de ahorro típico en el cual la clase media —que es políticamente bastante importante en el país— aplica sus recursos es un fondo que a su vez compra títulos del Gobierno Nacional, con plazos diversos y que se renuevan en forma alternada en subastas semanales promovidas por el Tesoro Nacional. Aunque el título sea de 2 ó 3 años, el fondo, administrado por una institución financiera, tiene liquidez diaria que hace que, en la práctica, para quien compra el título, las cosas transcurran como si la aplicación rindiese intereses todos los días. Y eso es del orden de magnitud de 50% del PIB. A la gente que tiene esos recursos —o sea, el médico, el abogado, el jubilado que acumuló cierto monto a lo largo de décadas— no le importa mucho que su depósito se devalúe o aumente en dólares al compás de los vaivenes del tipo de cambio real. Lo que es fundamental para esas personas es que los recursos estén disponibles para cuando se les ocurra ir al banco a retirarlos y que rindan una cierta tasa real de interés. Si en determinado momento un Gobierno cambiase las reglas de juego del espacio en que oferta y demanda se encuentran en el mercado de títulos, el riesgo concreto sería el de producir una verdadera hecatombe financiera.

No se puede ser ingenuo con ese tema. "Imponer" algo a ese mercado significa, lisa y llanamente, "cerrar la puerta de salida" del mercado financiero. Eso implicaría adoptar un "corralito" y, además de ser inconstitucional, sería políticamente suicida. No hay renegociación posible cuando se trata de un mercado pulverizado como el de los títulos públicos. "Sentarse a la mesa para negociar" puede alentar cierta retórica política con tintes de irresponsabilidad, pero es una imposibilidad física cuando de un lado se tiene a un agente —el Tesoro— y del otro a millones de depositantes. Más aún: una iniciativa como esa causaría problemas a los bancos en la medida que parte de sus capitales estén invertidos en títulos como tomadores finales, pero en el caso de los fondos donde la clase media tiene aplicados sus títulos, los bancos son meros intermediarios. Si el Gobierno un día cambiase las reglas, el banco apenas le mandaría a sus clientes una carta donde diría que "por determinación oficial, el valor de la cuota de su fondo cayó de X a Y" y punto. En Argentina en el 2002 el público quería destruir las agencias de los bancos. En Brasil, si pasa algo así, van a querer destruir el Palacio del Planalto.

El tema hace recordar la vieja anécdota del comunista español, quien al explicar lo que ocurriría cuando el comunismo llegase a España, iba mostrando al campesino, ante su aprobación "¿ves esas vacas?", "¿ves esas tierras?" y siempre diciendo que en el día soñado "ellas van a ser divididas con vos", obteniendo gran aprobación. Eso fue hasta que dijo "¿ves esas gallinas?, ellas también van a ser compartidas", ante lo cual el campesino reaccionó indignado: "Hombre, eso sí que no, ¡esas son mías!". En forma análoga, hay pocas cosas tan populares en el campo político brasileño como atacar al Banco Central por el alto nivel de las tasas reales de interés, vistas como el gran villano que explicaría el pobre crecimiento de la economía, tanto en los últimos doce años en general, como en 2005 en particular. Sin embargo, el gobernante que se aventurase a seguir un camino heterodoxo en esa materia arriesgaría la gobernabilidad del país y, por extensión, su propio pellejo, cuando la clase media se diese cuenta, al ver su balance bancario, lo que habría pasado con sus ahorros.

Como por otro lado, evidentemente, una tasa de interés real de más de 10% es cualquier cosa menos algo "normal", uno de los desafíos más importantes que tendrá por delante el próximo Gobierno en Brasil es el de alcanzar tasas reales de interés "civilizadas" pero, al mismo tiempo, sin romper contratos ni cambiar las reglas de juego. Lo deseable es entonces que, dentro de un proyecto gradualista, Brasil pueda probar el límite (hacia abajo) del 10% de la tasa real de interés el año que viene, para luego seguir probando y llegar a fines de la década a niveles de tasas reales de interés más cercanos al de los demás países emergentes, algo alrededor de 5 a 6% al año. Eso exigirá conservar el rigor fiscal, disponer de capacidad para resistir las presiones a favor de medidas más audaces y tener mucha, mucha paciencia.

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