Aún los más acérrimos defensores del libre mercado reconocen que los gobiernos pueden intervenir justificadamente para limitar aquellos negocios que se vuelven demasiado poderosos. La mayoría acepta que las empresas dominantes que tienen el poder de aprovecharse de los consumidores deben ser divididas o sujetas a estrictas regulaciones de precios. De la misma forma, un regulador juicioso debería penalizar a través de la imposición de tributos a quienes contaminan, por descargar sus costos en otros. Cuando los mercados ofrecen incentivos incorrectos, porque hay muy pocas firmas (monopolios), no hay un precio de mercado (contaminación), o por otras razones, el Estado debe actuar.
Pero no todas las firmas reguladas son monopólicas o contaminantes. Los bancos comerciales son una mezcla inusual de peligroso poder y fragilidad. Mucho tiempo antes de convertirse en Presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke escribió un trabajo de investigación muy influyente, en el que demostró que las quiebras de los bancos en Estados Unidos fueron las mayores responsables de la profundidad y duración de la Gran Depresión. Hoy, incluso con mercados de capitales más grandes, los bancos son todavía fundamentales en la marcha de la economía, como proveedores de crédito y procesadores de pagos.
Sin embargo a pesar de ese poderío son entidades frágiles. Lo que un banco debe por sus depósitos puede ser exigido rápidamente, pero lo que se le debe por sus préstamos a empresas y a hogares no es fácilmente convertible en efectivo. Este descalce entre deuda líquida y activos ilíquidos vuelve a los bancos susceptibles de pérdidas súbitas de financiamiento.
Es en parte esta vulnerabilidad la que los convierte en candidatos para ser supervisados. En una crisis, los individuos tienen motivos para retirar sus depósitos, aunque colectivamente ellos (y los bancos) estarían mejor si no lo hicieran. Esta debilidad genera la necesidad de que exista una mano reguladora para coordinar acciones, en favor del interés común.
Existe una segunda falla relacionada. Los bancos no son perfectos en su rol de proveedores de efectivo. La demanda por liquidez es impredecible y, para los bancos, mantener activos líquidos significa sacrificar inversiones más beneficiosas. Si surge una necesidad imperiosa de efectivo, los bancos podrían no estar en condiciones de ofrecerlo a precios razonables, ni siquiera a proyectos rentables.
DEFECTOS. Estos dos defectos -las dificultades de coordinación que provocan las corridas bancarias y el problema de la falta esporádica de efectivo- son fallas del mercado que han generado soluciones regulatorias conocidas: seguros de depósito y apoyos de liquidez. Los seguros de depósitos son antídotos estándar contra las corridas bancarias y son típicamente financiados a través de una tasa sobre los tomadores de depósitos.
La cobertura tiene que ser amplia y el repago rápido, para detener los retiros masivos. Si los depositantes creen que va a ser difícil obtener su efectivo mañana, van a hacer cola para retirarlo hoy, como lo demostraron recientemente las multitudes fuera de Northern Rock, una compañía británica de préstamos hipotecarios.
La solución del seguro de depósitos engendra sus propios problemas. Una vez que los depositantes están seguros de que van a conseguir su dinero de vuelta, sin importar las circunstancias, tienen pocos incentivos para controlar el negocio del banco. Esto debilita la disciplina que le impone al mercado el "caveat emptor" (cuidado con el deudor). Pero las perspectivas de los bancos son tan difíciles de juzgar por los depositantes pequeños, que alguna forma de supervisión se vuelve necesaria de todas formas.
Un problema más importante es cómo los seguros de depósitos distorsionan los incentivos de los bancos. Una base de depósitos asegurados lleva a los bancos a tomar riesgos excesivos, desde que las ganancias van a los accionistas y los riesgos son asumidos por los aseguradores. Una forma de mitigar este problema es cobrar primas que varíen según el nivel de riesgo de los préstamos del banco. El remedio más común es poner límites sobre los activos del banco obligándolos a aumentar su capital si otorgan préstamos riesgosos.
El otro punto fundamental de intervención del Estado es el soporte de liquidez que proveen los bancos centrales. Las operaciones regulares en los mercados de dinero que hacen la Reserva Federal y sus pares están diseñadas para contemplar los caprichos de la demanda inmediata de efectivo.
Los bancos y el gobierno tienen un pacto regulatorio. A cambio de la estabilidad provista por los seguros de depósitos y por el banco central, los bancos aceptan someterse a la vigilancia del regulador. El objetivo principal de la regulación es asegurarse que los bancos permanecen solventes requiriendo el capital suficiente para cubrir las pérdidas esperadas.
¿SOLVENCIA O LIQUIDEZ? Esto está bien, hasta un cierto punto. Pero algunos eventos recientes sugieren que podría no ser suficiente basar un régimen únicamente en la tenencia de un capital adecuado. El revuelo en los mercados de dinero mostró que algunos bancos mantienen muy pocos activos líquidos para hacer frente a los requerimientos de efectivo. Muchos estaban contentos con extender líneas de crédito contingentes, aparentemente basándose en la creencia que los bancos centrales los proveerían de liquidez si fuera necesario. El costo privado de los bancos de permanecer con pocos activos líquidos era claramente bajo comparado con el costo público que la escasez de liquidez ocasionó en términos de inestabilidad y de altas tasas de interés.
Por esa razón, los bancos centrales no tuvieron más opción que la de intervenir. Intentar disciplinar a los bancos después del hecho reteniendo liquidez hubiera significado un riesgo para la economía. Pero es desesperante que los retornos de los bancos se basaran parcialmente en un exceso de confianza en los bancos centrales como proveedores de liquidez.
Lo que es particularmente preocupante es que las grandes convulsiones en los mercados de dinero fueran causadas por pérdidas potenciales en préstamos riesgosos que son pequeños en relación al capital de los bancos. A menos que se obligue a los bancos a protegerse a ellos mismos, shocks más grandes en el futuro podrían requerir intervenciones mayores de los bancos centrales. La regulación bancaria debería poner énfasis tanto en la liquidez de los bancos como en su solvencia. El Acuerdo de Basilea 2 regula detalladamente la estructura de riesgo-capital, pero, como los reguladores libremente admiten, tiene poco para decir sobre la provisión de liquidez frente a la falta de financiamiento.
Raghuram Rajan, de la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago (y previamente economista jefe del Fondo Monetario Internacional), cree que lo que se necesita es un monitoreo permanente de la posición de liquidez de los bancos a lo largo del ciclo económico. Un beneficio de la reciente crisis, sostiene, es que va a proveer de un punto par de comparación para determinar en el futuro si los bancos tienen suficiente liquidez. Más vigilancia puede ser la única forma de asegurar menos dependencia del Estado.