JULIO PREVE FOLLE
"Los arroceros reclaman el aumento del arancel externo común"; así titula una información de prensa refiriéndose a una demanda de la Asociación de Cultivadores de Arroz (ACA). Esta asociación habría considerado imperioso que el Mercosur aumente el arancel externo común (AEC), llevándolo para el arroz elaborado desde el actual 12% al 35%. Se trataría de evitar por este medio el ingreso de grano estadounidense subsidiado en el mercado brasileño. Debe recordarse que esta situación ya generó al principio de la década del 2000 un serio problema, cuando a partir de una situación así, se derrumbó el precio en Brasil con la tolerancia de su gobierno, lo que resultó en un par de años funestos para nuestra producción, altamente dependiente del vecino de norte. Aún hoy, habiendo accedido al mercado de Europa, Brasil sigue representando en lo que va del 2007 un 40% de nuestras exportaciones.
EL AEC Y LOS SUBSIDIOS. El AEC es algo así como el espíritu de una unión aduanera, ya que representa el afecto societatis llevado a la economía. En efecto, el AEC representa la preferencia que un comprador está dispuesto a darle a los productos del socio respecto del mundo. Referido a este caso del arroz, significa que Brasil está dispuesto a pagar por el arroz uruguayo hasta un 12% más que el precio internacional. Y que si procede de otros orígenes siempre pagará un recargo del 12% que en el caso de su socio será cero. No es pues el arancel el instrumento anti subsidios; éste está representado por el largo camino de los procesos alineados a la OMC, lo que en este caso consistiría en la aplicación de derechos compensatorios siguiendo un procedimiento largo y complejo. Además, como no existe un procedimiento de defensa comercial común, como debería ocurrir en una unión aduanera completa, la única posibilidad de actuar contra las importaciones subsidiadas norteamericanas según el derecho de la OMC la tiene solo el propio Brasil. Los arroceros conocen bien que existe otro camino que es que el gobierno uruguayo le reclame en el marco del acuerdo sobre subvenciones a Estados Unidos, cosa que empezó a hacer en 2005 pero luego dejó, seguramente influido por la voluntad que había en el gobierno de llegar a un acuerdo de libre comercio con ese país.
Sin apelar a ningún procedimiento de defensa comercial, los países tienen la posibilidad de aumentar el arancel, sin pedir permiso a nadie, siempre y cuando no se sobrepase el nivel declarado en la OMC. De allí procede esta cifra del 35% que los países consolidamos. Ella no coincide con el arancel efectivamente aplicado, travesura ésta en la que incurrimos para poder hacer precisamente lo que ahora se plantea: subir un arancel sin tener que compensar a ningún país miembro de la OMC. La razón que se esgrime es la de siempre: que se viene el arroz americano capaz de generar un lío grande en los precios internos en Brasil y, por ende, en los de nuestras exportaciones.
Un arancel alto del Mercosur en cualquier rubro tiene el efecto de sustitución de importaciones de cualquier país pero en este caso a escala regional. Ese arancel elevado va a generar por lo menos dos efectos. El primero es subir el precio interno en Brasil, logrando seguramente al año siguiente -todo lo demás constante- un aumento en la producción por incorporar a ésta zonas marginales que al precio anterior no podían competir. Esto a la vez, en un rubro próximo a la autosuficiencia regional, puede significar a corto plazo tener que vender cantidades muy significativas fuera de Brasil, a un precio ya no incrementado en aquél 35% sino mucho menor.
Por otra parte, es sabido que cuando Brasil se aproxima a la autosuficiencia, aunque nuestro derecho sería aún en ese caso competir dentro de sus fronteras ya que conformamos un único espacio aduanero, sabemos muy bien que en este caso aparecen bacterias, jueces insólitos, trabas locas para detener nuestras exportaciones.
En definitiva, si se aumentara el arancel al 35% sería pan para hoy aunque hambre para mañana. Debo reconocer que perfectamente se puede suponer que en ese caso se elige "pan para hoy". No obstante, no alcanzo a comprender por qué un gobierno -en este caso el brasileño- que supuestamente no está con voluntad de aplicar medidas de defensa comercial -anti subsidios, salvaguardias- podría admitir elevar aranceles que en este caso se aplicarían precisamente para pegarle a un socio estratégico de creciente importancia política para Brasil como lo es Estados Unidos.
LA ENCRUCIJADA. El arroz como, señala el título, enfrenta un momento singular. En el frente externo tiene esta amenaza por el lado de Brasil. A ella hay que sumar que si bien los stocks mundiales bajan, no es claro que se dé un sostenido aumento de demanda desde el Oriente que hoy impulsa a los demás granos. En efecto, si es cierto que al aumentar su ingreso los chinos y los indios empiezan a comer una dieta más occidental, también lo es que abandonan la clásica. Es precisamente el arroz un producto cuya demanda, al menos en países de bajo ingreso, evoluciona a la inversa del ingreso. Por otra parte, si los precios del maíz y la soja se tonifican por demanda nueva de los biocombustibles, ello no ocurre con el arroz. En definitiva, si este producto no ha pegado el salto de los demás commodities, quizás se deba a que sus fundamentos son diferentes.
En lo interno también pueden aparecer algunas tensiones para impedir su crecimiento derivadas de la competencia por tierra que ahora deben enfrentar. A modo de información, en la década del noventa el área plantada más que se duplicó, pasando de 82 mil hectáreas en el 89/90 a 208 mil en el 98/99. Por diversas razones, tanto climáticas como de mercado, esa área nunca se recuperó: llegó a 145 mil el año pasado y se esperan unas 170 mil para esta siembra. Da la impresión que el arroz apunta quizás a recuperar zonas que ya fueron arroceras, que poseen la infraestructura necesaria quizás amortizada, pero por ahora nada más. En ello opera la tensión que está afectando a todo el negocio agropecuario. Me refiero a la disputa por tierra que le viene desde otros rubros. Es cierto que hay algunas áreas en las que quizás solo puede realizarse arroz. Pero hay muchas en las que este cultivo debe competir con las rentas de la soja, del maíz, y en algunos casos hasta de la ganadería.
Pongamos algunos números. Si el productor uruguayo fuera a recibir los 23,1 reales por bolsa que percibe hoy su colega brasileño, eso equivale a 13 dólares que es un precio históricamente de los más altos. Si una renta arrocera normal por tierra es 10 bolsas por hectárea, o sea 130 dólares, ya no compite con una equivalente de soja (200 dólares), o de maíz. Y en cuanto a la carne que hasta hace algunos años no podía resistir el desplazamiento por el arroz por el valor de sus rentas, estamos cerca de que sea casi al revés. En efecto, 130 dólares por hectárea de ingreso neto está lejos hoy de ser la situación de la ganadería que es mucho menor, pero se viene arrimando. Yo diría que con el arroz a 8 dólares la bolsa o algo parecido, ya no se tienta a una ganadería más o menos intensiva para dejarle área. En definitiva, quiero decir que no estará fácil para el arroz crecer en superficie a estos precios, y menos aún si las cosas se complican en el exterior.
Por otra parte, el remedio para el tema externo está difícil, porque en cualquier hipótesis -demandar a Brasil el aumento del arancel, solicitar la aplicación de mecanismos de defensa comercial- requiere una profesionalidad de negociación que hoy los servicios oficiales no poseen, ya que tiraron por la ventana muchos de sus mejores recursos humanos.
En cuanto al tema interno, estamos en un momento muy especial de nuevas relaciones de precios entre rubros, que ni bien se estabilice mínimamente, va a cambiar el paisaje productivo del país con nuevas combinaciones de subsectores. Sólo quedarán para atrás aquellos que el gobierno persiste en aislar del mundo.
PUGNA
Este cultivo debe competir con las rentas derivadas de la soja y el maíz