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Sigamos aprendiendo todos juntos

JAVIER DE HAEDO

Como bien se ha dicho en las últimas semanas, en el contexto de la discusión pública sobre la inflación y el aumento del IPC, no es la primera vez que nos toca vivir la situación actual, con un fuerte aumento del ingreso originado en shocks externos positivos y aumentos domésticos de salario real y empleo, con una tendencia clara a la apreciación de nuestra moneda y con un fisco expansivo más allá de lo que sería deseable. Como suele decirse, "esta película ya la vimos". En todo caso, las dudas surgen con relación a qué altura del largometraje estamos hoy.

Si bien en esto no hay determinismos ni la historia se repite en forma cronométrica, la similitud con procesos anteriores es relevante sobre todo cuando no hay buenos recuerdos sobre el final de la película. Las miradas se posan indudablemente sobre los años noventa. También, se podría decir, sobre finales de los setenta. Pero quedándonos con la referencia más cercana, se vuelve relevante indagar a qué etapa de esa década nos estamos pareciendo. ¿A la final, posterior a la devaluación en Brasil? ¿A antes de 1999? ¿O a una etapa aún anterior a esta última?

No hace mucho tiempo, el 4 de junio, publiqué una columna en la que comparaba la situación actual y la de 1998, antes de la devaluación brasileña, con la que a simple vista puede haber algunas similitudes. Pero, a poco de analizar con profundidad ambas situaciones, se concluye que son considerablemente mayores las diferencias que las semejanzas. Tras repasar numerosos indicadores que fundamentaban la diferencia entre ambas situaciones, concluía que "la gran diferencia está dada por lo que ocurrió y ocurre en el resto del mundo, que nos favorece significativamente. No es seguro, obviamente, que este panorama se mantenga en forma indefinida, pero da la impresión de que muchas de las cosas buenas que nos da hoy el resto del mundo llegaron para quedarse. Y esto da márgenes que antes no teníamos y que hay que saber administrar, usándolos en su justa medida y preservándolos también en su justa medida".

El tema volvió recientemente sobre el tapete en medio de la discusión sobre la inflación, sus causas, y las medidas que deben o no tomarse para enfrentarla. Por eso me parecía interesante volver a indagar al respecto, para lo cual acudí a las series de tipo de cambio real desde 1977, y cuyo promedio histórico (1977-2006) constituye una referencia salomónica bastante compartida.

Los últimos datos publicados por el BCU corresponden al mes de julio y ellos muestran que el índice de tipo de cambio real global estaba 5% por encima del promedio de aquellos 30 años, mientras que en el escenario extra regional, estaba 7% por debajo del promedio respectivo.

Yendo para atrás en las series, nos encontramos con una situación muy parecida en diciembre de 1992 (4% y -7% respectivamente) y con otra también en noviembre de 1979 (3% y -6%). Sólo para resaltar las diferencias, en diciembre de 1998, en las vísperas de la devaluación brasileña, en el escenario global había un "atraso" de 12% y en el extra regional, uno de 35%.

Si se compara la situación que se observaba a finales de 1992 con la actual, los parecidos son importantes, ciertamente mucho más que con relación a 1998. Tanto en 1992 como hoy se observa que la situación fiscal tiende al equilibrio y que baja la deuda pública neta como proporción del PIB. En ambos casos hay una considerable inflación importada, que impide que el IPC converja a lo esperado por las autoridades. La inflación en dólares es alta y se pierde competitividad, a partir de niveles elevados. Suben el salario real y el empleo, de la mano de un muy buen desempeño del PIB. Bajan la pobreza y la indigencia tras la aplicación de políticas de focalización del gasto social. La balanza comercial muestra un creciente déficit pero en la cuenta corriente el desequilibrio es moderado.

En ambos casos el contexto externo es favorable, aunque por razones y orígenes diversos: entonces, el país había entrado no hacía mucho a un Mercosur que liderábamos y cuya agenda escribíamos, y con el que crecientemente nos integrábamos. Que se encarecía en dólares y cuyo ingreso volaba. Hoy, la "región-dependencia" es considerablemente menor, en parte porque Brasil nos sacó en 1999 una ventaja que nunca descontamos y en parte porque los cortes de los puentes neutralizan parcialmente lo más barato que está Argentina. Por otra parte, el país recibe hoy un impacto extraordinario en materia de precios de exportación y exporta hacia fuera de la región una mayoritaria y creciente fracción de su producción de bienes y servicios. Y también de la globalización, que parece haber aterrizado acá, siendo prueba de ello la "extranjerización" de empresas agropecuarias y agroindustriales a que estamos asistiendo, con la consiguiente valorización de nuestros activos. Empresas que en algunos casos se compran y en otros se construyen y que en todos los casos dan lugar a un aumento de la inversión extranjera directa, que vuela.

La descripción anterior sólo procura ubicar las situaciones en sus justos términos. Que nos parezcamos más a 1992 que a 1998 no asegura que la película transcurra de aquí en más como entonces y que podamos descansarnos en que faltan todavía muchos años para hablar de crisis. Nos parecemos en el crecimiento del ingreso, en la apreciación de nuestra moneda, en la expansión del gasto público. Pero la región es hoy otra y dependemos menos de ella. Y el mundo también es otro y estamos más insertos en él. Lo menos relevante, sin dudas, es el esquema monetario y cambiario, si bien algunos piensan que "felizmente" ahora no hay tablita ni banda de flotación. La realidad muestra que no es tanto una cuestión de instrumentos sino de cómo se usan. Por si alguna duda quedaba, en estos tiempos se aprecia nuestra moneda y no con tablitas o bandas de flotación.

Las crisis pueden darse en forma inesperada o previsible, pueden ser más o menos anunciadas. Y nadie está inmune a sufrir sus efectos, aunque pueden prevenirse más o menos. Pero no se puede pensar en una simple repetición de la historia por la mera coincidencia de algunos datos aislados. En ese sentido, estar todavía lejos de una situación como la previa a 1999 o parecernos más a 1992, no asegura nada.

Lo que sí, la historia enseña. Y si bien en Uruguay se ha aprendido de las experiencias pasadas y hay cosas que pocos discuten, todavía queda mucho por aprender. Y por eso el riesgo de volver a ver una película cuyo final conocemos.

En los primeros años de los noventa no era fácil convencer a muchos del concepto de inflación importada, cuando proclamaban el atraso cambiario y además se lo achacaban a las autoridades de turno. Tampoco era sencillo explicar que la balanza comercial era sólo una parte de la historia pero que el conjunto sólo se podía ver en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Que no era sólo cuestión de producir y exportar bienes sino también servicios. Ni qué hablar de la necesidad de cuidar lo fiscal y de procurar menores niveles de inflación. O de hacer reformas estructurales, como la previsional, de modo de bajar el gasto y el déficit estructurales, de largo plazo. O de tener un comportamiento acorde con nuestra historia en materia de deuda pública.

Hoy, muchos de quienes no admitían todos esos conceptos y esas políticas, los suscriben y las proclaman como propios. Enhorabuena, porque permite despejar la discusión y la elaboración de políticas.

Todos hemos ido aprendiendo con el paso del tiempo y bueno sería que en lugar de pasarnos facturas unos a otros sigamos aprendiendo juntos. Aprendimos que la inflación es mala, tanto 90% como 9%. Que hay que tener conducta fiscal. Que las deudas se pagan. Que no se gobierna para las estadísticas sino para la gente, pero que para hacerlo bien, no es cuestión de voluntarismos ni populismos. Que dos más dos siguen (y seguirán) sumando cuatro.

Sin embargo, todavía falta aprender y generar consensos con relación a lo que significa el ciclo económico, a cómo medirlo, a cómo saber en qué etapa de él se está. Y cuáles son los niveles de gasto posible y de resultado fiscal necesario en cada momento con relación a ese ciclo. También, que hay que desligar al presupuesto del ciclo político electoral, de modo que los carnavales electorales y los ajustes fiscales sean cosa del pasado. Para prevenir las crisis y para que haya menos temas menores sobre los cuales estar discutiendo a cada rato y podamos centrar la discusión en los temas de fondo.

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