JULIO PREVE FOLLE
El sector agropecuario está viviendo desde hace ya algunos años un momento verdaderamente excepcional, cuajado de oportunidades para mucha gente, con una renovación que llama la atención. Renovación en el tipo de tecnologías aplicadas, en el modo de enfocar los negocios, en todo. Y por supuesto un desempeño económico cuyas cifras en general impactan. Veamos solo algunas.
ALGUNAS CIFRAS. Por ejemplo el PIB agropecuario. En los últimos cinco años creció a una tasa anual del 8%, muy superior al del conjunto de la economía, que fue 3% anual. Y en cuanto a las exportaciones de origen agropecuario, que en el trienio 2000/2002 alcanzaron en promedio los 1.254 millones de dólares, en el 2006 se habían más que duplicado alcanzando 2.591 millones, lo que representa un aumento de 107% y una tasa anual de incremento de 16%, cifra que bien podría retratar a la economía china. Encabeza ese crecimiento la carne, cuyas exportaciones se multiplican por más de tres veces en el período superando los mil millones de dólares. Los granos y sus derivados alcanzan en 2006 el segundo lugar en las exportaciones agropecuarias con un valor de US$ 475 millones, a causa de un incremento anual de 16% en el período señalado. Similares tasas de crecimiento muestran las cadenas forestal y láctea. En realidad absolutamente todas las actividades agroexportadoras aumentaron sus ventas al exterior, salvo el vino por causas que hoy no voy a tocar pero que los lectores conocen bien por estas columnas.
EL IMPULSO Y SU FRENO. Como es sabido el mundo viene experimentando un largo período de crecimiento económico. La suba de las cotizaciones, que ha alcanzado prácticamente a todos los productos agropecuarios, tiene sus bases en el crecimiento de la demanda mundial. Ese crecimiento es consecuencia de la expansión, en especial en los países "emergentes" de Asia, que da lugar a cambios en los patrones de consumo que se "occidentaliza", lo que lleva a demandar más trigo, carne, aceite. A esto se suma el efecto del gran desarrollo de la producción y consumo de biocombustibles, etanol y biodiesel, que se fabrican a partir de maíz, caña de azúcar y soja. Esto incorpora un volumen adicional y creciente de demanda lo que establece lo que podría llamarse la paradoja petrolera: que con precios altos del petróleo la agricultura finalmente se ha favorecido, por el efecto en la demanda de los sustitutos agrícolas. Muy gráficamente lo expresaba esta semana en el Prado un conferencista cuando señalaba que en Estados Unidos, principal operador del mundo en maíz, los consumidores prefieren ayudar a sus agricultores del Medio Oeste utilizando etanol, que a terroristas árabes utilizando naftas.
Sólo aparece una duda para el futuro que pudiera afectar todo este proceso: la eventual profundización de la crisis financiera global que aparentemente habría sido conjurada a partir de las fuertes inyecciones de liquidez de los bancos centrales de los principales países del mundo. Si la caída de las bolsas se convirtiera en un problema económico y no solo financiero como hasta ahora, podrían introducirse dificultades al proceso de crecimiento global por su eventual vínculo con una recesión americana y por ende mundial. Pero si esto no ocurre, aquellos fundamentos de la expansión actual permanecerán firmes: petróleo caro, crecimiento económico chino e indio, cambios en Estados Unidos luego del 11 de septiembre.
LAS RAZONES ÚLTIMAS. Es claro que es la demanda mundial la que está tironeando de los precios. No obstante no es ésta la única vez que ha ocurrido y nos pasó desapercibida. Cuál es la diferencia. Que esta vez nos ha tomado con un sector agropecuario bien abierto al mundo, y con políticas que privilegian ante todo la apertura, la desregulación, el protagonismo del sector privado, la inexistencia del Estado en la formación de precios, en el comercio, en la asignación de recursos en general. Así es en la carne, en todos los granos, lo es bastante aunque de modo insuficiente en los lácteos, los cítricos, la madera, etc. Y no lo es en el vino y la granja en general, que siguen insistiendo por políticas vinculadas solo al mercado doméstico que el gobierno actual -y el anterior- apoyan, así como sus invariables dirigentes.
Pero esto no siempre fue así. En la carne estaba todo absolutamente regulado y no había prácticamente decisión empresarial que no estuviera intervenida hasta los noventa cuando empezó su crecimiento. Otro tanto pasaba con los granos, en particular con el trigo, con políticas parecidas a las que parecen gustarle al MGAP hoy. Y aprovecho también para recordar un cambio de los noventa cuyo éxito está precisamente en su olvido: la inclusión de la libre contratación en la ley de arrendamientos rurales. Nadie recuerda hoy que en los contratos, el plazo y la renta eran de orden público; es decir que un arrendatario podía finalmente pagar lo que quería y quedarse hasta 10 años, con prescindencia de lo que hubiera pactado oportunamente, logrando así que nadie en su sano juicio quisiera arrendar. Quiero recordar pues, que el modelo actual de expansión agrícola, basado con mucho en la figura del arrendamiento, hubiera sido imposible con la legislación anterior, que tenía otro enfoque en general sostenido por quienes hoy gobiernan. Como también hay que subrayar que este modelo de desarrollo de la agricultura de secano, como lo fue en su momento en el arroz, y como lo viene siendo en varias agroindustrias, solo es posible a partir de la bienvenida al capital extranjero, como subrayaba el pasado domingo el presidente de ARU.
QUÉ HACER AHORA. Para poder continuar aprovechando este proceso desde el gobierno, en esencia, hay que hacer una sola cosa: nada, nada de nada, porque lo esencial ya ha sido realizado. En todo caso podría profundizarse lo que podríamos llamar la transabilización del sector, o sea la exposición del agro en los rubros que falta, al soplo del mundo exterior: pollos, frutas y verduras, vino. En particular me gustaría que se desregulara por completo la lechería para que los tamberos pudieran aprovechar plenamente este momento, yendo rápido a un régimen de precios libre.
Pero sobre todo resistir la tentación de hacer: no tocar precios, no tocar aranceles, no tocar reglas de comercio externo o interno, ni tributarias. Y particularmente no modificar el tratamiento a los extranjeros que nos visitan, al menos en lo esencial. Incluso diría no tocar demasiado el régimen de promoción de inversiones; como no hubiera modificado, menos aún de este modo sin fundamentos técnicos, la devolución de impuestos.
Y sobre todo hablar menos, este puede ser un desafío para nuestros gobernantes, quienes algunas veces parecen exponer sus estados de ánimo, olvidando las reacciones que generan en el mercado.
En ese nada para hacer, que deliberadamente exagero, no se incluye lo mucho que podría aportarse para el alivio de situaciones sociales complicadas, como lo son todas las derivadas de este nuevo paradigma de crecimiento que, ahora sí, creo que deja gente por el costado, algunas veces sin actividad, pero otras sin ella pero con buenos ahorros en el banco si han vendido su tierra a los valores de hoy. Este proceso que implica tensiones pero introduce una bienvenida movilidad social, viene alcanzando una intensidad enorme: en seis años terminados a junio del 2006 se vendió casi la cuarta parte de la tierra del Uruguay, lo que no parece poco, y no se debe intentar administrar.
En definitiva, profundizar la apertura y la desregulación, no tocar precios, continuar dando la bienvenida al capital sin pedir la cédula; no generar incertidumbre innecesaria y apostar a las ayudas desconectadas de la producción a quienes de verdad lo demandan. Ese parece el camino para aprovechar el momento.
MOMENTO
Esta vez el sector agropecuario está bien abierto al mundo