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¿Cuánto puede crecer el gasto?

JAVIER DE HAEDO

En mi columna de hace dos lunes, "Turbulencias y vulnerabilidades", me referí a la situación fiscal y a la urgente necesidad de mejorarla, mediante una desaceleración del crecimiento del gasto público.

En particular puse el énfasis en que se estaba incumpliendo por primera vez desde la crisis, la regla que considero razonable en cuanto al crecimiento del gasto y que consiste en que no debe subir más allá de lo que lo hace el producto. Una regla así, expresaba, "permite ir atenuando, al mismo tiempo, las vulnerabilidades sociales y financieras, máxime con el PIB creciendo a buen ritmo". Cuando hablo del gasto, me refiero al gasto primario (excluidos los pagos de intereses) del sector público no financiero, ajustado por la variación del stock de petróleo de Ancap.

Dicho sea de paso, desde esa publicación se conocieron los indicadores fiscales al mes de julio, que confirmaron las tendencias que se vienen observando: en los 12 meses a julio, y con relación a los 12 meses anteriores, el gasto nominal creció 14,0%, la inflación promedio fue de 7,1% y el gasto real subió 6,5%, seguramente más que lo que habrá subido el PIB entre ambos períodos. Si se estuviera cumpliendo la meta de inflación (que está licuando parte del aumento del gasto), la brecha entre las tasas de crecimiento del gasto real y del producto sería aún mayor. Por otra parte, el dato del IPC de agosto, que superó todas las expectativas, vino a confirmar la necesidad de acotar el crecimiento del gasto público.

Pero no vuelvo hoy sobre el tema por los indicadores que salieron en los últimos días, sino debido a que un correo enviado por un lector (además, destacado colega y mejor amigo) me hizo ver que quizá no fui todo lo explícito que debí ser y que di por entendidas algunas cosas que es necesario profundizar. Y, de paso, responderle a mi corresponsal, que en su correo discrepó fundadamente con mi punto de vista.

Desde su óptica, el lector considera que estoy "siendo generoso respecto al criterio a utilizar para el aumento del gasto: no es a lo más el aumento del PIB nominal del año, sino a lo más el aumento del PIB nominal de la tendencia. Como estás creciendo por encima de la tendencia, debes gastar menos" para tener un comportamiento anticíclico. El lector me ilustró sobre el caso chileno, donde existe una "regla estructural" que tiene en cuenta la estimación del PIB de tendencia realizado por un comité de expertos nombrado por el gobierno.

Lo primero que debo decir es que coincido con mi corresponsal que la regla que él define es, normalmente, la correcta. Definido un nivel adecuado de gasto como proporción del producto, lo correcto es que el gasto suba al mismo ritmo que el PBI tendencial (es decir, a la tasa de largo plazo) a partir de un "nivel de equilibrio", es decir de un año base en el cual se haya considerado que no estaba ni por encima ni por debajo de la tendencia de largo plazo. Siendo así las cosas, si el PIB entra a crecer más que la tendencia, la regla del gasto da lugar a ahorros y el gasto baja como proporción del producto. Al contrario, cuando éste crece por debajo de la tendencia, esa regla implica utilizar los ahorros generados en tiempos de vacas gordas y que el gasto suba como proporción del mismo. Naturalmente, lo ideal es generar el colchón de recursos en tiempos prósperos y empezar a aplicar la regla cuando se está en la fase alta del ciclo económico. Esta regla es indiscutible, es la que sería deseable que tuviéramos en Uruguay y es también a la que nos referimos los que reclamamos un comportamiento fiscal anticíclico.

Viene al caso señalar que además de esa regla y de la que considero razonable aplicar aquí y ahora, hay otras dos que notoriamente han tomado estado público en nuestro país, extremas con relación a las dos primeras. Una, naturalmente, es la que está aplicando el MEF cuando reniega de las políticas anticíclicas dado que según dice no le permitiría acceder a los logros sociales que procura alcanzar. Esta regla conduce (así está presupuestado) a un crecimiento extraordinario del gasto en 2007-2009, aproximadamente un 10% más de lo que se estima crecerá el PIB en el trienio, y esto sin contar con los anunciados aumentos adicionales de gasto previstos para la Rendición de Cuentas a aprobar en 2008, antes de los 12 meses previos a las elecciones nacionales de 2009. En el otro extremo, hay quienes consideran que el gobierno actual perdió una buena oportunidad de reducir el gasto como proporción del producto, desde el mismo año en que asumió, para lo cual debería haberlo aumentado a tasas inferiores a las que creció la economía.

No comparto esas reglas extremas. Una, por hacer crecer el gasto en forma peligrosa, poniendo en riesgo la estabilidad de la economía, como es notorio en estos días. La otra, porque para reducir seriamente el gasto hace falta reformar la estructura del Estado. De otro modo es una mera represión transitoria del gasto, que no tiene fundamento político ni económico en un contexto de fuerte recuperación como el que tuvimos después de la grave crisis de 2002, cuando el gasto fue reprimido, no reducido, para hacer viables las cuentas públicas.

Debo justificar, entonces, por qué prefiero (reitero, aquí y ahora) la regla que consiste en hacer que el gasto crezca al mismo ritmo que el producto y no la que mi corresponsal explicitó correctamente y que comparto como la regla óptima a seguir en condiciones normales.

Lo primero que debemos tener claro es que a diferencia de Chile, en Uruguay no tenemos un consenso acerca de cuál es el nivel del PIB de tendencia de largo plazo, ni acerca de cuál es la tasa de crecimiento de esa tendencia. En segundo lugar, tampoco lo hay en cuanto a qué proporción debe ser el gasto. Si lo hubiera, no habría lugar a discusiones. Por eso la importancia del reclamo en cuanto a avanzar en el diseño de políticas anticíclicas en vez de seguir pateando la pelota para adelante porque justo ahora, por razones políticas, no conviene encarar el tema, cuando, por razones económicas, sería el momento óptimo para hacerlo.

Por lo tanto voy a dar mi opinión al respecto. Hablemos primero del nivel del gasto como proporción del PIB. Las series estadísticas disponibles permiten comprobar que a mediados de los noventa, el gasto definido como lo hice anteriormente representaba el 27% del producto (esto, en el promedio de 1994 a 1997). En esos años hubo un muy buen desempeño de la economía y Uruguay exhibía muy buenos indicadores sociales y financieros.

Desde entonces hubo dos reformas que han generado ahorros en materia de gasto: la reforma de la seguridad social y la concesión de rutas cuya construcción, reparación y mantenimiento estaban antes incluidos en el presupuesto del MTOP. Si entonces la economía estaba bien con el gasto en 27% del PIB, dados estos cambios y los ahorros respectivos, hoy está bien con 25% del mismo. Se puede admitir (y se debe exigir) un menor gasto si hay reformas que lo justifiquen, de otro modo es insostenible.

Ahora bien, en cuanto al nivel del PIB de la tendencia de largo plazo y a su tasa de crecimiento, las cosas son aún más complejas. Depende del contexto externo y de la renovación del stock de capital, fijo y humano. Tengo la impresión de que en algún punto de 2006 se alcanzó ese nivel, pero es posible que todavía haya una cierta "brecha de producto". También creo que la tasa de crecimiento de largo plazo es bastante más próxima al 4% que al histórico 2% o 2,5%. Y pienso también que el actual entorno internacional, más allá de turbulencias, muestra cambios permanentes que son favorables a nuestra economía y que, habiendo inversión, la habilitan a crecer aún a mayor ritmo.

En este contexto, considero que el comportamiento que tuvo el gasto después de la crisis fue el correcto y creo que sería adecuado que no creciera más que el PIB, que ya está creciendo a tasas más cercanas a la de largo plazo y próximo a la tendencia de largo plazo. Pero para que esto no sea materia de opiniones sino de consensos, deberíamos replicar acá la referida "regla estructural" chilena.

En definitiva, y más allá de matices, las condiciones eran óptimas para que desde este mismo año se hubiera empezado a crear el colchón que debe crearse en tiempos de vacas gordas para cuando venga el de las flacas. Un colchón que hubiera implicado una menor expansión del gasto y una menor presión sobre los bienes y servicios, cuyos precios han superado las metas oficiales. Y, también, una mejor situación en materia de tipo de cambio real.

DESAFÍO

Diseñar políticas anticíclicas en vez de patear la pelota para adelante

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