JULIO PREVE FOLLE
Según trascendió por la prensa se habría vendido la empresa Saman a un conocido grupo económico de Brasil. Desde que empecé a escribir jamás se me ocurrió comentar un negocio entre privados, cualquiera fuese su nacionalidad. Ésta no será una excepción, pero sí una oportunidad para referirme a dos circunstancias sobre las que poco se ha hablado. La primera es que se cierra una etapa iniciada por un gran hombre, Ricardo Ferrés, -seguida por sus hijos- que merece figurar en la historia de los pioneros que hicieron este país. Tuve el privilegio de conocer a Don Ricardo, de tratarlo a él y a su familia. Y aún recuerdo vívidamente el ambiente de dolor, sobrio en sus expresiones externas, y profundo y trascendente en su derrotero interno, cuando ausente por el odio Don Ricardo, estaba sin embargo tan presente cuando despedimos para siempre a su hijo, mi compañero de colegio y Facultad, Alfredo.
LOS PIONEROS. Es que hacemos economía, pensamos sobre el producto y el empleo, el tipo de cambio y la tributación indirecta, pero jamás podremos poner en una ecuación el espíritu de los pioneros que hicieron el país y sin los cuales no se puede entender nuestra historia económica. No hay lechería sin Mallarino o Souto; no hay citricultura sin Fraschini; no hay caña sin Mones; no hay aceite sin Gard; no hay automóviles sin Soler, ni desarrollo industrial sanducero sin Olaso o Soloducho. O más atrás, no hay ganadería moderna sin Ordoñana, viticultura sin Vidiella, o desarrollo ovino sin Elorza, o mercado de capitales y banca pública sin Reus. Y en esta línea no hay arroz posible, definitivamente no lo hay sin Saman, la empresa montada por Don Ricardo y continuada por sus hijos. Esta empresa convirtió en arroceros a cientos de productores de otras disciplinas, y productores a gente muy lejana al campo. Cambió el paisaje productivo de grandes zonas del país, y abrió la puerta a los negocios con países lejanos, que mucho más lo eran cuando se empezó a negociar con ellos.
Por eso es un orgullo para el país que una empresa grande del Brasil haya concretado la operación. Y no deben temer los agricultores por un tema absolutamente menor como lo es el mantenimiento del régimen actual de precio promedio, en el que no está la fortaleza del sector, que hay que buscarla hoy más bien en los factores de competitividad agrícola y agroindustrial, que hacen posible que si el mundo lo determina, podrá seguir respondiendo con producción de calidad como hasta ahora.
RÉGIMEN DE PRECIO. Esta es la segunda circunstancia a la que quiero referirme. En realidad este régimen tan peculiar de comercialización en mi opinión siempre fue insostenible salvo por un hecho de la realidad: que los involucrados lo defendían -aunque cada vez con más fisuras- como el más adecuado. El régimen consiste en la generación de un único precio, llamado precio convenio, fruto de una negociación entre representantes de productores y molineros, que es posible a partir de un decreto, el Nº 29/1980, que obliga a los exportadores a declarar a la Comisión Sectorial del Arroz el precio de todos sus negocios. Al 30 de junio de cada año, con una parte del arroz cosechado en marzo ya exportado, y una estimación de lo que ocurrirá hasta la siguiente cosecha, se acuerda un precio del arroz al productor. Este es el fruto del precio ponderado de todos los negocios de la industria, menos un costo industrial aceptable por todos como promedio. Quizás el corazón del funcionamiento del sistema es que los industriales muestran absolutamente a los productores los negocios que hacen, y que estos les creen. Esta rareza, que es que un empresario exportador someta a la opinión de su proveedor de materia prima los negocios que está realizando, sólo funciona a partir de un liderazgo y una confianza que para mí tiene una explicación clave en la figura de don Ricardo Ferrés, que negociaba con productores que a lo mejor lo eran sólo por él. El sistema implica también que los agricultores entregan su arroz sin tener idea de cuál será su precio -solo que será el promedio de todos los negocios- y la industria cuenta con la materia prima más de tres meses sin pagarla para disponer de ella. Después del 30 de junio continúan los negocios y, terminada la comercialización de la zafra, se acuerda un precio definitivo para toda la cosecha, antes que empiece la siguiente. Hay un lubricante de todo este proceso que es el crédito: los productores esperan hasta el 30 de junio con la ayuda del crédito, y los industriales liquidan al precio provisorio todo el arroz al 30 de junio, aunque hayan comercializado una porción menor al total; en este caso también hay un costo financiero.
TODOS A COMPETIR. A mí, que participé como delegado oficial en muchas reuniones de la Comisión Sectorial del Arroz, siempre me resultó increíble que los industriales contaran sus negocios a competidores y proveedores, y más aún que los productores hicieran juicios sobre su conveniencia. Pero admito también que el sistema fue bien aceptado por todos o casi todos los actores, en un ejercicio de confianza sorprendente. Hay que subrayar además que una cosa es acordar precios entre dos para jorobar a un tercero, el consumidor, como ocurriría entre productores e industriales abastecedores del mercado interno, y otra cosa muy distinta es lo que ocurre aquí en un acuerdo totalmente privado que no afecta a nadie.
¿Cuál debería ser la conducta de un nuevo jugador, muy grande, si encuentra este sistema funcionando? Si logra superar la molestia legítima de poner a la vista de competidores y productores todos sus negocios, cosa bien difícil, su decisión pasará supongo por calcular si su costo industrial es menor al de la media de los demás molinos. Si lo es, es fácil que acepte el sistema. O también podría querer disputar producción a otras empresas -legítimamente- pagando más que el promedio de los negocios a los productores; o que quisiera pagar más a los más cercanos y menos a los más lejanos, o mil opciones más. O que al igual que Central Lanera -en realidad el sistema de comercialización de arroz es como un sistema de Central Lanera obligatorio- ofrezca además del precio promedio otras opciones: comprar al precio del día, almacenaje para liquidar precio en alguna fecha, etc..
En definitiva, si hay cambios sólo pueden ser para bien aunque a lo mejor de salida haya alguna tensión. Tal vez se introduce competencia fuerte entre molineros por la materia prima incluyendo para ello el precio; tal vez hay disputa por la producción. O a lo mejor el nuevo jugador se adapta al régimen de precio promedio, que parece en mi opinión haber cumplido una etapa en la que sin duda fue importante para la consolidación del sector, pero que ahora quizá no sea el mejor sistema para una nueva etapa. Esta no tiene por qué incluir que se terminen otro tipo de entendimientos entre productores y molineros, fuera del precio, de los que el sector está orgulloso con razón.
Pero, pase lo que pase, estaremos frente a un sector productivo distinto que no tiene por qué ser peor; más bien me parece que será al revés.