Luces y sombras de la inversión

Fabio Giambiagi dese Río de Janeiro

En marzo del año actual, el Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE), organismo responsable de una serie de informaciones y datos oficiales sobre diversos aspectos de la realidad socio-económica de Brasil, divulgó una nueva serie histórica del Producto Interno Bruto (PIB) y sus diversos componentes, desde 1995 hasta el año pasado. En resumidas cuentas, el instituto informó que:

a) la tasa de crecimiento promedio de 1995 al 2006 siguió siendo muy baja, del orden de 2,5% al año;

b) en los últimos cinco años, sin embargo, las cifras en cada año fueron en líneas generales de 0,7% a 0,8% superiores a las divulgadas inicialmente;

c) la tasa de inversión que ya era baja en Brasil, se mostró aún más baja en las nuevas Cuentas Nacionales; y

d) al hacer las cuentas con más crecimiento y menos inversión, se concluye naturalmente que la tendencia reciente de la productividad era bastante mejor que lo que se suponía.

Esta última tal vez haya sido la mejor noticia de todas, pues en la medida en que la tendencia se mantenga, las cifras de crecimiento del producto potencial se desplazan hacia arriba y se abre espacio para un crecimiento en los próximos años más intenso que los números que los analistas independientes manejaban hasta hace pocos meses. El IPEA, por ejemplo, un conocido "think tank" oficial, pero que goza de relativa autonomía en sus proyecciones, trabajaba hasta hace poco tiempo con una hipótesis de contribución anual al crecimiento de la Productividad Total de los Factores (PTF) de 0,5%, que en realidad según las últimas estimaciones podría ser de casi el 1,5%.

Al mismo tiempo, para que el crecimiento futuro esté más cercano al 5% que al 4%, es deseable que, al margen de la contribución de la productividad, también la inversión aporte su cuota a la expansión.

En ese sentido, los números recientes de la inversión en Brasil ofrecen un panorama que combina luces y sombras. Por un lado, se parte de un nivel de inversión muy bajo, de apenas 17% del producto en 2006, cifra que marca un contraste notable con los números de 30% o más en algunos de los países que más crecen en el mundo. Por otro lado, las tendencias recientes son muy positivas: el coeficiente de inversión aumentó por tercer año consecutivo; el crecimiento de la inversión pasó de 3,6% en 2005 a 8,8% en 2006; y el dinamismo de las cifras en los últimos meses permite prever un crecimiento de esa variable de entre 8% y 9% en el 2007. Si ese ritmo se mantiene, con la inversión creciendo cerca del 10% y el PIB alrededor de 4,0% a 4,5%, el coeficiente de inversión con respecto al producto podría alcanzar del 20% a 21% del PIB en el 2010 y seguir ampliándose a lo largo de la próxima década.

Para eso, sin embargo, sería necesario que el país -con perdón por la redundancia semántica- invirtiese esfuerzos en los próximos años en tres temas clave:

a) contención del crecimiento del gasto público corriente. El gasto primario del Gobierno Nacional viene aumentando a un ritmo muy fuerte hace veinte años y, lo que es peor, concentrándose cada vez más en gastos corrientes, quitándole espacio a la financiación de la inversión pública, cuyo nivel es muy inferior al que el Estado tenía hace veinte años. Como hay sectores donde la participación estatal es fundamental, pues difícilmente el Gobierno será reemplazado por el sector privado, para poder aumentar la inversión pública la velocidad de expansión del gasto corriente deberá ser menor, lo cual impone un desafío gerencial que hasta ahora los Gobiernos en Brasil no fueron capaces de vencer desde la redemocratización de los años ochenta;

b) agilidad en la concesión de licencias. Para que la inversión pública aumente, es necesario no solamente tener más recursos, sino también poder realizar las obras. En ese sentido, uno de los mayores conflictos que se están planteando recientemente en Brasil tiene que ver con el tema de la concesión de la licencia ambiental para la realización de obras de infraestructura. Es evidente que el medio ambiente debe ser respetado, pero lo que revela una gran ineficiencia es el hecho de que en muchos casos los organismos oficiales no dan respuesta a una velocidad compatible con los requisitos del resto de la economía. Hay casos extremos, donde dos años después del pedido para construir una represa hidroeléctrica, el organismo competente ni siquiera se manifestó, aunque sea para negar el pedido. Todo eso constituye una traba importante al proceso de inversión; y

c) mejora del ambiente regulatorio. Si bien el caso de Brasil es muy diferente con respecto a los atropellos que se han verificado en diversos países de América Latina en los últimos años, el hecho es que la regulación sigue siendo un tema importante en el país. Los organismos reguladores que surgieron durante el Gobierno Cardoso y que deberían establecer las reglas del juego para la intervención del sector privado en las áreas de servicios públicos, siguen sin funcionar bien y, en diversos casos, están sujetos a influencias políticas que colisionan con las exigencias técnicas del cargo. Se necesita mejorar la calidad institucional en ese ámbito, para dar las señales al sector privado para que éste invierta con una dosis menor de incertidumbre.

En líneas generales, por lo tanto, se podría decir que la inversión en Brasil es baja y q ue está aumentando, pero podría hacerlo a un ritmo más intenso. El gran desafío es caminar hacia una inversión del 25% del PIB en la próxima década, lo que le permitiría al país crecer a un ritmo sostenible de 5% al año. La expresión clave, aquí, es justamente esa: "ritmo sostenible". Brasil hoy puede crecer al 5%, pero es difícil que, sin avanzar en esos temas, el crecimiento pueda conservar la misma velocidad en los años siguientes.

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