Los monopolios son perjudiciales

José Caumont

Los mercados monopólicos son siempre, cualquiera sea su naturaleza, pública o privada, perjudiciales para el consumidor de los bienes o de los servicios que venden. Un único proveedor es casi sinónimo de castigo, transitorio o permanente, de la población que consciente o inconscientemente, los soporta con resignación y poca crítica, por tener que satisfacer necesidades. El consumidor podrá elegir cuánto comprar de los bienes y servicios provistos monopólicamente pero es claro que la satisfacción que le brindará lo que disponga comprar, será menor que la que tendría si el mercado fuese competitivo, los precios más bajos y sus compras mayores. Los mercados monopólicos son ámbitos en los que las cantidades ofrecidas son menores a las que existirían en los mercados en los que hay más vendedores, compitiendo entre sí, para vender sus productos.

La competencia es, en definitiva, cooperación para que la gente compre más, consuma más y gaste menos. Su ausencia, directa o por falta de productos sustitutivos cercanos, resulta en la calidad menor de lo vendido por el monopolista y, por cierto, en precios más altos cobrados por el único oferente. Es por todo eso que cuanto mayor es la cantidad de oferentes de un bien o servicio, mayor es la satisfacción que pueden obtener los consumidores, menores los precios que paga y mejor la calidad de los productos que adquiere.

Los monopolios pueden ser temporales, como los denominados "naturales" -cuando aparentemente no existe lugar para más de una empresa-, o permanentes, como los que por ley restringen la posibilidad que hayan más empresas elaborando y vendiendo producción similar o igual. Mientras los primeros desaparecen en cierto lapso por el surgimiento de empresas atraídas por la sobre ganancia que tiene el único productor, o por el progreso tecnológico o por el simple paso del tiempo, los segundos no sufren igual amenaza. Su subsistencia está amparada en la norma constitucional, legal o de otro tipo que los protege y resguarda de terceros que deseen participar en igual ramo, actividad productiva o de comercialización. Los verdaderos monopolios son, entonces, los que por decisión de la autoridad del caso -Estado, Poder Ejecutivo, gobiernos departamentales-, imponen restricciones absolutas al ingreso de competidores. El privilegio con el que cuentan les asegura el sacrificio indefinido de los consumidores que vía mayores precios y menor calidad, se ven esquilmados por la -en la mayoría de los casos injustificada-, existencia de la protección normativa.

MONOPOLIOS DE HECHO. Un monopolio de hecho puede darse únicamente de manera temporal. Si por razones de mercado, tecnológicas, de costos de instalación, u otras por el estilo, pero no por razones de derecho, una firma es la única proveedora de un bien o un servicio, gozará de una ventaja temporal que le permitirá tener ganancias extraordinarias, por encima de las normales de la economía. Ese súper beneficio que logra el monopolista de hecho, se constituye en el germen de su autodestrucción. Será una tentación para que otros participantes intenten acceder a ese mismo mercado como suministradores y, con el paso del tiempo, lo lograrán y el mercado se volverá de competencia. El ingreso de nuevos participantes, nacionales o del exterior, acabará más tarde o más temprano, con aquellos mercados en los que existe un único vendedor y las consecuencias inmediatas son capitalizadas fundamentalmente por los consumidores que pagarán menor precio y podrán comprar más, incluso en la mayoría de las veces, gastando menos.

En los casos señalados, las autoridades del país pueden -y deben- acelerar la aparición de la competencia o evitar la existencia de la actividad monopólica a través del levantamiento de restricciones legales, como por ejemplo la liberalización mayor del comercio o el levantamiento de ciertas barreras respecto a la calidad del producto en cuestión o simplemente oponiéndose a determinado tipo de fusiones o de adquisiciones de empresas. El progreso tecnológico, el de las comunicaciones, el mayor acceso a la información y la globalización de los negocios han creado un entorno más favorable hoy para una más rápida desaparición de este tipo de monopolios. Años atrás, el pasaje de un tipo de mercado de ese tipo a otro con mayor número de concurrentes y en competencia, tomaba un tiempo sensiblemente mayor.

MONOPOLIOS DE DERECHO. Es en el caso de los monopolios que existen por normas constitucionales, legales o de otro tipo, que los mercados con un único oferente pueden subsistir, indefinidamente, hasta que se levanten las prohibiciones normativas que restringen el acceso al mercado. Son casos en los que se impide la competencia aún cuando otras firmas se vean atraídas por el mercado cautivo, generador de súper beneficios y fuertes ineficiencias. Aún cuando se pueden dar a nivel privado, las prohibiciones de realizar producciones o transacciones en determinados productos tienen como beneficiarios más importantes a las empresas públicas. Los mayores beneficios pecuniarios de la situación los reciben quienes en ellas trabajan y, en algunos casos sus proveedores mientras que las mayores retribuciones no pecuniarias se vuelcan sobre los integrantes de los directorios políticos que los gobiernan, A ellos les llueven los beneficios bajo la forma de prestigio no siempre bien ganado, los frutos del clientelismo por incorporación de funcionarios innecesarios, etc..

Frecuentemente se señala que los monopolios estatales son eficientes y que suministran bienes o servicios a precios razonables y competitivos. En varios de esos casos es imposible que empresas privadas puedan ofrecer productos idénticos o similares. Si realmente fuesen ciertas las aseveraciones y la creencia de numerosas personas, sobre la eficiencia de dichos monopolios y difíciles de mejorar para los consumidores los precios a los que reciben sus ofertas, no hay razón para impedir que hayan otras fuentes de abastecimiento competitivas. Para ello es necesario levantar las restricciones de derecho que impiden que ello ocurra lo cual ha sido en el pasado, difícil de lograr.

La mayoría de la población ha manifestado, hace más de una década, que varias de las actividades que realiza el Estado empresario no puedan tener la competencia de empresas privadas. La competencia privada ha sido sin embargo, muy efectiva en llenar espacios de insatisfacción general con el suministro público de servicios de gran importancia para la comunidad. A nivel de la educación, la competencia privada con la educación pública ha sido reconocidamente favorable. En cuanto a la seguridad, se ha complementado la mala disposición de esos servicios por parte del Estado, con la existencia de una oferta privada de bastante desarrollo. También es valorada la contribución al bienestar general de la atención de la salud por el sector privado.

Todo ello parece ir, de a poco, entrando en la conciencia de los uruguayos que sin oposición, ven que sucesivos gobiernos han venido practicando concesiones a privados -sobre todo aunque de manera muy insuficiente, en el área de la obra pública-, que han mejorado la eficiencia de la actividad privada.

Existen partidarios de la liberalización del ingreso de competidores a los mercados que se mantienen exclusivos para la actividad empresarial del Estado. Muchos más son los que piensan que ello no es ni necesario ni conveniente. Es comprensible en el caso de quienes defienden su statu quo, básicamente los que trabajan en esos monopolios y que encuentran relativamente más fácil en ese contexto productivo y comercial, mejorar sus ingresos a expensas de quienes pagan las tarifas o los precios de los bienes y de los servicios que proveen. Es incomprensible en el caso de sus consumidores, aunque es de recordar que su visión se ve generalmente nublada por la propaganda adversa de quienes se ven favorecidos por la situación. Bastaría a un buen gobierno probar la desmonopolización de esas actividades -algo que insinúa ahora el Ministerio de Economía-, para dar el salto cualitativo y de bienestar y eficiencia que de todos modos, pese a su propia oposición a lograrlo, obtendrían los consumidores y la economía en su conjunto. Es un paso inexorable para darle sostenimiento a la expansión de la economía.

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