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Implicancias del cambio climático

CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON

El recalentamiento global de la atmósfera se ha agregado a la agenda de temas de la comunidad internacional pendientes de resolución. Sus implicancias tienen dimensiones políticas y económicas, en particular para los países emergentes.

Las evidencias científicas, inexorables en cuanto a los efectos negativos de los cambios climáticos, han trasladado esta nueva dimensión de la globalización a la mesa de negociaciones entre naciones con el propósito de revertirlos. Su resultado será una combinación de criterios técnicos y políticos donde cada cual buscará sacar su mejor parte. A su vez, esto se complementa con la aparición de fórmulas de mercado pragmáticas que ayudan al tratamiento del problema, aunque no lo resuelven totalmente.

Por su parte, la contaminación que genera el efecto invernadero está distribuida en forma desigual, siendo los países desarrollados, y en particular Estados Unidos, sus contribuyentes líderes.

Todos estos aspectos generan riesgos pero también oportunidades para los países en desarrollo. Basta pensar que muchas proyecciones muestran que en el lapso de la próxima generación, estos serán responsables del setenta y cinco por ciento del incremento de la emisión de gases que contribuyen al efecto invernadero, aunque países como China e India consumen hoy menos de la quinta parte de energía por habitante que los países desarrollados.

Con este panorama, una vez acordado internacionalmente un límite máximo anual de emisión de gases, se crearán fuerzas dinámicas de traslado de industrias y de minimizar el costo de la descontaminación.

A través de las fuerzas de mercado aparecerán instrumentos con dimensiones diversas. Su espectro cubrirá desde cómo valorar el hecho de que una nación contamine menos que el resto o ayude a descontaminar a través de actividades amigables con el medio ambiente. O cómo valorar la aceptación de industrias contaminantes desde recintos geográficos saturados por el desarrollo industrial. Entre esos extremos figura la aparición de instrumentos emitidos por los países con balance ambiental positivo que dan el derecho a sus compradores a contaminar. En otras palabras, esto implica que a nivel de la comarca mundial se descontaminará donde sea más barato, y el contaminador pagará por ello. En tal sentido, ya hay un mercado incipiente donde se transan bonos emitidos por naciones con balance ambiental positivo que dan el derecho a su comprador de contaminar o no realizar las obras requeridas para su abatimiento. En otras palabras, el filtro se "pone" donde sea más barato geográficamente. Algunas entidades privadas o semi públicas han visto ya la oportunidad de profundizar ese mercado, pero falta mucho por hacer. Basta pensar cómo valorar el rescate anual que hace la Amazonia de gases que producen el efecto invernadero, que el mundo en general -en particular, el desarrollado- usufructúa sin remunerar. Razonamiento similar puede trasladarse hacia áreas más cercanas, incluyendo nuestro país donde su masa forestal creciente actúa en el mismo sentido.

Todo esto que lucía no hace mucho tiempo atrás como una fantasía, ha adquirido una dimensión concreta.

LOS PASOS SIGUIENTES. Como era de esperar, los países desarrollados empezaron, con pereza, a reconocer esta nueva realidad pues son los contribuyentes mayores a los cambios climáticos con efectos adversos.

El tratamiento del tema a nivel global culminó hace años con el protocolo de Kioto, que fijó estándares irrealistas y dejó de lado la opinión de la mayoría de los países en desarrollo, quienes lo percibieron como un freno a sus aspiraciones de crecimiento económico. Más aun, su enfoque fue más idealista que realista ya que hizo propuestas que en su mayoría escapaban a las facultades de los gobiernos. Una cosa que se ha aprendido es que los eventos adversos -como las guerras entre naciones- no se prohíben sino que se desincentivan diluyendo sus causas. Lo contrario es pecar de un romanticismo que aquieta sentimientos de culpa pero que es estéril en sus resultados. Eso fue fuente de excusas para no aplicarlo, siendo la principal la reacción contraria de Estados Unidos al considerar el enfoque como irrealista, hecho de importancia pues con su consumo global de energía es el colaborador principal del efecto invernadero.

Cualesquiera fueran las actitudes, parece que se ha producido un vuelco en los países desarrollados a tratar el tema con enfoques más realistas. Se abre entonces una oportunidad nueva, donde nuestros países deben prepararse y actuar rápidamente de manera coordinada. Revertir el efecto invernadero puede valorarse económicamente dentro de un escenario donde muchos de nuestros países son acreedores respecto a la media mundial al ayudar a la captura de los gases nocivos. Otros, como China e India, buscarán seguir su crecimiento vertiginoso disminuyendo su contribución marginal al efecto invernadero por unidad de producto, pero señalando que tienen el derecho de contaminar hasta los niveles de los países desarrollados. Lo que implicará que en esta situación de suma cero, estos deberán bajar sus emisiones per cápita.

Ese bloque del mundo en desarrollo se enfrentará a la posición de los países desarrollados, donde la protección ambiental y sus medidas correctivas representan un costo adicional significativo. En definitiva, todo se traducirá en relaciones de costo-beneficio que teñirán las posturas políticas de todas las partes, incluyendo a los países en desarrollo.

QUHACER. Dando por sentado que los países desarrollados son los principales responsables del efecto invernadero, hecho asumido por sus ciudadanías, es posible pensar que actúen como puntas de lanza en dos frentes simultáneos.

Primero, aplicando políticas que propendan a la disminución del uso de energía o de tipo menos contaminante. Su utilización para generar electricidad con fines de iluminación y en el transporte automotor son las aristas más relevantes como contribuyentes al recalentamiento global del clima. Tecnológica y económicamente, es factible sustituir masivamente las lámparas incandescentes de tecnología centenaria por las fluorescentes. Esa acción sería un paso efectivo y demostrativo de que comenzó la marcha para revertir ese proceso nocivo. Para la anécdota, Cuba es el único país que se ilumina hoy en un cien por ciento con esta tecnología de vanguardia, dadas las restricciones de su oferta energética.

Otra contribución es la aparición de nuevos combustibles menos contaminantes como el alcohol derivado de la caña de azúcar o de desperdicios con contenido celulósico y el biodiesel que abren otras alternativas que facilitan los cambios en países donde el transporte automotor es una categoría cultural de modificación lenta. Es más fácil introducir combustibles menos contaminantes que cambiar hábitos. Adicionalmente, el impuesto a los combustibles en muchos países -en particular Estados Unidos- debe aumentar para desestimular su consumo y generar recursos para financiar nuevas tecnologías de protección ambiental. El aumento del precio del petróleo de los últimos años, trasladado íntegramente al consumidor, no ha hecho prácticamente mella en sus hábitos de transporte, demostrando que todavía queda mucho camino por recorrer.

Por último, el mundo desarrollado debe facilitar la difusión de las nuevas tecnologías hacia el resto del mundo, tanto sea con el aporte de financiamiento directo para aumentar la eficiencia del uso de la energía como con la reducción del costo de las patentes de las nuevas tecnologías afines, como lo hizo la industria farmacéutica en su momento con drogas para el SIDA.

Estos aspectos y muchos otros conectados al tema son hoy parte del debate que se está laudando con firmeza. Esto abre un campo enorme para la colaboración multilateral, pues la especie del problema requiere de salidas conjuntas.

Hasta el momento, ninguna alternativa luce como definitiva. Pero todo indica que nos encontramos en vísperas de recomenzar este camino que ahora esperamos sea de pragmatismo fecundo. Las fuerzas del mercado han hecho su aporte creando y transando bonos que valúan la captura de óxido de carbono. La investigación tecnológica ha generado nuevas alternativas que disminuyen, aunque no resuelven totalmente, el efecto invernadero. Y los países desarrollados han recreado la flexibilidad y el realismo necesario para dialogar seriamente sobre todos estos aspectos. Y su tratamiento adecuado es cardinal para el futuro de los países en desarrollo, pues los costos de revertir el proceso deben estar en relación al daño ejercido. Y en esto el mundo desarrollado lleva sin duda la delantera. Sería sumamente perjudicial que se le transfiera la mayoría de sus costos a nuestros países.

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