La Reserva Federal y su nuevo presidente, Ben S. Bernanke, han salido airosos de las dificultades del primer año de Bernanke en el cargo.
Al comenzar el 2007, la economía de Estados Unidos está precisamente como el presidente del banco central y la mayoría de sus colegas quieren: creciendo a un ritmo moderado justo lo bastante por debajo del promedio para que la inflación se vaya reduciendo muy gradualmente sin que la actividad real sufra daño innecesario.
De hecho, la inflación puede estar bajando más rápidamente de lo que los responsables de la Fed esperaban.
Al mes de noviembre, el índice de precios del consumo personal básico -medida predilecta de la Fed que excluye los precios de los alimentos y los combustibles- había registrado un aumento del 2,2 por ciento en el año móvil. Esto es tan solo ligeramente por encima de la banda de 1 a 2 por ciento que Bernanke y otros funcionarios del banco central juzgan preferible.
Aun así, las minutas de la junta del Comité Federal del Mercado Abierto del pasado 12 de diciembre, difundidas a fines de año, dicen que "los participantes hicieron hincapié en que había una incertidumbre considerable respecto al probable ritmo y plazo de la moderación de la inflación básica y que seguían aumentando los riesgos en torno a esta deseable senda descendente".
Ese enfoque persistente en la inflación y la trayectoria de la economía tan en consonancia con los pronósticos de la Fed han contribuido a granjearles nuevo prestigio al banco central y su presidente.
Los índices de aprobación de Bernanke tuvieron grandes oscilaciones en la primavera a causa de ciertos tropiezos en materia de comentarios. Esto se ha olvidado en gran medida al mantenerse en buena forma los mercados de acciones y de bonos y disminuir las expectativas respecto a la inflación.
EL RIESGO MAYOR. El riesgo mayor para Bernanke y para la Fed en conjunto fue la decisión de dejar de subir la tasa meta de los préstamos interbancarios de un día después de haber llegado esta a 5,25 por ciento en junio. Ahora bien, conforme pasa el tiempo esa decisión parece cada vez más atinada, y muchos pronosticadores dicen que la política de la Fed está justo donde debe estar: en suspenso.
Es muy probable que la meta vuelva a dejarse en 5,25 por ciento en la próxima junta del comité los días 30 y 31 de enero. A fin de cuentas, ¿para qué hacer un cambio cuando todo parece ir bien?
Según las minutas del 12 de diciembre, el pronóstico de los técnicos de la Fed indicaba que en el segundo semestre del 2006 el crecimiento se había moderado, adoptando "un ritmo inferior a la potencialidad de largo plazo de la economía", en parte a causa de la gran flaqueza en el mercado de la vivienda.
"Se esperaba que el ritmo de crecimiento del PIB efectivo aumentara gradualmente al ir atenuándose el lastre representado por la merma en la construcción de viviendas, y que volviera, hacia fines del 2007, a un ritmo próximo a lo que los técnicos juzgan el crecimiento potencial de la producción", dicen las minutas.
INFLACIÓN BÁSICA. "Se esperaba que la inflación básica disminuyera lentamente en el 2007 y el 2008 en respuesta a una merma de los efectos del encarecimiento de la energía y las importaciones, la moderación del alza de los alquileres, y el surgimiento de una pequeña cantidad de holgura en la economía", añaden las minutas.
El pronóstico de los técnicos es muy semejante al de un número de economistas, incluso el que Mickey D. Levy y Peter E. Kretzmer, de Bank of America Securities, emitieron el 2 de enero.
Levy y Kretzmer esperan que haya un crecimiento ligeramente superior al 2 por ciento en la primera mitad del 2007, seguido por una subida a 3 por ciento en la segunda.
"Esta previsión de un crecimiento inferior al promedio refleja en gran medida las repercusiones demoradas de las alzas de tasas de la Fed y el retiro del estímulo monetario", explicaron Levy y Kretzmer. Añadieron que esa reducción del "estímulo" logrará el propósito de achicar la inflación básica.
PRESTIGIO DE LA FED. "Con unas expectativas bajas en materia de inflación y el descenso del costo de los combustibles y de la inflación, es más probable que haya un aterrizaje suave en vez de una desaceleración pronunciada o siquiera una merma en la producción efectiva", dijeron los dos economistas a sus clientes.
El hecho de que tanto la inflación básica como la inflación en conjunto hayan bajado en los últimos meses ha "acrecentado el mérito del enfoque persistente de la Fed en la inflación básica, y ha contribuido a bajar las expectativas sobre la inflación", añadieron.
Claro está, es posible que el 2007 no resulte tan benigno. La flaqueza del mercado de vivienda, en vez de llegar a su fin, puede extenderse al gasto del consumidor si la menguante riqueza de los propietarios de hogares hace que las familias se pongan más cautelosas. Y después está la posibilidad de que los precios de los combustibles vuelvan a dispararse o que la inflación despegue o que haya algún tipo de crisis financiera en algún sitio.
Por ahora las cosas parecen ir bien y están haciendo que Bernanke y la Fed luzcan bien.
LOS CAMBIOS DE BERNANKE. Aparte de la política monetaria, el nuevo presidente pasó este año de transición tratando sistemáticamente de hacer del banco central una entidad más cohesionada y democrática.
Bernanke alentó una mayor discusión abierta en el consejo rector de la Fed al decidir que en las reuniones él será el último en expresar su parecer sobre la política monetaria en vez del primero, contrario a lo que hacía su predecesor, Alan Greenspan. Los otros miembros del consejo de la Fed y la docena de presidentes del Banco de la Reserva que participan en las juntas dieron al presidente altas calificaciones por este cambio.
El presidente también recorrió el país para reunirse con los consejos de directores de once de los bancos de la Reserva y sus sucursales. Habría ido a la docena entera de no haber sido porque la visita a Atlanta se aplazó a causa de un viaje a China el mes pasado, en que Bernanke formó parte de una numerosa delegación de funcionarios de Estados Unidos.
Además, en muchas de las visitas, Bernanke sostuvo también sesiones de una hora de preguntas y respuestas con el personal de los bancos. Y el presidente también se ocupó de visitar algunos de los centros de procesamiento de cheques de los bancos.
Asimismo, Bernanke se ha reunido numerosas veces con congresistas y con funcionarios del gobierno del presidente George W. Bush, para ir ganándose las simpatías que son tan importantes para una gestión exitosa en Washington.
Sin duda, Bernanke se topará con muchos desafíos en los años venideros. Entre tanto, al disponerse a comenzar su segundo año en el cargo el mes que viene, el nuevo jefe del banco central se ha dado a conocer como un digno y sensato sucesor de Greenspan, en la opinión de sus colegas y de muchos responsables de los mercados financieros.
Cambios que se sentirán
Poco a poco, sin grandes anuncios ni debates, el gobierno de Néstor Kirchner se ha encargado de modificar de raíz la política de servicios públicos. Del esquema de privatización de los noventa se ha pasado a un híbrido donde la regla es la ausencia de reglas fijas.
Hay de todo dentro de esta nueva política nunca enunciada, surgida bajo el paraguas de la ley de emergencia económica que viene siendo prorrogada año tras año desde hace un lustro: desde la reestatización del Correo y de AySA hasta la desregulación total que posibilitó el actual boom de la telefonía móvil. Pero entre un extremo y otro están los subsidios al por mayor para el transporte de pasajeros y los fuertes impuestos extras para grandes usuarios de energía, aprobados por el Congreso bajo el eufemismo de cargos tarifarios, para financiar nuevas obras de infraestructura. A ello hay que sumar la incipiente participación del Estado en áreas como el transporte aerocomercial y los aeropuertos, a cambio de la condonación de deudas. Por eso resulta casi imposible abarcarla con una sola definición.
Para la opinión pública en general, el cambio resulta casi imperceptible. Con el congelamiento de las tarifas residenciales de energía y transporte, que también cumplió cinco años, la sensación es que nada se ha modificado. Después de todo, ése es el efecto buscado por el gobierno, que ve en cada usuario a un votante en potencia.
Sin embargo, los cambios son muchos. Si hubiera que buscar un común denominador para esta contrarreforma, lo concreto es que el péndulo volvió del sector privado al Estado. Pero a un Estado tanto o más discrecional que el de los noventa; con más recursos y menos políticas (buenas o malas) para el largo plazo; más lento en la gestión y mucho menos transparente en su rol regulador, en el uso de fondos y en el manejo de información. Otro rasgo ha sido la vuelta a tarifas políticas, como en los setenta y los ochenta. Con la salvedad de que hay industrias del interior que pagan por la energía precios más altos que en los noventa y usuarios de alto poder adquisitivo que se benefician con subsidios que deberían favorecer sólo a los más pobres.
INVERSIÓN CON FÓRCEPS. En este esquema, la gran víctima ha sido la inversión. Cuando se habla de déficit energético o de deterioro en la infraestructura o la calidad de los servicios privatizados, lo que no se quiere reconocer es que el fuerte crecimiento económico de los últimos años ha consumido el colchón de inversión que había quedado de los demonizados años noventa, sin que surgiera una estrategia definida y coordinada para reemplazarla.
De ahí que el gobierno haga camino al andar, con malabarismos entre la necesidad política de no aumentar tarifas y la de generar recursos y financiación para promover inversiones imprescindibles, pero manteniendo el control de la caja. Aquí, la palabra clave son los fondos fiduciarios, que por ahora están tan lejos de la transparencia como del control de gestión, así como de la posibilidad de conseguir financiación blanda de organismos internacionales.
Bajo este mecanismo se ha encarado la demorada construcción de dos nuevas centrales termoeléctricas de ciclo combinado (mediante la capitalización de abultadas deudas del Estado con las generadoras eléctricas) y la ampliación de los gasoductos troncales, en este caso con aportes de las AFJP e inversores institucionales gestionados por el ministro Julio De Vido. La contrapartida es la silenciosa aplicación de cargos tarifarios sobre grandes usuarios, que en el caso del gas llegan a casi 100% de la tarifa de distribución y superan 500% en el transporte. También se prevé construir de esta forma el Gasoducto Noreste -a cargo de Enarsa e YPFB- si la situación política boliviana permite garantizar el aumento de las importaciones de gas natural al triple del precio que se reconoce a los productores locales.
Con un fideicomiso similar, el gobierno está tratando de convencer a las principales compañías petroleras de que se asocien para construir una nueva refinería en la Patagonia (entre Santa Cruz y Chubut) que compense los faltantes de gasoil en épocas pico, con una inversión del orden de los 2.500 millones de dólares. Tropieza, sin embargo, con el escollo que significan la declinante producción de petróleo con altas retenciones y el congelamiento de los precios de los combustibles, que no permiten planificar una operación rentable a largo plazo.
Una particularidad es que estos fondos no pasan por las empresas sino que son manejados directamente por el Estado. Lo mismo ocurre desde hace un par de años con las tarifas de peaje en los corredores viales concesionados. En cambio, las empresas distribuidoras de gas y de electricidad siguen aguardando que el gobierno ponga en marcha la renegociación tarifaria acordada hace más de un año, mientras aducen que la demora les impide mejorar inversiones para garantizar la calidad del servicio, que es la única obligación contractual que el ente regulador se encarga de fiscalizar, o bien de multar por incumplimiento. Un trabajo de FIEL, próximo a ser difundido, caracteriza estos cambios como el reemplazo de "contratos de concesión" por "contratos de management o administración", al cerrar el espacio para el desarrollo de inversiones privadas de riesgo.
En el transporte de pasajeros (automotor, ferroviario y subterráneo) la palabra clave, en cambio, son los subsidios. Según acaba de reconocer el secretario del área, Ricardo Jaime, las tarifas deberían duplicarse si no estuvieran subsidiadas directamente por el Estado, que, sin embargo, parece desentenderse de su rol regulador. En ferrocarriles suburbanos, la prioridad está en los gastos corrientes (salarios) antes que en inversiones para revertir el deterioro de los servicios. Por eso hace tiempo que no surgen reclamos sindicales. Los grandes proyectos (reequipamiento de las líneas Sarmiento y San Martín) dependen del presupuesto nacional, que se verá afectado si finalmente se construye el anunciado tren bala a Rosario. Los subtes, a su vez, dejaron de difundir la frecuencia de sus servicios, con lo cual ya no puede determinarse qué se entiende por un servicio normal. Y es difícil saber si el subsidio al gasoil para los colectivos prevé recursos para renovar la flota.
Dentro de este complejo panorama, donde proliferan los subsidios cruzados y las tarifas pasaron a ser un dato político antes que una señal económica, lo único claro es que las inversiones nuevas dependerán directamente del Estado e implicarán un sobrecosto para los grandes usuarios. Lo cual no implica necesariamente que sean un mal negocio para las empresas concesionarias, cuyo riesgo disminuye en la medida en que se acercan al gobierno. Por suerte, las inversiones privadas en transporte de carga y puertos siguen ayudando a que las cosechas se exporten fluidamente y aseguren recursos cada vez más abultados para el Tesoro. Si alguna vez los precios internacionales bajan y se resiente la recaudación, sostener esta heterodoxa política podría tener costos impensables.