La pareja en la mira

LIC. VERÓNICA MASSONNIER

En los últimos años se analiza el aumento en el número de divorcios y de personas que viven solas. Muchas veces el énfasis está puesto en el fenómeno del individualismo o la dificultad para asumir compromisos, y aparece la figura del "touch and go": relaciones sin proyección de futuro, vínculos instantáneos que se parecen cada vez más a la "comida chatarra", de consumo rápido y olvido inmediato.

¿Será que la pareja ha perdido vigencia? Por el contrario, los estudios en profundidad muestran que la vida en pareja continúa siendo un anhelo para una gran mayoría. Y en ese contexto, el punto clave parece ser ¿qué pareja y a qué precio? Allí es donde surge la esencia de este siglo XXI: se instala un valor superior al de "vivir en pareja" y es el de la calidad de vida. También en la pareja, lo que podríamos llamar la "calidad" prevalece. Surge el cuidado de las necesidades individuales. Surge la expectativa de ser feliz, y esa felicidad se construye como un derecho, algo que cada persona merece por encima de todo.

El tema de los vínculos adquiere entonces otra dimensión. Estar sin pareja o romper con una existente se relaciona con ese derecho a ser feliz: en vez de una pareja de "baja calidad", el vacío se percibe como un espacio para apuntar a algo mejor. Por otro lado, el individuo se ha hecho cada vez más consciente de la finitud y de la incertidumbre con respecto al futuro. Por lo tanto, piensa muy bien a qué asignar el capital limitado de su tiempo vital, y realiza el máximo esfuerzo por darle a este período su máximo esplendor y disfrute. Si la pareja contribuye a ese esplendor, bienvenida. De otro modo, se vuelve para muchos preferible la alternativa de recorrer un trecho del camino en carácter de "single", un concepto que se instala para incluir a los solteros y los divorciados de una manera práctica y sin discriminar.

Ahora bien ¿es realmente tan difícil lograr el encuentro de dos personas en la sociedad de hoy? Los estudios muestran varias circunstancias que contribuyen a esa dificultad. En primer lugar, los horarios laborales son extensos: al ingresar al mundo del trabajo, para muchos se empieza a restringir el espacio para la vida social. Pero supongamos que surge el encuentro y que aparece la persona: allí comienza el verdadero desafío, aquello que distingue un episodio puntual y pasajero de un proyecto de pareja. No es fácil encontrar las áreas de intersección entre dos seres que tienen muy claros sus hábitos, preferencias y estilos de vida. Tanto el hombre como la mujer analizan si realmente es la persona adecuada como para ocupar el preciado lugar de una casa compartida: cada vez menos dispuestos a resignar la comodidad, el espacio de a dos tiene que nacer de una convicción firme y genuina.

La gran diferencia que se plantea con respecto a las generaciones anteriores es que, al dejar de existir el "imperativo" del matrimonio, comienza la libertad para evaluar si la vida en común amplía los horizontes personales o los restringe, si enriquece o debilita, si contribuye a cumplir los sueños personales o los aplasta. Y si la respuesta es negativa, la salida siempre se considera posible. Lo que ha cambiado no es el anhelo de la pareja feliz, que vive y lucha en el corazón del ser humano. Para algunos, la opción de hoy es más genuina: puede que algunas de esas parejas no sean para siempre, pero mientras permanecen es porque sus integrantes sienten que, en ese lugar, el balance de lo compartido supera el confort de una soledad diseñada a medida.

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