Perchero fijo

IGNACIO ALCURI

Uno siempre está descubriendo cosas nuevas de su hogar. Si alguien lo habitó con anterioridad, quizás encuentre una receta de torta esponjosa entre dos cajones del aparador de la cocina. Si es recién estrenada, un rincón puede transformarse en biblioteca solamente con mirarlo desde otro ángulo.

En mi caso, descubrí que uno de los objetos que decoraba mi dormitorio no era tal. El perchero chic en blanco y negro, con detalles en goma y un pegotín con la palabra "Fitness", resultó ser una extraña máquina para ejercitarse, llamada entre los conocedores "bicicleta fija".

El día en que retiré toda la ropa que tenía encima, recordé también que la había llevado hasta mi domicilio con la intención de hacer girar sus pedales fijos, tomar su manillar fijo y ejercitarme, probablemente mirando un punto fijo.

Tienen que entender que la única forma en que puedo subirme a un biciclo es si el mencionado vehículo no se mueve. En mis años mozos intenté aprender a manejar una de estas máquinas endemoniadas y terminé con heridas en las manos, la cara y las rodillas. Y antes de que digan "eso le pasa a todo el mundo", les advierto que si el mundo se sube a una bicicleta y se arroja por un acantilado, no pienso ir pedaleando detrás.

Así que las bicicletas no fijas (de aquí en más las llamaremos simplemente "bicicletas") no serán jamás un medio de transporte ni de ejercicio para quien escribe, al menos hasta que inventen unas ruedecitas de auxilio de algún material transparente que no me hagan pasar vergüenza.

Lo importante -porque veo que nos estamos yendo por las ramas y eso no es algo que disfrute de modo alguno- es que el hallazgo me recordó aquellos tiempos lejanos en que iba al gimnasio. Justo en el mes de la nostalgia, comprobé que mi primera columna se ocupó de este tema. Desde entonces pasaron años y quedaron kilos.

Todo cambiará (o al menos haré el intento, que es lo importante) gracias a mi ex perchero. Porque podré combinar el ejercicio con uno de mis pasatiempos favoritos: mirar televisión.

Ya arrastré la bicicleta fija hasta una posición privilegiada, justo frente al aparato receptor de televisión, y sólo resta encontrar algún programa que observar durante cuarenta o cincuenta minutos, para distraerme del dolor inenarrable que seguramente brote de mis piernas, acostumbradas al trabajo mínimo de desplazarse desde y hacia las paradas del ómnibus.

No espero que mi anatomía cambie de la noche de hoy a la mañana de dentro de unos meses. Sobre todo porque los músculos de la parte superior de mi cuerpo hacen poco mientras pedaleo, por lo que a lo sumo me transformaría en un Tiranosaurio Rex, o la versión masculina de aquellas chicas que dibuja el gran Robert Crumb. Tampoco espero perder peso. Es algo que haré solamente para recordarle a mi cuerpo que está ahí.

Queda la satisfacción de que el esfuerzo realizado para traer la bicicleta fija desde la casa de mis padres valdrá (¡finalmente!) la pena. Y por fin dejaré de dar excusas tontas cada vez que me pregunten qué hay debajo de todas esas camperas: "¿Eso? Es un perchero de unos estudiantes de diseño, ni te lo muestro porque es horrible".

Claro que hubiera sido mucho peor tener un caminador convertido en perchero: "¿Eso? Es una réplica a tamaño natural del aparato que utilizaba Flash para viajar en el tiempo. Ni te lo muestro porque es demasiado nerd".

Sí, Flash viajaba en el tiempo gracias a un caminador. Y sí, estoy orgulloso de saberlo. Ahora, comienza el pedalear.

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