El duelo que nadie contó

Diego Fischer patea el tablero de la historia y cuestiona la versión sobre el duelo entre el ex presidente colorado José Batlle y Ordoñez y el diputado blanco Washington Beltrán Barbat. En base a expedientes judiciales y luego de dos años de investigación, sostiene que el primero estuvo cuatro días preso luego del reto y que en los juzgados negó conocer al legislador. En definitiva, plantea la hipótesis del asesinato y sus motivos ocultos.

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MAGDALENA HERRERA

Cuando Elena terminó de leer el diario corrió hasta la habitación donde Beltrán aún dormía.

-Washington, despertate, despertate -dijo al tiempo que abría las celosías del dormitorio.

-¿Qué pasa? ¿Qué hora es?

-¿Vos escribiste el artículo titulado "¡Qué toupet"!?

-Sí, ¿y para eso me despertás justo hoy, que quería dormir un rato más?

-Washington, esto te va a costar un duelo.

-Pero no, mi amor, quédate tranquila.

-Washington, esto termina en un duelo -repitió ella muy angustiada y agregó-: Batlle te va a retar a duelo...

-Nalée, no va a pasar nada. En ese artículo le digo a Batlle lo que le vengo diciendo hace meses. ¿Desayunaste?

-No, y tampoco tengo ganas.

-Tranquilízate y pídele a Justa que prepare el desayuno, que mientras me doy un baño. Andá, que hoy podemos desayunar todos juntos.

Sobre el mediodía sonó el teléfono y Washington corrió a atender. Detrás fue Elena, que se le paró al lado.

-Sí, soy yo, comuníqueme -le dijo a la operadora.

-¿Quién es?-preguntó Elena.

-Leonel Aguirre.

-¿Cómo estás Leonel?

Haciendo esfuerzos para que su mujer no fuera a interpretar lo que desde el otro lado de la línea le decían, preguntó:

-¿Quién, el padre o el hijo?

Y enseguida concluyó la conversación.

-De acuerdo, Leonel, voy temprano para el diario.

-¿Qué te dijo? ¿Te mandaron los padrinos?

-No, Nalée, sólo que presentaron otra queja muy dura en el diario.

-¿Quién la presentó?

-César, el hijo mayor de Batlle.

A Elena no la convencieron del todo las respuestas. Conocía cada gesto y expresión de su marido y sabía perfectamente cuando él le ocultaba algo. Se le reflejaba en los ojos. Pero además ella lo presentía.

Después de almorzar y antes de marcharse, Washington seleccionó y transcribió del libro "Jesucristo, su vida, su pasión y su triunfo", de Rafael Berthe, el pasaje que publicaría El País al día siguiente, Viernes Santo. A lo largo de la semana había tomado del texto del escritor francés pasajes que fueron apareciendo en la primera plana de El País, explicando a los lectores el significado de cada día de la Semana Santa. Ese Jueves Santo en que se publicó "¡Qué toupet"!, Beltrán tituló el artículo "Jesús condenado a muerte".

Para el día siguiente eligió un capítulo que denominó "Crucifixión y muerte de Jesús".

El extracto corresponde a páginas del libro Qué tupé, Batlle-Beltrán ¿Duelo o asesinato? (Random House), del periodista y escritor Diego Fischer Requena, que desde mañana estará en las librerías. Unas páginas antes, Fischer narró:

Batlle terminó de leer el diario y lo tiró con furia sobre el escritorio de su casa de Piedras Blancas.

-¿Leyeron este pasquín?

-Sí -contestaron a coro.

-Beltrán es el autor de esta canallada -. Y arrojó el diario con tanta violencia que antes de caer sobre su mesa de trabajo se desarmó en el aire esparciendo varias de sus hojas por todas partes.

-El artículo no está firmado -atinó a decir Ghigliani y añadió: Tal vez lo escribió Leonel Aguirre.

-¡No! Con Aguirre quedó zanjada la situación cuando nos batimos a espada en enero. Es Beltrán, no tengan dudas -gritó Batlle y su voz de trueno retumbó en la enorme casa.

Los interlocutores permanecieron en silencio.

-Quiero que usted, Ghigliani, y usted, Fernández, vayan ya mismo a El País y le transmitan que lo reto a duelo. ¡Ya mismo! Y quiero que el duelo sea mañana. ¡Mañana! Ustedes serán mis padrinos-sentenció.

-Pero don José, usted tiene la mano luxada -comentó Fernández mientras Arena recogía las partes del diario e intentaba rearmarlo.

-Será a pistola. Yo soy el ofendido y a mí me toca elegir las armas. ¿Qué hacen ahí parados? Váyanse ya. Yo me voy a El Día. Allí esperaré noticias.

Hasta ahí, la historia es conocida. Como cuenta el autor en el prólogo de su libro "hace noventa años el Uruguay se estremeció por un hecho que cambió la relación entre colorados y blancos: la muerte del diputado Washington Beltrán Barbat en un duelo a pistola con el entonces ex presidente de la República José Batlle y Ordóñez". Según Fischer, luego de ese fatídico 2 de abril de 1920, "un manto de silencio cubrió durante casi un siglo ese episodio que no solo tuvo un desenlace trágico, sino que marcó un antes y un después en la vida política del Uruguay".

Durante más de dos años de investigación, Diego Fischer recorrió otros libros, de los más diversos autores de distintas divisas políticas, que a lo sumo uno o dos párrafos. Revisó documentación y cartas, y se entrevistó con integrantes de las dos familias. Y cuando ya estaba culminando su trabajo de campo, para comenzar a escribir la novela histórica, se topó, como cuenta en el prólogo con el expediente judicial del caso, caratulado José Batlle y Ordóñez. Duelo. Iniciado el 2 de abril de 1920. "Lo que esa pieza de 54 fojas muestra, al decir de un prestigioso ex magistrado penal uruguayo, es `algo insólito, jamás visto`. Creo que ni las familias Beltrán ni las generaciones jóvenes de la familia Batlle conocen lo que este expediente revela", indica el autor de Qué tupé.

A lo largo de una entrevista en exclusiva, hay algo en lo que Diego Fischer se muestra absolutamente seguro sobre su trabajo y es categórico: "La historia que se contó hasta ahora no era la verdad. ¿Quién puede refutar un expediente judicial? No me atribuyo la verdad, pero con este libro me estoy aproximando a ella".

-Esa verdad que plantea insinúa dos graves hechos que durante un siglo no salieron a luz, que modificarían por completo la historia, y que también resultan acusaciones muy fuertes. Si se imagina el país de principio del siglo pasado, con dos partidos completamente enfrentados, resulta muy difícil pensar que eso no se haya hecho público. ¿A qué se lo atribuye?

-Yo me hice la misma pregunta. Pero si uno investiga los libros de los más diversos historiadores, de distintas orientaciones políticas, le dedican a este episodio no más de un párrafo como mucho. Ni hablar de la biografía autorizada por Batlle, de Efraín González Conzi y Roberto Guidice, en el que se le menciona en uno o dos renglones. O en un estupendo libro, como el de Enrique Rodríguez Fabregat, que sucede lo mismo. ¿Qué pasa? Creo que el país todo, con la muerte de Beltrán, dio vuelta una página. E incluso voy un poco más atrás: creo que la guerra entre blancos y colorados no termina con la muerte de Saravia y el pacto que se firma. Finaliza con la muerte de Beltrán. Hasta entonces, la guerra adquirió otra forma que fue el duelo persona a persona, y el desafío permanente y la ofensa constante entre las figuras políticas relevantes, a través de los artículos de prensa. Hay que leer los diarios de la época para comprobar las cosas terribles que se decían, que hoy no nos podemos imaginar. La guerra civil muta y adquiere otra forma hasta la muerte de Beltrán, que ahí sí marca un antes y un después en el país. No hay que olvidar que por un lado estamos hablando de José Batlle y Ordóñez, dos veces presidente, que el 2 de abril de 1920 tenía 64 años y se bate a duelo a pistola con un legislador talentosísimo -porque todos en esa época coincidían en calificar a Beltrán de esa manera-, que tenía 35 años, tres hijos chicos (el mayor cumplió seis años a la semana de su muerte), y su mujer, Elena, estaba embarazada de siete meses y medio de una niña que nunca conoció a su padre. Ese hombre, que tenía la misma edad que el hijo de Batlle, César, muere. Washington Beltrán representaba muchas cosas para el Partido Nacional, una de las grandes promesas que obstaculizaba los intereses y ambiciones de Batlle y Ordóñez, quién gobernó de manera directa o indirecta no sólo en esas dos presidencias, sino también desde Piedras Blancas.

-El libro está novelado, ¿qué proporciones de realidad y ficción hay?

-El libro es 95% realidad y 5% ficción, que sólo está dada de manera tal de hacer fluir la realidad. Evidentemente no pueden reproducirse textualmente los diálogos, porque uno no estuvo ahí. Pero muchos de ellos me fueron contados por personas allegadas, o están en cartas que el libro también publica. Simplemente es para hacer más ágil y dinámica la lectura. Por ejemplo, están las cartas de Elena Mullin de Beltrán, quien es un personaje importantísimo e impresionante en esta historia. Esa mujer que a los 30 años queda viuda con tres hijos y embarazada recorre un camino de humanidad y de una entrega, que pocas veces he leído o visto. Y del archivo Beltrán obtuve las cartas que se intercambió con su confesor, el padre Pedro Goicochea.

-¿Hasta qué punto su propio corazón nacionalista no incide en esta visión de la historia?

-Soy ante todo un periodista. Estoy cumpliendo 30 años en el ejercicio ininterrumpido de esta profesión. He sido honesto como lo soy siempre, y en este caso en particular. Quien quiera rotular que esta es una visión blanca de la historia está en su derecho. Pero creo que los documentos hablan y se caen por su propio peso.

-Pone en tela de juicio 90 años de historia.

-No sólo la pongo en juicio, sino que estoy diciendo que la historia que se contó hasta ahora no es cierta. Hay otra historia -con documentos que la compruebo- que estuvo sepultada por muchas razones. Obviamente la mayor es política: intereses muy mezquinos. Pero también por qué no conceder el derecho de algunos hombres de aquella época que quisieron apostar de una buena vez a la paz, entre ellos obviamente doña Elena y sus hijos, que quisieron dar vuelta la página. Creo que hubo ahí una necesidad humana, en este caso cristiana. A veces cuando las cosas duelen tanto más vale no revolverlas para que ese dolor por lo menos no imposibilite el vivir. La actitud y postura frente a la vida de Elena Mullin de Beltrán, una mujer que quizás muchos o casi nadie conoce, contribuyó muchísimo más que tantos políticos a la pacificación de este país. Pero muchísimo más. Y me quedo ahí porque sino vamos a contar todo el libro.

-Por lo que dice su libro, conversó muchas horas con los Batlle Franzini pero no se le dio acceso al archivo de Batlle y Ordóñez que ellos custodian. ¿No teme que ahora salgan documentos que rebatan todas sus hipótesis?

-Tuve una conversación muy cordial con los bisnietos de José Batlle y Ordóñez, por cuatro horas. Al término, quedaron en darme acceso a ese archivo para ver determinados documentos. Pero luego nunca respondieron a mis reiterados llamados telefónicos y mails. No pude ver esos documentos pero, por otro lado, sé fehacientemente que Batlle recibió decenas y decenas de telegramas de felicitaciones luego del duelo. Eso ya revela mucho de la verdadera historia. Por otro lado sería fantástico que salieran más documentos. Pero hay cosas que son irrefutables como el expediente judicial que habla de un Batlle que estuvo preso cuatro días, que dijo en frente a la Justicia que no conocía a Washington Beltrán luego del duelo... Y me quedo por ahí.

-Ahora, ¿todos los historiadores se equivocaron? ¿Cuánto hay aquí de su propia interpretación?

-El Partido Colorado estuvo en el poder durante 93 años. Creo que la versión de esta historia en particular fue digitada; no hubo investigación. No quiero atribuir ninguna intencionalidad a los historiadores porque seguramente no la tuvieron, simplemente son cosas que pasaron inadvertidas o desapercibidas. Hubo una historia oficial: todos sabemos que las medias verdades a fuerza de repetición, terminan siendo verdad para mucha gente. No fue este el caso. Con la muerte de Washington Beltrán se destruyó un proyecto de vida de una familia que recién nacía pero también, y esto es mi interpretación, si se lee entrelíneas la carta abierta que realiza Luis Alberto de Herrera -entonces el gran caudillo del Partido Nacional y presidente del directorio- cuando reta a duelo tiempo después a Batlle, hay una clara denuncia sobre la muerte de Beltrán, sin citarlo. Los documentos son lo que uno lee y la interpretación que se les da.

-Entonces quizás sea su interpretación de los hechos.

-Por esa misma razón transcribí todos los documentos en el libro, intercalados. Quizás haya gente que esté de acuerdo, otra que no, y otra que encuentre aún más cosas, que yo no he visto. Pero el libro está absolutamente documentado con informes oficiales. No se trata de servilletas escritas a mano.

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