GABRIELA VAZ
Dije que sí sin pensarlo. Incluso, haciéndome la superada tecnológica, aclaré: "Mirá que yo no soy ninguna hiperconectada. No sé si tendré mucho para contar". Después de todo, ¿cuánto puede cambiarte la rutina estar sin Internet y sin teléfono celular? El desafío -un experimento periodístico que han practicado medios estadounidenses como el Esquire o el Washington Post- implicaba cuatro días de abstinencia, de viernes a lunes incluido, para luego relatar el resultado. Abstrayéndose de los detalles, no parecía gran cosa.
Pero la liviandad con la que tomé el tema desapareció a los dos minutos, con las primeras recomendaciones. "Si tenés información que vas a necesitar en algún mail, pasátelo a Word. Anotá los números que tengas en la agenda del celular y puedas precisar. También los del Outlook, porque no vas a poder abrir la casilla. ¿Cómo vas a hacer el fin de semana, vos que no tenés teléfono de línea? Fijate dónde tenés cabinas públicas cerca. Y avisale a la gente, así no piensan que te moriste".
Tomé por buenos todos los consejos. Anoté, avisé, e intenté prever al menos lo más grueso. En la etapa de contarlo, las reacciones que recibí fueron dispares; desde quienes veían en la desconexión total una señal del Apocalipsis, hasta los que sugerían que estaría en condiciones de alcanzar un nirvana. El resto, la mayoría, lo encontró simplemente divertido o interesante, acompañado de un "pero por suerte no me toca a mí". El jueves -o ya viernes- sobre las 2 de la mañana cerré la laptop y apagué el celular, algo más inquieta de lo esperado.
Día 1. El primer obstáculo, lo sabía, sería laboral. En el diario, la falta de celular no era un gran problema, ya que el "contrato" no me impedía utilizar los teléfonos de línea. Pero, ¿cómo empezar el día de trabajo sin correo electrónico, sin Google, sin sitios internacionales? La radio matutina repetía titulares y daba cuenta de la muerte de José Saramago sin ampliaciones. Quería saber más, pero los diarios del día no habían alcanzado a dar la noticia. Los portales de Internet, plenos de información, detalles y homenajes varios, me estaban vedados. Tendría que esperar a mirar el noticiero de televisión de la noche. Una eternidad.
Prendí la computadora por inercia; no tenía material para escribir. La falta de conectividad había arrastrado consigo toda la utilidad de mi máquina, que yacía inerte. ¿Qué hacer? Tampoco tenía notas agendadas para ese día. Había traído el libro de un autor que debería entrevistar el lunes, pero no pretendía pasar ocho horas absorta en esa lectura. Miré a mi alrededor. Las pantallas que me rodeaban eran una oda a la conexión: Google, YouTube, e-mails, portales de noticias. La mía, me devolvía la foto del escritorio. Empecé a revolverme en la silla. ¿Qué hacer? Encontré una grieta al plan. Entré a revisar los cables de las agencias de noticias, por la red interna del diario, así por lo menos podría armar "pastillas" (notas breves). Técnicamente, no estaba quebrantando ninguna regla. Pero el tecnicismo no me salvó. "¿Qué estás haciendo? No, no, nada de eso. Es igual que revisar Internet", me advirtieron mis compañeros. Entonces me entregué a la lectura, que apenas fue interrumpida el resto de la tarde por alguna colaboración laboral breve y concreta.
Antes de partir, aproveché el teléfono para armar los planes del fin de semana. A la noche, juntada. "Te llamo más tarde y arreglamos bien, porque no sé a qué hora llego", me dijo una amiga a la que todavía no le había contado del experimento. Estoy sin celular, le cuento. "Bueno, conectate al msn, que cuando llego te mando un mensaje". Suspiro y explicación. Voz risueña: "Ah, entonces me tendrás que buscar vos, porque vas a estar inubicable". A la hora pactada, me sorprendí de mi propio acatamiento y responsabilidad laboral saliendo de casa en una noche fría y lluviosa, para comprar una tarjeta de teléfono y buscar una cabina pública. En un radio de tres cuadras alrededor de mi edificio, visualicé al menos tres cuya presencia nunca antes había registrado. Me sonreí al introducir la tarjeta, tratando de recordar cuándo fue la última vez que había necesitado echar mano a un teléfono público. No lo recordaba, pero no menos de cinco años. La sonrisa se me cortó al instante que me atendieron y vi bajar el importe de $ 50 a $ 41, automáticamente. "¿Me llamás de vuelta en un ratito?", me piden. No, cancelo, llueve, hace frío, y resulta que llamar a un celular desde un público es más caro que llamar a Nepal. Noche de viernes cortada.
Día 2. A las 10.30 del sábado tenía que pasar a buscar a mi hermana. Ella tenía un evento laboral a las 11 y yo había quedado en acompañarla. Me desperté 10.30. El primer impulso fue agarrar el celular, avisarle que no me espere, que nos encontrábamos allá, pero sólo me acordé que no podía cuando vi la pantalla en negro. Los tiempos eran ajustados, sin margen. Si yo llegaba tarde, ella llegaba tarde. Si yo no llegaba, ella me recordaría en varios idiomas pero, conociéndola, esperaría hasta último momento, y seguramente también llegaría tarde. Inspiré. La situación me estaba estresando. ¿Cuándo se me había ocurrido que no tener teléfono fijo era una buena idea? O la dejaba plantada o le avisaba de alguna forma. Prendí el celular. Llamé, le expliqué y apagué, sintiéndome culposa, débil e inútil. ¿Sucumbía ante el primer nimio escollo? ¿No era capaz siquiera de resolver algo tan simple sin ese aparatito? ¿La tecnología me otorgaba autonomía o me convertía en una autómata?
A la tarde, fui hasta el diario en busca de mi bicicleta -la otra herramienta que me conecta con el mundo y que gracias a Dios no entra en la categoría de tecnología de última generación- que debido a la lluvia del día anterior había abandonado. Ex profeso, llevé el celular, que después del paréntesis de dos minutos seguía muerto, y lo dejé en un cajón de mi escritorio. Tentaciones lejos, pensé, todavía avergonzada de mi falta de autosuficiencia.
A la noche, cena con amigos. El lugar y la hora eran concretos, así que no debía haber inconvenientes. No los hubo. Mi desconexión sideral fue uno de los tópicos inmediatos de la mesa. "¿Cómo te lleva?" Los puse al tanto. Los tres, también periodistas, todos de medios distintos, coincidían en que trabajar sin Internet es prácticamente imposible. Con el celular, en cambio, las opiniones diferían. "Tu problema es que no tenés teléfono fijo. Pero estar sin celular… debe ser `la felicidad`. Que no te encuentren siempre, que no te pidan cosas a cualquier hora", dijo uno, adoptando una postura zen que poco va con su carácter. "Aparte, a todos nos ha pasado: se te pierde, te lo olvidás, se queda sin batería, y no es el fin del mundo". A mi costado, el otro varón de la mesa le retrucó: "Mirá…yo tengo dos celulares y si uno se queda sin batería, me pongo nervioso". Y la restante asintió. "Cuando estoy sin celular, inevitablemente creo que puede estar pasando una tragedia y no tienen forma de avisarme". Pensé que eso ni siquiera se me había cruzado por la cabeza.
Día 3. Domingo. Plan: Feria de Tristán Narvaja. Encuentro con una amiga a las 12, acordado vía teléfono público el día anterior. "Nos vemos en la explanada de la Universidad. Si llueve, suspendé. Si por alguna razón no podés ir, no te quemes, ya sé que no tenés cómo avisarme". Listo, todos los flancos cubiertos. "A las 12 estoy ahí", aseguró. Llegué puntual y me senté a esperar. Cinco minutos, diez minutos, veinte minutos. Pregunté la hora, ya que al quedarme sin celular también me quedé sin reloj. Confiada, tampoco había llevado tarjeta de teléfono. Pensé que, de haber podido, le habría mandado un mensaje de texto ni bien llegara para saber por dónde andaba, cuando, no hace tantos años, era capaz de esperar a otro media hora sin excesivas ansiedades. El celular reduce los márgenes de tolerancia, concluí haciendo sociología barata. Treinta y cinco minutos. No iba a venir. ¿Se habría dormido? No me preocupé, no pensé en ninguna tragedia, simplemente no había podido y no tenía forma de avisarme. Recorrí la feria y volví a casa dispuesta a no programar más encuentros mientras siguiera el período de veda tecnológica. A la tarde, timbre. En general, si no espero a nadie, no bajo. Esta vez, dadas las circunstancias, me pudo la curiosidad. Era mi madre, una de las pocas personas que conozco que todavía practica la costumbre de "caer" sin asegurarse la bienvenida vía mensaje de texto.
Día 4. Ya era suficiente. Me desperté pensando únicamente en que el día pasara rápido. El fin de semana había quedado atrás, y la noche del domingo había tenido que apelar a mi mejor control mental para ni siquiera encender la laptop. Llegué al diario anunciando que esa misma noche me conectaba a todo. "Esta noche no. Mañana debería ser", me contestaron, claramente divertidos con la situación. "No, ya tengo material para escribir, ya tengo claro lo que es estar sin Internet y sin celular. El resto es torturarme", admití. "Claro, pero la tortura es parte de la nota", se rieron. Volví a prender la computadora por costumbre. Por lo menos, al rato tenía una entrevista, lo que me acortaría la jornada. Quise corroborar la dirección cuando me di cuenta que la había anotado en el Outlook. Y como quien levanta el interruptor de luz para buscar las velas una noche de apagón, mi segundo impulso fue chequear si la habría guardado también en el celular. Culpé nuevamente a la inercia y me alegré de seguir siéndole fiel al papel y el lápiz. La dirección estaba prolijamente anotada en una libreta que uso menos de lo que debería. Finalmente, no era para tanto. "El problema es que tengo la atención fijada en la carencia, y eso me produce una sensación de inseguridad, pero no es para tanto", me autoafirmé. ¿A horas del final del experimento se me había dado por liberarme? No. No sería para tanto, pero yo quería -necesitaba- conectarme. El tema volvió a salir, involuntariamente, en la entrevista, cuando el entrevistado, un escritor, me preguntó si tenía la información que la editorial me había enviado por mail tres días atrás. Tuve que explicarle, mientras pensaba con cuánta gente más estaría quedando mal debido a mis omisiones virtuales.
A la noche, apenas entré en mi casa -y con la anuencia de mi jefa, que entre risas decidió apiadarse de mí- conecté la computadora. Ver la pantalla de inicio de Google fue como ponerme el respirador artificial, valga la figura hiperbólica. Entré a Facebook, revisé mails, escribí y poco más. Prendí el celular, leí los mensajes que me habían caído, nada urgente, y no contesté ni llamé nadie. Pensé cómo, por tantos momentos durante esos días, había sentido que actuaba sólo por un cúmulo de reflejos condicionados. Ahora mis estímulos estaban ahí, dispuestos a ser exprimidos, y yo no precisaba que me estimularan. Pero sí precisaba que estuvieran.