Agresores de puertas adentro

| Se sienten omnipotentes, seductores y tiene un discurso coherente. Su mujer es la única culpable.

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M.H.

Quienes han trabajado en campo con víctimas de violencia doméstica, y han acompañado sus procesos conociendo en cierta medida el perfil de los agresores, coinciden que estos, por lo general, son personas que a vista de todos parecen muy seductores, compradores, agradables, manipuladores, buenos vecinos, trabajadores, cumplidores, de los que nadie podría pensar algo así. En general son los que tienen el poder, económico o proveedor del hogar, ("poco o mucho, no importa" dice Jenny Escobar, presidenta del Colectivo Mujeres de Negro, "el tema es que se sienten omnipotentes y poderosos"). Y Mary Arias, co-coordinadora de la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual, agrega: "son justamente aquellos en que luego que se conocen los hechos, la gente, los vecinos, quedan sorprendidos y salen en televisión diciendo que eran buenas personas, que no entienden qué les sucedió. Pero adentro de la casa, la mujer vivía un infierno".

El eje de la violencia doméstica es el ejercicio de dominación y de poder, indica la abogada Rosana Medina, otra de las co-coordinadora de la Red Uruguaya, quién señala que se ha avanzado y que los uruguayos ya conocen exactamente lo que significa el concepto de violencia doméstica en cuanto a que no sólo se refiere a la física, sino también a la psicológica, la verbal, la patrimonial, entre otras. "Pero aún queda un gran camino por recorrer en relación al origen, al fondo de la misma -señala la socióloga Teresa Herrera-. Se refiere al origen cultural, al modelo de educación que se sigue reproduciendo en la sociedad. "Que en definitiva es la semilla de la violencia doméstica; esa forma de pensar, una actualización de Aristóteles: el hombre es dueño y señor de su esposa, de sus hijos y de sus esclavos".

La directora del departamento de violencia basado en género de Inmujeres, del Mides, Karina Ruiz, señala que aunque el fenómeno amerita una investigación más rigurosa, las mujeres que mueren generalmente decidieron cortar con el vínculo violento e iniciar una nueva vida.

Justamente, desde las organizaciones de la sociedad civil se tiene la percepción que cuando el agresor siente que perdió a esa propiedad (compañera o esposa) es el momento de mayor riesgo para las víctimas, y cuando más deben estar protegidas por el Estado. "A las mujeres que continúan con los agresores, que siguen siendo violentadas o sometidas, no se las mata, así como tampoco el amo mata a sus esclavos", es categórica Jenny Escobar.

Otra de las premisas básicas es que la violencia doméstica no conoce de clases sociales, y se da por igual en todas. De la Red Uruguaya arriesgan que es más agresiva aún en las clases más altas y en aquellas más bajas, o sea en los dos extremos, que es donde el poder masculino se ejerce en mayor medida. "Son las que aguantan las peores humillaciones", dicen.

Con experiencia en el tema, la licenciada en asistencia social, Andrea Tuana indica: "Un tema crítico, dramático, urgente y prioritario es el seguimiento de la persona que pide ayuda, que hace los primeros movimientos para salir de su situación ya sea a través de la denuncia u otros caminos. Porque no todo tiene que derivar en la denuncia. Debemos ver cómo acompañamos a esa mujer para que sostenga un proceso que no le es fácil, que le es ambivalente, que se da entre personas que a su manera se tienen afecto, con el que se es dependiente o muy sumisa. A esa mujer no le basta una respuesta concreta de dar dos o tres pasos para salir, y una protección. Necesita un apoyo terapéutico fuerte, de mucha contención y de largo aliento. Y eso nadie lo paga. Sólo hay remiendos, no avanzamos".

El dato

Círculo de violencia: explosión y calma

Según la Guía de Recursos en violencia doméstica, confeccionada por expertos del Instituto Nacional de Mujeres del Mides, cuando las relaciones se vuelven violentas, en muchos casos el primer episodio puede aparecer como hecho aislado". El ciclo en general comienza con un "aumento de tensión" (aparecen enojos y malhumor por parte del agresor, y discusiones), le sigue la "explosión" (se desencadenan episodios de violencia física, verbal, sexual, ambiental, entre otras, en su forma más aguda; porque en los demás períodos también existe violencia, ya que permanece el desbalance de poder, pero de forma más naturalizada). Luego del episodio agudo llega la "luna de miel", donde el agresor puede negar, pedir perdón, decir que no va a suceder más, y comienza un período de supuesta calma y paz. La persona agredida siente que esta vez él es sincero, que recuperó al hombre amado y al "buen" padre de sus hijos. "Pero a medida que avanza la situación de violencia en el tiempo y en la intensidad, el ciclo se acorta y el período de calma se vuelve casi inexistente".

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