Carrera con la muerte detrás

| Es un nombre de referencia para la medicina forense uruguaya. En 30 años de carrera, Guido Berro ha tratado desde accidentes de tránsito hasta DDHH. | Ya retirado, el experto habla de que le dejaron los casos violentos y el trato continuo con la muerte.

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GABRIELA VAZ

La escena era espeluznante. Un hombre con el vientre abierto y los intestinos asomando yacía sobre un enorme charco de sangre, en un prolijo apartamento de Pocitos. El joven y aún inexperiente médico forense acababa de llegar -acompañado por su superior, el director del Departamento de Medicina Legal, y un juez- y se había encontrado con un grupo de policías que, azorados, teorizaban que aquello no podía ser más que un despiadado homicidio. Pero algunos detalles no cerraban. Nada había sido robado y, más allá de la habitación, la finca estaba en orden, con las ventanas y puertas cerradas, sin rastros de pelea. Revisando el cuerpo, el forense encontró cortes en el pulpejo de los dedos de una mano y una hoja de afeitar. También hallaron una gran cantidad de psicofármacos y medicamentos para el aparato digestivo. Es que la víctima padecía graves alteraciones mentales y él mismo se había cortado el abdomen hasta morir desangrado. "Recuerdo que hicimos todo un análisis con el psiquiatra Dagoberto Puppo, y él me decía que desde el punto de vista del médico legal no había duda de que era suicidio, pero desde lo psicopatológico se podía interpretar como muerte accidental, porque la víctima seguramente quería sacarse algo del abdomen que le estaba haciendo mal", rememora Guido Berro, aquel joven forense de esta historia, la que le tocó vivir en su primer turno como médico legista del Instituto Técnico Forense (ITF) del Poder Judicial.

Pasaron 30 años de casos, escenas del crimen, pericias, autopsias, sensaciones. Berro se convirtió en uno de los nombres más prestigiosos de la medicina forense uruguaya, catedrático del área en la Facultad de Medicina y director del Departamento de Medicina Forense del ITF. En septiembre pasado, se "amparó en los beneficios jubilatorios", al decir de él, con 36 años de funcionario judicial, donde trabajaba incluso antes de recibirse de su especialidad. Aunque entre risas asegura que todavía no encuentra ni el amparo, ni los beneficios ni el júbilo.

Berro cuela el humor en varios tramos de la charla. Pero la risa deja lugar al tono reflexivo unas veces, y didáctico otras. Cita a académicos, autores clásicos de la medicina legal, y también a filósofos. Tienta compararlo con Gil Grissom, el instruido biólogo criminalista que el actor William Petersen encarna en la serie norteamericana CSI. También Berro es "apasionado" (palabra que utiliza con frecuencia) de su labor y se convirtió en forense por la necesidad de encontrar verdades y facilitar justicia.

La vocación es de familia. Su padre, Guido Berro Oribe, fue abogado y fiscal de Corte. También dos de sus hermanos optaron por la abogacía. "Yo tracé el puente entre Medicina y Derecho", explica. A meses de haber dejado su cargo en el ITF, el médico legista más reconocido del país habla de su experiencia y repasa varias aristas de la medicina forense en Uruguay.

VIVOS Y MUERTOS. Aunque el imaginario los identifique únicamente con autopsias, el abanico de tareas de los médicos forenses es mucho más amplio. De estar únicamente atada al Derecho Penal, pasó también a la órbita del Derecho Civil, convirtiéndose en una materia más social. Por ejemplo, también realizan pericias en casos de accidentes de tránsito, en víctimas de violencia doméstica, en juicios por mala praxis médica o cuando hay maltrato infantil. De hecho, numéricamente, se trabaja más con los vivos: en la clínica forense de Montevideo, se realizan cerca de 4.000 pericias anuales (en lesionados) y sólo alrededor de 2.000 autopsias, no todas completas. Algunas son reconocimientos, un examen externo del cuerpo.

-¿Cuesta estar en contacto continuo con la violencia?

-El médico legista es un poco un médico generalista en el sentido de que ve de todo. A través de sus informes el juez va a fallar... en el doble sentido (risas). Si el informe es bueno, el fallo será bueno, y si no, será un "fallo". Ambrosio Paré decía siempre: "No se olviden nunca que los jueces fallan según se les informe". Es una tarea de responsabilidad, apasionante. Yo tuve grandes maestros, como Guillermo Mesa o (Guaymirán) Ríos Bruno. La parte macabra ni la ves. Uno se mete en la investigación, en la búsqueda de la verdad.

-¿Ni siquiera al principio?

-En los comienzos puede haber un rechazo. Pero siempre hay viejos maestros y viejos funcionarios que te ponen a hacer las peores autopsias y si servís, servís. Roberto Alberti, que era un viejo funcionario de la morgue, tenía por costumbre eso: cuando llegaba alguien nuevo lo ponía a trabajar en lo peor, a ver si servía.

-¿En los últimos años vio algo que lo sorprendió?

-Lo que ha tenido un ascenso terrible son los grandes traumatismos en los accidentes de tránsito. La dinámica de los vehículos es otra, los cuerpos son impulsados a grandes velocidades, entonces ves lesiones de una magnitud y una frecuencia que antes no veías. Se cumplen las dos leyes de Newton: un cuerpo quieto va a seguir quieto si no hay otra fuerza que lo empuje, y si está en movimiento va a seguir en movimiento si no actúa una tercera. Y aquí los movimientos son a grandes velocidades, y con gran poder de lesión. Eso sí ha variado. Otra cosa que impacta mucho son los suicidios, que se dan de las formas más increíbles. Tenemos un país donde el índice de suicidios es muy alto. Aunque recuerdo una conversación muy amena que tuve con Enrique Probst, profesor de Psiquiatría ya jubilado. Yo quería hablarle de la tasa tan alta que hay acá, y él me dijo: "¿Sabés de lo que tendríamos que hablar? Por qué la gente no se suicida". Y... me mató (risas). Según muchos filósofos, entre ellos Heidegger, el ser humano vive para morir. Lo curioso entonces es que naciendo para la muerte no nos matemos.

-En casos de violencia doméstica, ¿encontró aumento?

-Nosotros ya en el año 81 empezamos a sacar artículos, dar charlas, exponer sobre el niño maltratado. Fuimos de los primeros, diciendo que era un síndrome de violencia intrafamiliar que incluía a la mujer y al anciano. Hubo un aumento, pero queda la duda: puede ser que la sociedad esté más violenta, pero también que la gente está denunciando más. Había mucho tabú en salir a decir. Cuando el caso Pamela (niña asesinada y abusada en Maldonado) salió al tapete, se sucedieron una gran cantidad de denuncias. A veces pasa eso, están tapados.

-También colaboró en la búsqueda de restos de desaparecidos. ¿Qué le significó?

-Nosotros vamos con un objetivo técnico y científico, pero no somos impermeables a los sentimientos. Fue muy importante, la búsqueda y luego el hallazgo. Ahí hubo una especie de innovación en la tarea forense, al estar presente como auxiliar del juez en la búsqueda, y no que fuera llamado cuando ya hubieran aparecido los restos. Fue interesante participar en la etapa previa de la planificación, dónde se iba a buscar, cómo se iba a hacer. Fue una tarea muy enriquecedora.

A la uruguaya. La medicina forense ha evolucionado mucho desde que Guido Berro obtuvo el título de la especialidad, en 1979. Sobre todo por el desarrollo tecnológico, aunque el avanzado instrumental que se ve en films y series policiales es de ficción para los forenses uruguayos. Las condiciones de trabajo incluyen escasez de recursos para sueldos, mantenimiento edilicio y ni hablar de beneficios por "trabajo insalubre", como suelen poseer forenses alrededor del mundo. "Aquí todavía los casos se resuelven fundamentalmente a esfuerzo individual, empeño y razonamiento. Por lo menos a nivel del ITF no hay tantas herramientas. Sí está más dotada la Policía Técnica. Pero nosotros seguimos con la medicina forense tradicional, donde lo principal es el razonamiento del técnico. El apoyo tecnológico también, pero no es como se ve en CSI, que ha transmitido una imagen que no es la real, ni siquiera en Estados Unidos. Ahí parece que todos los casos se aclaran, gracias a un cabello o una célula. No es cierto que nada queda impune, ni que le puedas dedicar el 100% de tu atención a un solo caso. Acá los forenses en un turno pueden realizar hasta 30 autopsias. Es una semana donde ves de todo, y sin el brutal apoyo tecnológico que se vende en las películas. Pero también tiene su parte positiva, que es la exigencia de la gente, que pida que le des respuestas. Está eso de "¿Cómo? ¿Si en CSI lo hacen, por qué ustedes no lo pueden hacer?" Es un aguijón, que empuja a hacer cosas.

-¿Disponer o no de herramientas puede ser la diferencia entre descubrir la verdad o no?

-En general no, porque hay empeño y esfuerzo de funcionarios, técnicos y médicos en lograr lo mejor de sí, aún si no se tienen los recursos. Pero por supuesto que debe invertirse en elementos materiales. Tuvimos muchas veces ese inconveniente. Ojalá más pronto que tarde se produzcan esos cambios. Por el bien de la sociedad. No nos podemos olvidar de la muerte. Miguel de Unamuno decía: "El olvido de la muerte es la deserción de la vida". No nos podemos olvidar de tratar la muerte, sus causas, su investigación, y en forma digna, adecuada.

-¿La mayor revolución ha sido la huella de ADN?

-Creo que sí. Tampoco es la panacea que todo lo resuelve. Cada caso tiene sus bemoles. De pronto en un atentado sexual podés encontrar ADN y que no sea del abusador. Hay que manejar toda la prueba en conjunto y con un criterio, como muy bien lo hacen nuestros jueces. El ADN ha sido revolucionario, imprimió un cambio muy grande en toda la criminalística.

-¿Llegó a entender mejor la mente criminal?

-Sí, un poco. Eso es más de la criminología, y de la psiquiatría. De alguna forma yo me metí en eso, pero no especializándome. Tampoco soy de los que cree en teorías deterministas, como las que describían al delincuente, su biotipo, incluso con una foseta occipital que lo caracterizaba. Eso no existe. Cualquier persona lleva en su interior -por suerte algunos muy profundamente y nunca va a aflorar- la posibilidad de ser muy violento, de tener reacciones primitivas. Todos tenemos ese potencial.

-¿Es posible el crimen perfecto?

-Ese ya es un asesoramiento que te tendría que cobrar (risas). No existe. Sí puede haber un crimen y quedar impune porque no se investigó suficiente, pero todo se puede saber. El tema es buscarlo, tener los medios.

-¿Ha tenido casos en los que es difícil entender qué pasó?

-Sí, claro. Recuerdo un caso en el Centro de Montevideo. Una chica apareció muerta en la calle, caída desde un piso alto. En el momento que se precipitaba, salía del edificio su novio con la camisa ensangrentada y el pecho arañado. Justo pasaba un patrullero, casualidades, que se encuentra con esa escena y lo detiene como autor de la muerte. Él aseguraba que habían discutido, pero que no la había empujado. Una vecina que había oído los gritos de la discusión atestiguó que oyó cuando él pegó un portazo y bajó el ascensor. Cronómetro en mano, con el juez, calculamos cuánto tardaba en bajar el ascensor, y el tiempo era suficiente para que ella se tirara y llegara al piso antes que él. Encontré en una maceta contra el balcón, una planta pisada. La hipótesis era que se subió allí y se tiró después que se fue el novio, porque además gritaba que si la dejaba se iba a matar. En conclusión, ella se suicidó y él tenía esa sangre de la pelea previa, no era el homicida. Eso lo dilucidamos sin necesidad de elementos tecnológicos, más que el cronómetro, que tampoco era tan necesario.

-¿Qué casos lo impactaron más?

-Con el retiro uno se pone a repasar lo que le tocó vivir, lo que se llevó en aprendizajes, vivencias, amistades. Lo otro que uno se lleva son recuerdos de casos, resueltos, no esclarecidos, impactantes. Muertes muy violentas, sufrimientos humanos muy profundos. Pero esos casos te ayudan a relativizar otro tipo de problemas que los ves en su verdadera dimensión, y no tan grandes. A valorar de otra forma aspectos de la vida.

-Ha desarrollado mucho el poder de deducción.

-Sí. Y el de observación, que lo aplico bastante, soy muy observador. Ahora, nunca podés entender del todo la conducta humana. La mente es inabarcable.

Perfil

Con vocación de justicia

Guido Berro Rovira, de 57 años, se recibió de médico forense (o legista) en 1979. Ya entonces trabajaba como funcionario del Instituto Técnico Forense (ITF) del Poder Judicial, pero tras obtener el título se abocó de lleno a la tarea forense. En 2000, fue designado por concurso director del Departamento de Medicina Forense del ITF. Ese mismo año, obtuvo el grado 5 en la Facultad de Medicina, convirtiéndose en catedrático de su área. Se jubiló en septiembre pasado, pero sigue vinculado a esa labor brindando asesoramiento, y como docente. Además, escribirá un libro sobre la materia.

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