M.I.L
El actor Petru Valensky se ríe constantemente al recordar sus mejores vacaciones de invierno, cuando tenía diez años. "Las madres de mis amigos del barrio, en el Prado, organizaban salidas al cine toda la semana, y una de ella nos llevaba a todos, incluida mi hermana. Imagínate, era todo una preparación de ropa. Además había muchísima expectativa porque después íbamos a comer pizza por ahí. ¡Qué bueno que estaba!"
El comediante vivió con tanta "felicidad" la odisea de ir a ver las películas argentinas de Palito Ortega y Música de Libertad, que confiesa que el domingo previo al comienzo de clases, "la depresión era brutal".
Como tantos otros uruguayos, los famosos también recuerdan con alegría y nostalgia sus vacaciones de julio más especiales. Con familia o amigos, en el país o de viaje, a la mayoría de los niños le gustaría que esos quince días no terminaran nunca.
Para la actriz Cristina Morán sus mejores vacaciones fueron en Tacuarembó, San José y Florida, hace ya más de 20 años, con su hija. "Ella tendría 10, 11 años", rememora Morán, y cuenta que esos viajes al interior eran una de las pocas oportunidades que tenían para compartir varios días juntas, porque la actriz trabajaba mucho. "Visitábamos los tambos, andábamos a caballo, y veíamos los procesos de ordeñe de las vacas, actividades que, si bien son común para los chicos de hoy, antes eran novedosas", cuenta compenetrada Morán. "Ay…¡qué linda época!", acota con nostalgia.
El maestro Federico García Vigil jamás podrá olvidarse el momento en el que se estrenó Filarmónica Cartoon en el Teatro Solís, hace ya once años. Precisamente, fue en vacaciones de julio, y el espectáculo estaba destinado a los más pequeños. La repercusión que tuvo fue tal que también se presentó en Disney (Estados Unidos). De alguna manera, el director de orquesta logró acercar la música clásica a los pequeños, algo inédito. "Fue una experiencia profesional y personal única, gratificante", confiesa Vigil.
Villa General Belgrano. Ese lugar, ubicado en Córdoba, Argentina, es el que el actor y comunicador Maxi de la Cruz recuerda de manera especial cuando se le vienen a la mente las vacaciones de invierno. Él tenía 11 años, cuenta, y se hospedó allí en un complejo de casas "muy prolijas" con su madre y hermano. "Estaba buenísimo porque paseábamos por las sierras y andábamos para todos lados en bicicleta. Además, la naturaleza del lugar era increíble", cuenta De la Cruz, y agrega que, frente al complejo había una suerte de campo bien amplio, al que cruzaba siempre a jugar a la pelota. "¡Fa!, el recuerdo lo tengo intacto", confiesa, y de inmediato reflexiona: "Quizá sea porque fue algo muy lindo que no se repetirá de igual forma".
Las "imborrables" vacaciones de la comunicadora Manuela da Silveira fueron en Barcelona, cuando tenía 10 años. Simpática, la hija del reconocido periodista deportivo cuenta que viajó con sus padres y hermanos para presenciar las Olimpíadas de 1992. "Estuvo buenísimo porque nos quedamos acampando en el fondo de la casa de unos amigos. Era un sueño estar ahí", dice Da Silveira.
Además, la rubia confiesa que se "colaban" a todos los eventos deportivos que había. "Mi padre llevaba una bolsa llena de banderines de Uruguay, y en la entrada de cada espectáculo mostraba su carné de periodista, y les decía a los acreditadores que veníamos de lejos, que miraran las banderas, y que nos dejaran entrar", revela Da Silveira. Ese viaje fue tan importante en su vida, que confiesa que el año pasado retornó a Barcelona, sola, y se le cayeron las lágrimas.
La Princesa Laetitia D`Arenberg pasó unas vacaciones "divinas" en Capri, en el Sur de Italia, a los 18 años, con su padre, madre y hermano. "Son inolvidables por la historia y belleza del sitio. En aquella época, en Capri, había poca gente y aún se podía respirar el aroma de las flores y el mar, algo que hoy no sucede por la polución", dice D`Arenberg.
Sin embargo, la Princesa revela que hoy las vacaciones no significan "nada" para ella. "Son divinas para los niños, pero mis nietos ya no viven en el país", revela D`Arenberg, y adelanta que, este invierno sí serán especiales porque aprovechará para ver El jorobado de Notre Dame y El Quijote de la Mancha, obras de teatro que ella amadrina. Además, el dinero recaudado de las entradas será donado al Cottolengo Don Orione femenino, y al Centro de Padres de Niños con Autismo.
La comunicadora Victoria Rodríguez recuerda vívidamente sus quince días de julio preferidos, en la estancia de sus abuelos maternos, cuando era niña. "Nos juntábamos en Artigas todos los años, mis dos hermanos, padres, tíos y primos". Ya el viaje era toda una odisea, señala, y el campo lo disfrutábamos como locos. "Tengo que agradecer la suerte de haber disfrutado la infancia con toda mi familia", reflexiona.
Filarmónica Cartoon. La presentación de ese espectáculo en el Teatro Solís es el mejor recuerdo de García Vigil.
Aflojar el acelerador
¿Llevarlos al cine?, ¿a comer?, ¿es mejor que vayan con mamá, papá o los abuelos? Muchos padres se preguntan qué actividades son beneficiosas para los más pequeños en las vacaciones de julio; también se cuestionan si es bueno o no que sus hijos tengan tantos días de recreación.
La psiquiatra Natalia Trenchi da algunos consejos, pero antes asegura que los quince días de invierno ya no son lo mismo que antes. "No me gusta en lo que se han convertido para muchas familias, ni que sean una carrera de actividades, salidas y consumo medio indiscriminado", confiesa.
Según la experta en niños y adolescentes, las vacaciones de julio deberían ser un período de descanso de la tarea escolar y de las actividades con horarios rígidos, que se deberían aprovechar para lo que más necesitan los niños de hoy: desacelerarse y descubrir nuevos aspectos del disfrute cotidiano. ¿Cómo hacerlo? Según Trenchi hay que descubrir que es posible desayunar sin apuro con la familia, conversando y disfrutando; que se puede jugar a ese juego de caja que es largo y divertido. "En fin, hay que aprender a hacer cosas que sólo los padres y los abuelos pueden enseñar y que quedan grabadas en el mejor de los lugares... Sin dudas preferiría eso a ver estampidas de adultos agobiados con niños excitados hacia cines, hamburgueserías y demás templos del consumo", reflexiona la psiquiatra.