LIC. VERÓNICA MASSONNIER
Quién quiere ser perfecto? Si hubiéramos hecho esta pregunta hace algunas déca das, la respuesta estaba muy clara: había un "deber ser", una forma de vestirse, un modelo de familia. Las formas eran exigentes y casi únicas, existía una apariencia a respetar. Era la época en que "los varones no lloraban" y en que las reglas eran de oro. ¿Una mujer saldría con un par de zapatos negros y una cartera marrón? Ni pensarlo.
Pero hemos recorrido un largo camino en los cambios generacionales. Y hoy, la premisa más importante y valorada no es ser fiel a una regla o modelo, sino ser fiel a uno mismo. Expresar la individualidad. Mostrar lo que cada uno tiene de único. Ser auténtico.
¿Es que antes la sociedad no era auténtica? Algunos sienten que, efectivamente, hoy el "ser" ha pasado a ser más importante que el "parecer". Desde este punto de vista, lo más valorado sería la capacidad de mostrar "las cosas como son", la esencia, lo genuino. Sin cortapisas. Sin buscar parecerse a ese modelo "perfecto". Más bien, alejándose de él.
Lo que podríamos llamar "la antiperfección" es una tendencia fuerte que recorre diversas sociedades, y que conduce a buscar una expresión más distendida, apegada a lo que se siente en cada momento. Se rige más por la necesidad de la persona y menos por los códigos de la cortesía. Se caracteriza por un fluir de las actitudes y las emociones, que toman su propia dirección.
En ese modelo, los varones pueden llorar, y las mujeres no solamente pueden salir con zapatos negros y cartera marrón... ¡más bien no desean que todo sea del mismo color!
Por el contrario, en este nuevo modelo se disfruta de la diferencia y se incorpora el matiz personal. Un cierto aire de descuido (muchas veces sin duda estudiado) puede ser mucho más interesante que una apariencia apegada a lo preestablecido. Se valora la sorpresa. Se valora la espontaneidad. Se dejan de lado ciertas formalidades, y se crean reglas de convivencia diferentes.
El mundo de los adolescentes es la expresión más clara de este proceso, con la rebeldía de no querer parecerse a nada más que a sí mismos; pero la tendencia va recorriendo los distintos grupos.
Desde el inicio de cualquier relación se muestran ciertas realidades, y con ese punto de partida comienza el vínculo. Estas realidades pueden incluir el aspecto despeinado de la mañana como también las expectativas con respecto al presente y al futuro. ¿Es agradable lo que se ve? ¿Hay acuerdo en las expectativas? Bien, se sigue adelante. ¿No hay acuerdo? Se termina.
Un mundo en el que se acortan procesos dado que cada uno expone lo que siente y necesita, y evalúa si es posible continuar. Es la respuesta a una sociedad que se fue cansando y desgastando en el esfuerzo por mostrar lo que muchas veces sentía como una "careta".
Pero ¿por qué hablamos de una tendencia y no simplemente de aceptar la imperfección? Porque son cosas diferentes. La "antiperfección" es más bien un manifiesto, una actitud de desafío, es una expresión intencional que quiere mostrar "lo desprolijo" y lo genuino. Ante el modelo sofocante de una belleza perfecta, surge entonces el concepto de la "belleza real". Ante los modelos únicos de familia surgen las "familias integradas" (con "los tuyos, los míos y los nuestros"). Ante el matrimonio "para siempre" surge el concepto de las "monogamias sucesivas" de las que se habla actualmente.
Y todo esto tiene, para la sociedad, un carácter liberador y por ello también "sanador": la aceptación de las cosas como son, tan lejos o tan cerca como estén de los modelos ideales. Después de todo ¿quién dijo que eran ideales?