Buscando la llave

IGNACIO ÁLVAREZ

Hacía diez minutos que el borracho daba vueltas alrededor de aquel farol. Buscaba y buscaba, pero no había caso. Hasta que se le acerca un policía y le pregunta: "Hombre, ¿qué está buscando?" El borracho, como puede, contesta: "Buenas noches oficial; es que se me perdieron las llaves". El policía, al ver que el hombre no estaba en condiciones de encontrar nada, le dice: "Hágame el favor de apoyarse en ese muro, que yo le busco las llaves. No vaya a ser cosa que se lastime". Y empezó a buscar debajo del farol. Pero pasaron otros diez minutos y nada. A lo que el agente le dice al borracho: "Señor, ¿usted está seguro de que las llaves se le perdieron acá?" "No -contesta el borracho-, se me perdieron dos cuadras arriba, ¡pero allá está todo oscuro!"

El cuento se lo escuché a Jorge Bucay, a propósito de una pregunta sobre cómo encontrar la felicidad. "El problema es que no la buscamos donde está, sino donde las luces iluminan" -sentenció el argentino-. "Las luces de la televisión, del consumo, del éxito", agregó. Y tiene razón.

Facundo Cabral define a la felicidad no como un sentimiento radiante de alegría, sino como un estado de paz interior, de armonía con uno mismo y con los demás. Y canta: "Dios quiera que el hombre pudiera volver / a ser niño un día para comprender / que está equivocado si piensa encontrar / con una chequera la felicidad".

No es un cliché eso de que el dinero no hace la felicidad. "La única ventaja de los ricos sobre los pobres es que ellos ya saben que es así", decía Bucay. Por supuesto que es imposible ser feliz con el estómago vacío. Sin embargo, muy lejos de ese extremo, solemos vivir estresados detrás de algún peso más, corriendo de un lado al otro, y dejando la vida en cumplir de la mejor forma con nuestras "responsabilidades".

Está muy bien ser responsables, pero nuestra primera responsabilidad es ser felices. ¿Qué gracia tiene romperse el lomo, si uno no tiene el tiempo o la capacidad para disfrutar de la vida? Buscamos, buscamos y buscamos -como el borracho-, pero no entendemos que las llaves de la felicidad suelen estar al lado nuestro; allí donde algún día las perdimos. No donde las luces lo indican; sino donde los focos no son necesarios, porque aún con los ojos cerrados lo intuimos con toda claridad. En dejarse llenar con el cariño de nuestros hijos, en reencontrarnos con nuestras parejas, en el abrazo a un hermano a quien tanto nos cuesta decirle la obviedad de que lo queremos, en llamar a un amigo para hablar de la vida con un buen vino de por medio, o en abrirnos incluso a ese desconocido que normalmente preferimos ignorar.

Es que dar es recibir. Pero a menudo sentimos que somos nosotros quienes necesitamos que los demás nos den, y mendigamos ese amor de las formas más diversas: con violencia, con ironía, con soberbia, con timidez, con caretas, con sometimiento, con egoísmo, con reproches. Sin embargo, esa caricia tan buscada llega justamente cuando dejamos de mirarnos el ombligo, cuando nos descentramos, cuando intentamos romper el espiral quejoso de la demanda y pasamos al círculo virtuoso de la entrega desinteresada.

Muchos sabemos que es así, pero muy pocos lo viven. Si hasta me da algo de vergüenza escribir estas líneas, porque una parte de mí dice que hay que hablar de los temas "serios e importantes": la política, la economía, la inseguridad, las claves para que el país salga adelante. Y ni te digo en año electoral, donde sentimos que nos va la vida en quién sea el futuro Presidente. Pero tampoco es tan así.

No cabe duda de que los gobiernos tienen incidencia en nuestros bolsillos, en nuestros trabajos y en nuestros proyectos. Pero más allá de cualquier partido y de cualquier programa, en nuestra vida va a incidir mucho más lo que nosotros decidamos hacer con ella. Más que el color del gobierno de turno, será nuestro empeño y nuestra capacidad lo que nos hará avanzar o retroceder. Claro que es mucho más fácil (y uruguayo) esperar todo de Papá Estado, y echarle la culpa a los gobiernos de turno, a los políticos, a los demás o a la vida. Pero quizás ésa sea la esencia del subdesarrollo (personal y nacional): el no madurar y hacernos dueños de nuestro destino. El no hacernos cargo. El no animarnos a enfrentar la oscuridad, y buscar la llave de la felicidad.

igalvar71@hotmail.com

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar