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Domingo 19.04.2009, 00:32 hs l Montevideo, Uruguay
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Domingo


Contextos

De números y letras

FACUNDO PONCE DE LEÓN

Curiosamente persiste en Uruguay la idea de que los números suponen mayor esfuerzo que las letras, de que es más difícil la matemática que la historia, de que la opción "científico" es para inteligentes y "humanístico" para el resto de los mortales. Una nota publicada el domingo pasado, a raíz de la repercusión del bachillerato artístico en el sistema educativo, confirma que en nuestro país las llamadas ciencias duras (matemática, física, química, biología) tienen mayor prestigio que las blandas (filosofía, historia, sociología, psicología). Ese prestigio no descansa en la cantidad de alumnos que optan por ellas, ni tampoco en la calidad de los docentes, sino el simple hecho de que los que optan por el nuevo bachillerato artístico tienen que justificar, al igual que antes lo hacían los de humanístico, que sus estudios no son "una pavada" como creen sus compañeros científicos.

Hay una precisa explicación histórica para esta idea y se llama positivismo. No entraremos aquí en detalles, basta recordar que el positivismo surgió en Francia a fines del siglo XIX y postula que el único conocimiento cierto es el que deriva de la ciencia. Todo lo que no se pueda probar y comprobar fehacientemente carece de valor. ¿Se puede probar que Artigas es un prócer del mismo modo que se prueba que el agua a 100 grados entra en estado de ebullición? No. Por lo tanto, estudiar a Artigas es menos importante que estudiar las propiedades del agua. Llevado a la generalidad, es más valioso estudiar ciencia que humanidades, en las primeras se avanza mientras que las segundas son una confusa conversación donde nada puede ser probado.

El positivismo, sobre todo a través del pensamiento de Augusto Comte, tuvo una enorme influencia en el sistema educativo de nuestro país y es uno de los pilares conceptuales sobre los que José Pedro Varela concibió su reforma. El auge del positivismo como teoría comenzó a resquebrajarse cuando el siglo XX demostró que la ciencia no era un camino tan seguro y liberador como se creía en los dos siglos anteriores. La creación de la bomba atómica fue el invento científico que terminó de comprobar que es tan peligrosa la ciencia como la metafísica.

Pero a pesar de estos vaivenes de la historia de las ideas, en el ámbito de la secundaria uruguaya persiste misteriosamente la idea de que vale más el número que la letra. Por supuesto que es una persistencia blanda, y no hay mejor prueba de esa debilidad que la feliz incorporación de un bachillerato artístico. No obstante, insisto en lo curioso del hecho de que un estudiante tenga mentalmente la idea de que la ciencia es más valiosa y requiere más esfuerzo e inteligencia que las letras.

La guerra entre números y letras es absurda. Los científicos más importantes han estado preocupados por cuestiones que escapan a la ciencia y las humanidades han tratado de aprender de los métodos experimentales y plantearon preguntas que parten de descubrimientos de la ciencia.

La cuestión de fondo es la idea de facilidad y dificultad. ¿Por qué se cree es más difícil la matemática que la poesía? Una respuesta posible es esta: para probar un teorema requiero habilidades y conocimientos previos que no necesito para escribir un poema. Esto es cierto. Pero enseguida sobreviene otra pregunta: ¿si es fácil por qué hay tan pocos buenos poetas? Difícil respuesta. Quizás el buen poeta es quien logra expresar que los desvelos del científico son los mismos desvelos del filósofo, que son los mismos desvelos de los estudiantes de bachillerato, que son los mismos desvelos de todos. Y ese desvelo, más que en números y en letras, se muestra en el arte.

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