Vomitar

FACUNDO PONCE DE LEÓN

Primero está la náusea, un cierto malestar marcado por movimientos en la zona del estómago que se tornan incontrolables. Enseguida viene el vómito, el hecho físico de expulsar del cuerpo algo con violencia y descontrol. Esta experiencia biológica se puede extrapolar a una experiencia de lenguaje: hay momentos en que nos salen palabras de la boca casi de manera descontrolada, confusa y violenta. Como si ellas hablaran sin que nosotros las controláramos. Algo de eso me pasó con los siguientes párrafos.

La economía mundial está en crisis. ¿Por qué? Porque colapsó su sistema financiero. ¿Por qué? Por el crack de la burbuja inmobiliaria norteamericana y las hipotecas basuras (subprime). Se prestaba dinero para vivienda a gente que no podía pagarlo. A los especialistas se les ocurrió juntar estas hipotecas en paquetes (llamados MBS) y se empezaron a vender a otros bancos, fondos de inversión, aseguradoras, financieras o grupos de accionistas. Se cruzaron créditos para comprar paquetes y volverlos a vender juntándolos a su vez con otros paquetes. El experimento salió mal. Nadie sabía lo que vendía ni lo que compraba. El dinero comenzó a evaporarse, a desvanecerse en la maraña de conceptos económicos (y siglas) que refieren a invisibles. La gente no paga sus hipotecas y el boom inmobiliario hace boom. Los bancos más importantes de todo el mundo anuncian que se están quedando sin dinero y se instala la desconfianza.

¿Quién está intentado solucionar la crisis? Los gobiernos, los Estados. El gobierno británico anima a los gigantes Lloyds TSB y Halifax Bank of Scotland (HBOS) a que se fusionen y promete darles liquidez. La Reserva Federal de Estados Unidos anunció que le dará a la aseguradora AIG 150.000 millones de dólares para que no se ahogue. El gobierno de España inyectará entre 100.000 y 150.000 millones de euros en los bancos que lo necesiten. Podría seguir. No vale la pena. Resumen: gobiernos de la Unión Europea dan alrededor de un billón de euros; Estados Unidos 700.000 millones de dólares.

Todo esto es irritante al menos en tres aspectos. El primero es que no hay responsables visibles del desastre. Cuando un técnico pierde seis partidos lo cesan de su cargo, si un empleado se porta mal lo echan, si un ministro no cumple su tarea lo destituyen, … en esta enorme crisis nadie asignó responsabilidades y nadie tuvo la hidalguía de irse para su casa. Los dueños de los grandes bancos, los especuladores y reguladores estatales ni siquiera han sentido la necesidad de explicarle a la opinión pública por qué sería imposible hacerse cargo de la situación, (hasta donde sé sólo dimitió un tal Fred Goodwin del RBS británico).

En segundo término, es asombroso que los privados acepten dinero del Estado al que desde hace décadas menosprecian y no han hecho más que verlo como mal necesario y cuna de burocracias, despilfarros e inoperancia. Si no renuncian por responsables, al menos deberían hacerlo por vergüenza, porque los están salvando los gobiernos, los políticos, aquellos que siempre fueron denostados por ellos, quienes declaraban orgullosos que pertenecían al ámbito privado.

Por último, y no menos importante, no parece justo que los gobiernos acudan a sus arcas y generen todo este dinero para dárselo al sistema. ¿Por qué el Estado no usa sus recursos o se endeuda para otras cosas: investigar energías alternativas, saneamiento, salud, educación, inversión? ¿Sería tan grave que dejaran producir el colapso?

En fin… cuando uno termina de vomitar tiene la garganta raspada, los ojos un pocos llorosos y una necesidad de enjuagarse y lavarse la cara. Hecho esto, sobreviene la satisfacción de haberse sacado de adentro algo que nunca debería haber entrado.

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