A partir de una carta de Juana de Ibarbourou que llegó a sus manos hace quince años, Diego Fischer se propuso algún día investigar exhaustivamente la vida de la escritora y poetisa para narrar una biografía novelada. A medida que se internó en la correspondencia de Juana, en documentos, en sus libros, y entrevistando personas que convivieron con ella, Fischer se apasionó con el mito. En Al encuentro de las tres Marías, se enfrentará a "la mujer que conoció la gloria y la miseria humana. La mujer transgresora de las normas de la sociedad en su tiempo... La mujer que sufrió la violencia doméstica y padeció la pesadilla de las drogas. La mujer que supo de lo efímero de la riqueza y de la belleza física...", según escribe el autor en el prólogo. Aquí se adelanta un capítulo del libro que saldrá a la venta mañana, bajo el sello Aguilar, a $ 330.
... Ibarbourou desplegó los planos sobre la mesa del comedor. Entusiasmado por el proyecto que le había entregado el arquitecto, convocó a Juana y detrás de ella, como su sombra, vinieron doña Valentina y Feliciana.
-Así será la nueva casa de la rambla - sentenció y pasó a explicar los planos-: Esta es la planta baja. La sala y el comedor y el escritorio tendrán más de ciento veinte metros cuadrados. Desde cualquier ángulo se verá el mar, comentó y con la parte trasera de una lapicera Parker de capuchón de oro, repasó el dibujo. La cocina será muy grande. Con dos piletas y muchos armarios -continuó y miró de reojo la cara de asombro de Feliciana-. Habrá dos habitaciones de servicio y un baño.
-Mas bein porque eu no podré limpiar sola una casa como isa, tein que tener uma empregada- dijo la negra, cuyo pelo había empezado a encanecerse y mostraba los achaques de la edad, aunque nadie, ni siquiera ella misma, sabía cuántos años realmente tenía.
-Aquí está la planta alta. Tendrá cuatro dormitorios, dos baños. Uno de ellos en suite y con un vestidor.
-En qué- preguntó doña Valentina.
-En suite- repitió Ibarbourou como alargando la palabra.
-¿Y qué es eso?- inquirió su suegra.
-Con el baño adentro de la habitación -respondió simplificando Juana, que parecía ausente, pero que seguía atentamente el relato de su marido.
-El jardín del fondo será de casi seiscientos metros cuadrados y habrá dos garajes. La casa tendrá calefacción central. Los materiales serán de primerísima calidad. Mármoles de Carrara, artefactos ingleses en los baños, carpintería de cedro...
Se hizo un silencio, hasta que Juana pregunto:
-¿Es necesario una casa tan grande y con tanto lujo?
-El dinero está. Son los ahorros de estos años. La semana que viene empiezan a poner los cimientos -dijo en tono marcial Ibarbourou y agregó-: ya vas a ver cuando estés viviendo en ese palacio.
-Yo no necesito un palacio. Necesito paz -y corriendo subió las escaleras a encerrarse en su escritorio.
Una crisis de llanto se apoderó de ella. Dos horas más tarde, doña Valentina subió a llevarle un té. Juana estaba apoltronada en su sillón de cuero, con la mirada perdida y murmurando. A su madre le pareció que rezaba y no la interrumpió.
Ibarbourou únicamente hablaba de la construcción de la casa de la rambla. En el almuerzo, en la cena. Era una suerte de monólogo que iba modificando a medida que la obra avanzaba. Hasta Feliciana, que siempre estaba pendiente de las conversaciones de sus patrones y que intervenía para dar su opinión aunque nadie se la pedía, dejó de escucharlo.
La edificación del caserón era el sueño de él y no de Juana. Ibarbourou tenía entonces sesenta años de edad. Juana, cuarenta y siete. Pese al estado atlético que había exhibido siempre, y aún en parte mantenía, la salud de Ibarbourou empezaba a quebrantarse. Gota, dolores de columna y hasta cierta fatiga al subir las escaleras evidenciaban que aquel hombre alto, corpulento y de buena estampa, que en su carrera militar había llegado solo hasta el grado de mayor del Ejército, envejecía y muy rápido. Juana no se daba cuenta; se la veía cada día más prescindente de casi todo lo que ocurría a su alrededor. Además, hacía muchos años que había dejado de mirar a su marido con otros ojos que no fueran los de la indiferencia, del miedo o del sometimiento.
Ibarbourou compró el terreno sobre la Rambla República del Perú en enero de 1938. Era un predio muy grande, de casi mil metros cuadrados, en el entonces denominado barrio Costa de Mar; frente al Río de la Plata y a unas pocas cuadras de Pocitos. Pagó por él algo más de catorce mil pesos de la época. Invirtió allí los ahorros familiares y el resto lo financió a plazos. Si todo marchaba bien, de acuerdo con lo previsto, en poco más de dos años, hacia fines de 1941, las obras estarían terminadas y se mudarían a la nueva casa.
En pocos años y luego de que Juana saltó a la fama, Ibarbourou había constituido un interesante capital ganancial. Desde un primer momento supo administrar muy bien las regalías que su mujer percibía por sus libros. Además, llevaban una vida austera. Los únicos lujos lo constituían los cosméticos, los perfumes y la ropa que Juana compraba. Por otra parte, a Juana le daba lo mismo tener en su cartera un peso o cien. Desconocía el valor real de las cosas. Y si algún día precisaba plata, recurría a doña Valentina. En una caja de zapatos, escondida entre mantas y en el fondo de su ropero, guardaba una pequeña fortuna. Billetes y monedas acumuladas, durante años de economías caseras. Y lo más importante: jamás preguntaba nada. Aunque en los últimos tiempos notaba que Juana acudía a ella con más frecuencia.
La casa de la avenida Comercio, otra más pequeña a la vuelta, por la calle Mahoma, un automóvil Buick, una casa en Carrasco constituían en 1940, los bienes más importantes de los Ibarbourou. No tenían deudas. Y ahora, con el proyectado palacete de la rambla, el patrimonio familiar aumentaría considerablemente. Era una familia acomodada.
Después de Los loores de Nuestra Señora y Estampas de la Biblia, Juana decidió no publicar otro libro. Escribía y mucho. Los cuadernos con borradores y poemas definitivos se iban acumulando en los cajones del escritorio, y cuando estos se llenaron, a punta tal que se hacía difícil abrirlos, los fue colocando en la biblioteca. Estaba más insegura que en 1919, cuando ansiosa por la ausencia de críticas sobre Las lenguas de diamante manifestaba su preocupación y miedo al fracaso en las cartas que le enviaba a Vicente Salaberry. El revolcón de 1934 había sido muy fuerte. Las consecuencias estaban a la vista para quien las quisiera ver.
Los gritos de desesperación de doña Valentina estallaron en toda la casa: "¡Juana, Juana! ¡Ayúdenme, por favor, Juana está muerta!".
Cuando Ibarbourou y Julio César entraron en el escritorio, Juana estaba tirada inconsciente en el piso y doña Valentina arrodillada junto a ella, tratando de despertarla. La última en entrar a la habitación fue Feliciana. Jadeante se persignó y se puso a rezarle a la Virgen y a sus santos paganos. Era lo único que podía hacer. No le quedaban fuerzas para ayudar de otra manera.
Ibarbourou le tomó la muñeca y le buscó el pulso. Comprobó que, aunque débil, lo tenía.
-Hay que llevarla a un hospital -dijo.
-¿Qué le pasa? - preguntó aterrado Julio César.
-Mirá, allí Julito -dijo sollozando Feliciana y le señaló con el dedo índice de su mano derecha una jeringa y un frasco de vidrio vacío color caramelo, tirados sobre el cartapacio de la mesa de trabajo de Juana.
Feliciana era, hasta entonces, la única que sabía que Juana se inyectaba morfina. Ella misma en varias ocasiones había ido a comprarle el medicamento a la farmacia. "Es un remedio muy fuerte, hay que saber cómo usarlo, si no puede ser muy peligroso", le había dicho Corominas, el boticario...
La otra historia de una mujer
¿Cuánto hay de cierto en la historia que se contó sobre la poetisa Juana de Ibarbourou? Esa pregunta se la hizo el periodista y escritor Diego Fischer, co-autor de los tres tomos de Al Este de la historia (1998, 2000 y 2006), y de la biografía novelada de Antonio Lussich, Que nos abrace el viento (2004).
Según asegura Fischer, en la vida de Juana "nada fue como se contó. O casi nada", y para llegar a tal conclusión narró su biografía novelada de 250 páginas, Al encuentro de las Tres Marías, que además contiene anexos con documentos tales como los testamentos de Juana y de su marido, Lucas Ibarbourou, el convenio de representación entre la poetisa y Dora Isella Russell, numerosas cartas a amigos y médicos, así como la partida de defunción de Juana de América. "Se enamoró más de una vez y vivió un romance prohibido. Una víctima de la violencia doméstica. Una víctima de su hijo, de su entorno", sugiere el autor.