CRISTÓBAL RAMÍREZ | EL PAÍS DE MADRID
La atmósfera de Liverpool tiene algo de inquietante. Como de bestia dormida. Este cielo renegrido hasta el punto de querer rugir; estos ladrillos medio rojos o medio negros de las fábricas ya sin vida, con sus alambres arañando los muros; estas calles sin un alma… Raro, triste. Uno deja este panorama y enfila Upper Duke Street y se encuentra con la nada. Alex, un joven dando bocados a un cigarrillo: "Siempre es así. Es lúgubre". Apaga el cigarro y se pierde en un laberinto de pasillos. Arriba, tras la fachada anodina de Lipa (Liverpool Institute for Performing Arts), la escuela de artes escénicas fundada por Paul McCartney en 1995, le espera el micrófono, su banda, las canciones, los saltos. Los sueños que hacen ruido.
Arranca la batería de Dawn. Alex descubre su garganta bajo un atuendo a la última: "Everyday is so beautiful with the sun sitting so high up in the sky. When she comes around I can hear the sound of my sweet girl walking by" ("Todos los días son tan bonitos, con el sol sentado ahí arriba en el cielo. Cuando ella aparece, puedo oír el sonido de mi dulce chica caminando"). Rock melódico. Es la canción Sweet señorita, uno de los seis temas que ha escrito esta banda. ¿La letra está basada en una historia real? Ríen. A la mente le vienen las lecciones de Edy London, guitarrista del legendario grupo de los ochenta China Crisis. Imparte clases de todo, pero su especialidad es composición. "Hay que pensar en imágenes, pero si nunca has compuesto, no vas a saber hacerlo bien", advierte.
MCCARTNEY ES ORO. En los noventa, el ex Beatle quería hacer algo por Liverpool, que este año es flamante capital cultural europea y que entonces se desvivía por buscar proyectos para salir de la reconversión industrial. Y se fue a su ciudad. Fundó el centro en la escuela donde estudió de pequeño. Arthur Bernstein, un profesor estadounidense con más pinta de sir inglés, dice que sus habitantes empezaron a tenerle menos enojo. "Los Beatles nacieron aquí, pero pronto se volvieron ciudadanos del mundo", recuerda. Ciudadanos libres y ricos. Mientras, Liverpool seguía con su sangría de población y su sopor. Eso hay gente que no se lo perdona.
La escuela es otra cosa, con sus estudiantes que no paran. Ilusionados. A Alex y Dawn se ha unido Hanks, noruego como tantos otros en Lipa. Los chicos ensayan temas con The Commitments de fondo.
"Aquí se aprende, no se enseña", reconoce categórico Mark Featherstone-Witty, el director, bonachón, de pelo cano, que se ríe de sí mismo, de su panza. Con ese humor sin corsés dirige un centro con títulos universitarios de tres años y cursos de uno. Se puede estudiar música y otras disciplinas, como arte dramático, tecnología, diseño, danza, teatro musical y hasta management… Estudios destinados al ocio. "La clave es el programa multidisciplinario", lanza Bernstein. "Se trata de abrir mentes, de conectar con personas", explica Featherstone-Witty desde su pequeño despacho, atestado de libros, revistas y folletos. "Pero el talento es crucial: por cada plaza hay 25 solicitudes". Luego, los educadores se convierten en simples guías. Andan por ahí, observan, corrigen. ¿Y Paul? ¿Qué papel tiene?
Paul es el señor McCartney. Aquí, uno de los mitos de la cultura popular por los siglos de los siglos es Paul. Simplemente. Todos los años visita a los estudiantes del tercer año de música. Ellos tocan, cantan, y él les da consejos. Como a The Wombats, revelación del indie rock el año pasado. "Vayan con cuidado al escribir sobre personas reales", le advirtió a Murph, el cantante. No le hizo caso y las canciones sobre antiguos amoríos las corean jóvenes de todo el globo. Son el orgullo de Lipa. Aunque en su pasional éxito Let`s dance to Joy Division canten eso de "I`m back in Liverpool and everything seems the same" ("Estoy en Liverpool y todo parece igual"). Algo debe pasar con estas nubes. Que también inspiraron a los Beatles.
Las esquinas recuerdan a ellos. Desde el aeropuerto John Lennon hasta los autobuses, con imágenes de esos melenudos rebeldes. La beatlemanía es rentable. "Todo el mundo quiere dedicarse a la música", se sorprende Jannet, alumna noruega y pianista. Lipa actúa como una caja de resonancia: los grupos revientan las costuras de esta urna y la corriente fluye. Cuando se encienden los neones, las pintas vuelan por las barras y las chicas se ponen sus minifaldas, Liverpool suena. Vive. Chicos de pantalones de pitillo y zapatillas molidas, a lo The Strokes, acarrean sus instrumentos desde Lipa. "The time when you and me were beggars" ("La época cuando tú y yo éramos mendigos"), se oye una voz áspera que escapa de un bar en Hardman Street.
El día The Beatles
Como un feriado local, las autoridades de la ciudad de Liverpool dispusieron que, a partir de este año, el 10 de julio sea celebrado como el Día de The Beatles.
La fecha fue elegida porque un 10 de julio de 1964, la revolucionaria banda regresó a Liverpool luego de su entrada a Estados Unidos, donde conquistaron aquel mercado y se consolidaron así como la mejor banda del momento. El 10 de julio, entonces, la ciudad se remozó al estilo Beatle, hubo homenajes por doquier y se recaudaron fondos para el hospital infantil local.
Las calles se vieron invadidas por pelucas alusivas al look de The Beatles. Las autoridades aprobaron un permiso para que todos los habitantes puedan lucir una de estas, incluso en oficinas públicas. Se sumaron guitarras inflables mientras que negocios, como bares y tiendas, fueron decoradas con objetos referenciales a la banda integrada por John Lennon, Paul McCartney, Ringo Starr y George Harrison.
En las radios, sonó música de The Beatles todo el día y los bares de la ciudad se decoraron a su estilo.