G.V.
Un conductor que transita su primera experiencia en tevé, siete parejas donde no hay famosos ni soñadores, un "cuerpo de baile" conformado por cuatro quinceañeras que recién aprenden a bailar, una tribuna llena de familiares y amigos que deben pagar para alentar a los suyos, un jurado inestable y más bien inexperto, un club del Interior que una vez a la semana se transforma en set televisivo y un formato que prácticamente no hace falta explicar; esos son los ingredientes de Bailando por mi barrio, el programa que desde hace un mes emite Canal 11 de Treinta y Tres emulando al show más exitoso del Río de la Plata. Con todas las distancias que puede haber para salvar -que son las imaginables, y más- el combo olimareño "sale a los ponchazos", pero en la tele se ve bien, afirman los involucrados. Tanto, que muchos ya piden una segunda edición. ¿El premio final? Un "set de juegos" para la plaza del barrio que represente la pareja ganadora, proporcionado por la Intendencia del departamento. Pero basta presenciar la grabación de un programa, para entender que eso es lo de menos.
RENCILLAS. Jueves, 20 horas. En el Club Progreso, frente a la plaza principal de Treinta y Tres, un puñado de personas armadas de luces, sillas, una consola y varias telas comienzan a delinear una escenografía que termina quedando mucho mejor de lo que promete. Media hora después, el ingreso de gente se hace más fluido: más técnicos e integrantes del staff del programa, participantes, familiares. No parece haber curiosos. Hay una buena razón: la entrada para el público cuesta 40 pesos.
Alejados de las pruebas de luces, un par de adolescentes enchufan un equipo de audio y suben el volumen de un tango. Son participantes y, mientras sus respectivas parejas no llegan, se disponen a ensayar entre ellos. "Nos presentamos al llamado que hubo en verano. Pedían personas hasta 23 años, no tenían que ser bailarines, sólo se precisaba que quisieran aprender. El primer casting fue el 23 de febrero. Al principio éramos 15 parejas. Después quedamos siete porque las demás no aguantaron los ensayos", cuenta José Luis, de 17 años.
Todos los chicos se presentaron al casting en forma individual, y luego la producción armó las parejas. Ninguno sabía bailar desde antes; aprenden al ritmo de dos ensayos semanales, de dos horas cada uno. "Desde que empezó el liceo tenemos menos tiempo", explica Félix, otro de los participantes.
Mientras los varones llegan ya vestidos -para el tango, todos de traje- y sin mayores producciones, las chicas se maquillan y arreglan entre ellas en el baño del club. Cuando salen, algunas ensayan el dos por cuatro con sus compañeros de baile. Una de las más pequeñas -Camila, de 13 años- se concentra y cuenta los pasos en voz alta: "Uno, dos, tres..."
Cada pareja representa a un barrio de la ciudad de Treinta y Tres. Participan: Yerbal, Leandro Ipuche, La Calera, La Floresta, Artigas, 25 de Agosto y María Isabel. Esta última fue la primera eliminada. "Había más parejas preparadas... pero con tantas idas y venidas, varias se empezaron a desenchufar", dice Omar Morono, el profesor (o coach, como más guste) de tango que junto a su pareja Verónica Araújo, también bailarina, se han puesto un poco la producción al hombro, asegura. Las "idas y venidas" a las que hace referencia son algunos problemas de desorganización que ha tenido la salida del programa, algo que mencionan productores, conductor y participantes. "Es un desastre, están todos peleados", cuenta uno de los chicos a las risas. Y basta estar un rato allí para constatar que, en este Bailando, las rencillas son internas y no entre participantes, pero de un tenor suficiente para dar material a cualquier programa satélite de chimentos, si hubiere un símil olimareño que lo aprovechara.
SE BUSCA JUEZ. Uno de los signos más notorios de esos desfasajes de producción está en la conformación del jurado. No porque sus integrantes no estén calificados para serlo -si bien algunos poco saben de baile-, sino básicamente porque no es capaz de mantenerse estable dos fines de semana seguidos. "Todos los programas el jurado es distinto, porque alguno no pudo venir o pasó algo", cuenta Félix. ¿Pero son profesionales de la danza? "Nooo. ¡Son profesores de liceo! Como la de Geografía, que le pone 10 a todo el mundo", dice otro, siempre divertido.
En realidad, en ocasiones la producción intenta que los miembros del jurado estén relacionados con la música. José Pereira Dasneves es profesor de piano y ese día asistió a la grabación del programa por primera vez para realizar un reemplazo de uno de los integrantes de la mesa, que faltó con aviso. "Soy profesor hace 50 años", comenta. ¿Y ahora está dando clase? "Ah, no. Prácticamente no ejercí la docencia". ¿Alguna vez vio el programa? "No, nunca", se ríe.
Unos minutos antes de iniciar la grabación, hay que realizar otra sustitución, pero esta vez de emergencia; falta otro miembro del jurado. Sin demasiadas opciones, parte de la producción se acerca a los periodistas de El País. "¿Me deletreás bien tu nombre? Te sentás en la punta y te damos el voto incógnito", pide a la cronista una señora, libreta en mano. "Sólo tenés que levantar la paletita y decir: `Creo que bailaron muy bien`, o lo que te parezca". Ante la sugerencia de que intenten buscar una alternativa, y tras insistir, la señora se retira.
Quince minutos después, todo está pronto, juez de repuesto incluido. Las seis parejas participantes corren a un costado de la escenografía, junto a las bailarinas, luego de una minisesión de aliento con el coach Morono. "Recuerden que esto es para divertirse", les dice. El público -unas 50 personas sentadas en sillas de plástico dispuestas frente a la pista- se acomoda, tres cámaras se encienden, el conductor toma el micrófono y se escuchan los acordes de la canción de Hereford Bienvenida al show.
TANGO. "Lo que vas a ver es, en un 80%, lo mismo que hace Tinelli", había advertido gente de la producción poco antes del inicio. Y, al menos a juzgar por el formato, es así. Un espectador asiduo de Bailando por un sueño puede adivinar sin temor a equivocarse qué es lo que va a ir pasando en el envío olimareño.
Sin un "Buenas noches, América", pero con mucha soltura para estar debutando como conductor de tevé, Roy Sánchez graba la presentación del programa que se verá el sábado (día de eliminación), e inmediatamente la del que se emitirá el domingo (día de sentencia). Tras la coreografía de apertura que realizan las bailarinas, recibe a la primera pareja. Les pregunta por la repercusión que han recogido luego de sus primeras apariciones en el programa y da paso al baile.
Suena un tango, uno de los tres ritmos que se bailarán en todo el ciclo junto a salsa y folklore (al principio también estaba previsto incluir flamenco, pero la coach estaba embarazada y no pudo seguir con los ensayos). A partir del cuarto programa entonces, los géneros comenzarán a repetirse. "Hay parejas que son buenas, otras hacen lo que pueden. Como en lo de Tinelli: algunas no pueden ni caminar y las ponen a bailar", dice Morono.
La pareja finaliza su número y es aplaudida por la platea. Pudo sortear los nervios y hasta el desfasaje de las maderas del parquet, que invita a romper un taco. Reciben su puntaje y algunas acotaciones del jurado ("interesante la armonía de movimientos", dice Pereira Dasneves, el profesor que no da clase).
Luego vendrán los sentenciados, la eliminación y una nueva sentencia (ver recuadro). Es que a pesar de las "idas y venidas", todos parecen disfrutar del producto final. En última instancia, comenta uno de los participantes, "lo más importante es aprender y divertirse".
Sentencia, eliminación y lágrimas en el Olimar
En Bailando por mi barrio no hay duelos. Al contrario de lo que acontece en ShowMatch, cada semana quedan sólo dos parejas sentenciadas que van directo al voto telefónico (sí, hay que mandar un sms con la palabra "Bailando" y el número de la pareja nominada al 4774).
El jueves, en el segundo bloque del programa que se grabó para el sábado (gala de eliminación) bailaron el tango las dos parejas que estaban en la cuerda floja y que, por esa razón, habían llevado la mayor cantidad de seguidores. Tras ambas actuaciones, el público aplaudió con medido entusiasmo. Quedaba la tensión de saber quiénes seguirían en el certamen. Sin demasiados prolegómenos, el conductor Roy Sánchez disipa la duda. "Sigue, en Bailando por mi barrio, la parejaaaa treeees, con el 59,25% de los votos". Ovación de familiares. Como ya van por su segunda sentencia y salvataje, Sánchez realiza la pregunta repetida de todo reality: "¿El apoyo del público los hace más fuertes?" Los chicos asienten. Otros van a consolar a la pareja eliminada, donde no faltan los llantos, a pesar de que el conductor anuncia que se les regalará una cena.
Despedida, y diez minutos después, se graba el programa del domingo, en el que, luego de que bailen las tres parejas restantes, se conocerán a los nuevos sentenciados. En el último bloque, se paran frente a las cámaras los diez participantes que quedan. Ídem Tinelli, Sánchez toma los sobres que contienen los "votos incógnito" (así los llaman, en lugar de "votos secretos") y va revelando los puntajes de cada pareja. Sin embargo, aunque a esa altura cada uno pudo hacer sus cuentas, recién después de decir todos los puntajes, el conductor indica, esta vez al mejor estilo Jorge Rial en Gran Hermano: "La pareja uno.... no está sentenciadaaaaa", y así sucesivamente. Una de las chicas no puede evitar las lágrimas, y otra vez algunos compañeros van a consolarla. Sánchez se despide y, ya cerca de la medianoche, el club Progreso comienza a vaciarse. "Lo que tiene el programa es que en el Interior a la gente le gusta verse. A mí me gastan y en la calle me gritan `Marcelo`, pero eso se sabía", dice el conductor. "Con lo poquito que hay, lo importante es que salga bien. Y creo que se ha logrado", finaliza.