FACUNDO PONCE DE LEÓN
Una de las noticias que aparece frecuentemente en la prensa mundial refiere a los problemas en las relaciones entre maestros y alumnos, entre adultos y niños. Se habla mucho de crisis en la enseñanza, de falta de valores, de que los pequeños no respetan a los mayores.
Quisiera proponer una hipótesis de corte filosófico para explicar el hecho general: detrás de esta cuestión está la crisis de la idea de autoridad referida a la educación. El problema de intentar una explicación filosófica supone apelar a los cambios de las ideas a través del tiempo y eso siempre es bastante intangible y complicado de evidenciar. El aire no lo vemos y los átomos tampoco, pero sabemos que están ahí. Algo parecido pasa con los conceptos filosóficos y cuando nos topamos con casos complejos es donde más debemos esforzarnos por saber si la filosofía puede arrojar cierta luz sobre la oscura problemática.
La autoridad es de las palabras que más transformaciones ha tenido en los últimos 400 años. Antiguamente era una palabra positiva, que refería a las cualidades de alguien o algo para guiar una acción u opinión a los demás sin imponerles nada. Luego, la autoridad se transformó en sinónimo de obediencia e imposición. Cuando esto sucedió, uno de los primeros lugares que sufrió las consecuencias fue el ámbito educativo, sobre todo el infantil.
El siglo XX se denominó por pedagogos "el siglo de los niños", se instaló la idea de educación progresiva, que era justamente trascender la autoridad, eliminarla de la relación niño-adulto, había que emancipar a los pequeños. Los experimentos, realizados sobre todo en Estados Unidos, fueron un fracaso rotundo. Los niños no pedían emancipación, los adultos no creían en la autoridad. Crisis.
Ya les he hablado alguna vez de la filósofa Hannah Arendt (1906-1975), alguien que se preocupó particularmente por esta problemática. Su tesis es sencilla: la educación es conservadora por definición, su objeto es introducir a los niños (que son lo nuevo) en el mundo (que siempre es viejo para ellos) que ya existía cuando llegaron.
Sólo desde esta matriz la educación puede ser proactiva o, para seguir con terminología política, revolucionaria. La única manera de formar a un niño para que cambie el mundo es contarle ese mundo y eso es una tarea básica de conservación de esa realidad en la que el niño, por suerte, llega como una novedad y apareja la esperanza de que se pueda cambiar. Es por ello que el problema no está en los niños sino en la crisis de autoridad que ha hecho que los adultos no tengan ni la menor idea qué contarles ni cómo hacerlo. Rehúyen de la autoridad porque ésta es, lisa y llanamente, hacerse cargo del niño y del mundo, de lo nuevo y de lo viejo. Y nadie quiere hacerse cargo de esta realidad. O muy pocos. De ahí las cifras de depresión y crisis de maestros y padres. Es como que el niño llega a un mundo donde los adultos le dicen que no tienen nada que ver con los problemas que hay y que bueno, que tampoco tienen muchas certezas de cómo hacer las cosas, y que bueno, hay que ver qué pasa y bueno, y ta, es lo que hay, vistes! Esa es la matriz de la crisis. Y es de los adultos, ni de los niños ni de los adolescentes. Estamos ante un problema generacional, espiritual, occidental. No es cuestión de señalar con un dedo responsables, sino de darse cuenta que muchas veces para cambiar una realidad tenemos que cambiar las ideas con las que pensamos. Y la primera idea que hay que cambiar es que en este mundo no tenemos nada que hacer y que todo el que me ordene algo coarta mi libertad. Los niños esperan justamente de nosotros que seamos autoridad y ella descansa en que sabemos cómo son las cosas y cómo se cambian. El problema es contarles un mundo desencantado, sin misterio. Ellos se dan cuenta de que nosotros ya no creemos y ahí empieza el problema. Ahí se termina la magia.