ADELA DUBRA
Hillary Clinton no es la única mujer que está devanándose los sesos buscando cómo pararse firme en un mundo de hombres sin perder la femineidad. Ha tenido que soportar una campaña cargada de agresiones machistas, y no tiene más ganas -como tantas mujeres- de seguir disimulando. Sí, se ha puesto más dura. También, es cierto, se equivocó: se esforzó tanto por parecer competente para el puesto, que dejó de lado su humor y, como dice ahora, no se conectó con ella misma.
Son tiempos difíciles para las norteamericanas. La posibilidad de que una mujer acceda por primera vez a la Presidencia está rodeada de complicaciones y ha hecho que ellas tengan que pensar su voto como nunca antes. El tironeo se aloja en algún lugar debajo del corazón, entre el estómago y los ovarios.
La campaña ha sido una caja de sorpresas y la más grande es que Estados Unidos es mucho más machista de lo que estaba dispuesto a aceptar. Hillary ha sido objeto de burlas y acciones machistas, lo que ha complicado las cosas: un gran porcentaje de mujeres que no tenía en mente votarla, ahora está repensándolo. "Yo creía que estaba en una etapa posfeminista y tenía intención de votar a Obama. Ahora, después de lo que vi, siento que tengo que elegir teniendo en cuenta mi género", escribió una norteamericana que pasó los 50.
Las mujeres jóvenes han sido las más sorprendidas de ellas mismas: Hillary no es simpática, es poco vanguardista, votarla es sentarse del mismo lado que esa tía que en la sobremesa tira comentarios feministas que suenan algo demodé. Hasta que una noche de enero vieron cómo en un acto dos hombres sacaron carteles que decían: "¡Andá a planchar mis camisas!", gritando lo mismo y obligando a Hillary a interrumpir su discurso. Ah, no, dice cualquier mujer. Esto sí que no. Al final, la tía tenía más razón de la que creíamos.
La prensa norteamericana y los blogs han escrito mucho sobre la candidata y lo que enfrentó. El análisis es interesante y como probablemente pierda la interna Demócrata, debería servir para el futuro. Algunas voceras feministas harán una autocrítica, porque su aseveración de que no votarla es un acto de machismo, ahuyentó a muchas jóvenes. Hillary misma a veces no ayuda: "No hace parecer el hecho de ser mujer una cosa divertida. Y su discurso tipo `siempre fui una víctima` es aburridor", dijo alguien.
Y como para complicar más las cosas, ella no es cualquier mujer. Llega enredada de su marido, es la ex primera dama que soportó el Monica-gate y su carrera como senadora no ha sido brillante.
Como sea, el tema del género está sobre la mesa. Que la ropa que Hillary usa sea comentada en la prensa mientras que a ningún candidato hombre se le analiza el vestuario. Que la risa de Hillary sea objeto de análisis. Que la manden a planchar. Toda mujer con cierta conciencia de género siente algún grado de solidaridad con eso.
Un mes atrás apareció el libro Treinta maneras de mirar a Hillary: reflexiones por mujeres escritoras y allí Jane Kramer admitió: "Sigo sometiendo a Hillary Rodham Clinton a un tipo de escrutinio que nunca pensaría en aplicar en los hombres. Cuando analizo a un hombre que está tirándose a presidente, me pregunto si su política es la mía, o si es lo suficientemente cercana como para ser atractiva. Mi interés en Barack Obama es: ¿podés hacer el trabajo?, ¿sos lo suficientemente corajudo?, ¿tenés la suficiente visión? Mi pregunta para Hillary es: ¿por qué querés el puesto?, ¿en qué clase de mujer te convierte? Seamos honestos: la gran mayoría de nosotros siente cierto grado de desconfianza ante una mujer que busca el poder y no oculta su ambición".
Esa curiosa relación de cercanía y lejanía -por momentos rechaza, por momentos acerca- es la que experimentan gran parte de las norteamericanas.
Algunas de la línea dura no le perdonan haber seguido casada después de lo de Lewinsky. Otras subrayan que Hillary no es sólo ella, porque Bill siempre está en la ecuación. Que su trayectoria política está envuelta en su matrimonio y éste en una serie de tratos y compromisos poco alentadores. Que llegó siendo "la mujer de". Por eso, si pierde, no es una derrota de "la mujer".
Algunos analistas han señalado que la ironía es que Hillary perdió la carrera por no estar conectada con su lado femenino. Se esforzó tanto en parecer one more of the boys (una más de los muchachos) que descuidó su fuerte: la capacidad de conversar, buscar el entendimiento y relacionarse con los demás. Obama, a distancia con el estilo cowboy de Bush, sí lo ha hecho, sin miedo a mostrarse "femenino" y allí, y en otras aristas de su aparente carisma, parece estar ganando la batalla, que en su caso también es contra el racismo.
Ella quedó a mitad de todo, porque tampoco eligió el camino de hacerse una identidad propia, separada de Bill. Por más que se compare con Rocky en su tenacidad, todo indica que Hillary perderá. Allanó el camino para las que vendrán mañana. Quizá cuando todo termine, tome un libro de la escritora y crítica Dorothy Parker y se detenga en la frase: "Cualquier mujer que aspire a comportarse como un hombre, seguro que carece de ambición".
El marido arruinó la campaña
El periodista estrella de Time, Joe Klein, aseguró semanas atrás que Bill perjudicó severamente la campaña de su esposa en un artículo titulado The Spoiler ("El que lo estropeó todo"). En determinado momento, él redefinió la campaña y la convirtió en una co-candidatura. Para ganarle a Obama, recurrió a las viejas tácticas y pegó de maneras que no cayeron bien. La irrupción de Bill opacó a Hillary y la hizo aparecer como débil e incapaz de defenderse por sí sola. Time sostuvo que algunos de los asesores de ella han llegado en ocasiones a no saludar a Bill, como para dejar en claro quién manda allí. "Él le hizo tanto daño. Nunca lo van a poder ver, porque no pueden", dijo una allegada, que afirma que Bill carece de autocrítica.
Hacia mediados de marzo, Hillary lo apartó. En Ohio apareció sola y se mostró más relajada, riéndose de ella misma, hasta emocionándose, lo que le trajo su rédito. Fue un hábil golpe de timón, pero tarde. También alejó a su jefe de campaña, Mark Penn, humanizó su estrategia, su hija Chelsea entró en escena y se hicieron avisos publicitarios mostrando a Hillary a los 4 años. "Necesitamos más ternura, ¡más ternura! ¿no habrá fotos de ella abrazando un gatito?", habrá gritado algún experto en marketing.
Muchas mujeres han escrito en cartas de los lectores que la postura de Hillary resaltando demasiado su género es degradante para todo el resto de las mujeres. En esa línea, la prestigiosa columnista de The New York Times, Maureen Dowd, estuvo lúcida: la idea de "los hombres-son-unos-cerdos-nosotros-somos-hermanas-debemos-pelear-juntas" es una actitud anticuada.