PSIC. VERÓNICA MASSONNIER
Todas las sociedades a lo largo de la historia han sido sensibles a aquellas señales, materiales o no, que diferencian a una persona exitosa de todas las demás, que marcan su posición dentro del grupo. Es el plumaje de las aves, son las pinturas o las joyas con las que los jefes tribales decoran su cuerpo: llevar esos colores significa "haber llegado" a un lugar diferencial.
Ahora bien ¿cuáles son esos signos y símbolos en el Uruguay de hoy? ¿Cuáles son los "plumajes" con los que nos vestimos y que despiertan la admiración de los demás?
Aquí aparecen dos tendencias interesantes, que transcurren en paralelo: por un lado la valoración extrema del objeto "nuevo", y por otro lado la necesidad de trascender lo material para mostrar "lo vivido".
La primera tendencia tiene que ver con objetos que son cada vez más efímeros y necesitan ser recambiados permanentemente, en una constante búsqueda de "lo último". Es como si, de algún modo, no fuera suficiente con el poder adquisitivo que nos permite acceder a algo costoso, sino que es necesario tener la capacidad de olvidar al poco tiempo esa posesión para pasar a la siguiente.
El "objeto de deseo" cambia continuamente, y en el mismo momento que lo compramos ya sabemos que pronto va a perder poder simbólico, para ser reemplazado por un modelo más nuevo. Las generaciones jóvenes, los niños y adolescentes, representan fuertemente esta dirección: menos apego, mayor velocidad de reemplazo.
Pero en simultáneo, cada vez observamos con mayor intensidad el crecimiento en la valoración de "lo vivido" por oposición a la mera acumulación de bienes tangibles: las experiencias, su intensidad y su diversidad, representan los ideales de un mundo en el que los objetos materiales se han ido expandiendo, banalizando, saturando al individuo.
El éxito material sigue siendo un referente imprescindible, pero lo que se va incorporando cada vez con más fuerza es la idea de que esto no muestra su verdadero valor si no se ha "disfrutado".
Así, el modelo de éxito asociado con la solidez económica (representado en la austeridad de la generación inmigrante de la primera mitad del siglo XX) ha dejado paso a otros símbolos.
Atrás queda la imagen del individuo que logró esas posesiones pero que no pudo darse tiempo y espacio para viajar, ser parte de diferentes culturas y situaciones o construir una vida de relaciones rica y satisfactoria: hoy probablemente sería considerado alguien que "no supo vivir".
En cambio, lo que nos enriquece es haber conocido lugares distantes y diferentes, probado sensaciones y sabores, "estar al tanto", "saber de qué se habla". ¿Continuamos sintiendo que "más es mejor"?
Sin duda, pero la acumulación de objetos materiales se superpone a la acumulación de experiencias: lo que un individuo tiene que "mostrar" es lo que ha vivido, los lugares en los que estuvo, los restoranes que visitó, las marcas que conoce, los deportes que probó, el exotismo de esas experiencias.
Por otro lado, también se habla de cambios en el concepto de la ostentación: lo que se busca o se valora ya no sería tanto el ornamento o lo visible sino que el "nuevo lujo" tiene que ver con algo más sutil y menos estridente.
Algunos incluso apuntan a que ese nuevo lujo se identifica con tener tiempo libre, desarrollar la espiritualidad, cultivar el refinamiento: la valoración de lo intangible frente a lo tangible, de un "saber" que no se obtiene solamente a través del dinero.