La cordura del arte

FACUNDO PONCE DE LEÓN

La obviedad de que necesitamos pisar la tierra para poder vivir, es decir, que nadie puede volar ni flotar por sí mismo, nos hace olvidar que son infinitas las formas de caminar, de apoyarnos sobre el suelo. Me animo a decir que nunca se ha hecho una distinción de comunidades y personas por este patrón: cuán fuerte o suave apoyan los pies para andar.

No es menor que los desfiles militares supongan siempre un paso fuerte que pega contra el suelo: nada más terrenal que los majestuosos desfiles de los poderosos ejércitos, golpeando una y otra vez con botas robustas y pesadas la Tierra que nos alberga desde tiempos inmemoriales.

Si hubiese que elegir una época de paso firme y fuerte, fue el siglo XX y las dos guerras mundiales.

Precisamente a partir de 1941, cuando el ejército Nazi invadía Leningrado, transcurre la obra de teatro El guía del Hermitage escrita por Herbert Morote y estrenada en Madrid por Pentacion Producciones bajo la dirección de Jorge Eines. Luego de diez años, Federico Luppi volvió a las tablas encarnando a Pavel Filipovich, el guía del famoso museo soviético Hermitage que sirvió de guarida durante los días de guerra. Todas las obras valiosas del museo fueron evacuadas en tren ante la posibilidad de un ataque y el museo cerró las puertas al público.

Basada en hechos reales y en el libro La aguja dorada de Montserrat Roig, la obra transcurre dentro del inmenso museo en el que el cuidador Igor (Manuel Callau) y el guía Pavel Filipovich (Luppi) pasan los días y las gélidas noches a la espera de noticias del mundo exterior, que venían cada vez que Sonia (Ana Labordeta) venía con comida y contaba lo que pasaba y resolvía la cúpula del gobierno de Stalin de la que ella formaba parte.

Las tres actuaciones transmiten el frío, la desesperación y las ganas de salir un poco de esa cruda realidad. El museo está vacío pero Pavel sigue viendo los cuadros. Es más, no sólo los sigue viendo sino que sigue haciendo guías, pasea a gente imaginaria (que supo ser real) por los distintos salones y les cuenta la historia de los pintores y sus pinturas. Igor su gran amigo, dice que Pavel perdió la cordura. Sonia, que es además la esposa, cree que su marido está enloqueciendo. No obstante, le pide que les haga un pequeño paseo por el museo.

Poco a poco los tres empiezan a ver los cuadros que no están. Si bien uno puede pensar que se están enloqueciendo, la verdad es que Pavel los está guiando hacia la cordura al darse cuenta que la única forma de soportar la guerra, el frío, y la muerte inminente, es levantar un poco los pies, salirse un poco de la realidad.

En medio de los cañones y el ejército que avanza, el único lugar donde estar a salvo es en la imaginación.

El límite entre ser loco y cuerdo es que el primero despega los pies del suelo o los hunde completamente y el segundo sabe mantener esa leve distancia, ese dejarse llevar un poco sin irse ni hacia un lado ni hacia el otro.

A mitad de la obra todos los espectadores vamos de la mano de Luppi que nos enseña los entretelones de una pintura de Velázquez, Monet, Rembrandt o "el ángel de los cabellos dorados" de un pintor anónimo del siglo XII.

Todos estamos un poco más livianos, viendo lo que los ojos ya no alcanzan a ver.

Esa es la gran cordura del arte. Ante tanta gente loca que no hace otra cosa que estar siempre metida en la realidad y fiarse sólo en lo que dicen los sentidos creyéndose los más cuerdos, y ante esos pocos locos que se han ido completamente de este mundo; el arte nos mantiene en ese espacio intermedio que nos enseña que nunca es buena cosa pisar con demasiada fuerza el suelo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar