GABRIELA VAZ
La mujer no se resignaba. Fue una, dos, tres, cuatro veces hasta el Registro Civil en busca de un juez que la casara con su pareja. Pero cada vez que la oficial Delia Ferrario partía de la oficina de Sarandí, con los libros a cuestas, para llegar al CTI de la Médica Uruguaya, se encontraba con el mismo panorama. "Nos decía que ahora sí, que movió un dedo, que parpadeó, pero no: el hombre era un vegetal. Ella no quería convencerse, se quería casar de todas formas. Pero sin el consentimiento del otro, es imposible".
Ferrario cuenta la anécdota entre un torrente de otras tantas que le han tocado vivir desde que trabaja como oficial de Estado Civil y debe celebrar, unas cinco o seis veces por año, matrimonios in extremis, modalidad prevista en el Código Civil para cuando una persona moribunda desea casarse.
Puede parecer más propio de una dramática escena de película o telenovela que de la vida real. Pero como dicen, ésta supera la ficción: se estima que sólo en Montevideo, se realizan unos 50 matrimonios de este tipo cada año.
Los motivos no varían demasiado. En general, el objetivo es lograr un beneficio económico, como una pensión o la herencia de una propiedad. Aún así, pocas veces suele ser un acto totalmente exento de romanticismo. Y las circunstancias que rodean cada historia llevan a las situaciones más insólitas.
A CONCIENCIA. Dado que, después de todo, el matrimonio civil no es más que un contrato legal, existe una condición sine qua non, a cumplir sí o sí: ambos contrayentes deben estar "en pleno uso de sus facultades mentales". En el caso de los matrimonios in extremis, lo mejor es que esto sea asegurado por un médico en el mismo documento en el que certifica que uno de los integrantes de la pareja corre "peligro de muerte".
La ley no aclara que debe tratarse de un peligro inminente, pero eso se entiende. No es válido que uno de los novios padezca una enfermedad terminal, pero con una expectativa de vida de meses. Por eso, cuenta Ferrario, muchos médicos se niegan a expedir el certificado -requisito fundamental para realizar el pedido de un in extremis en el Registro Civil-, argumentando que no pueden asegurar que el paciente va a morir en los próximos diez días. "Porque si viviera más, tendría tiempo para hacer el trámite común", indica la oficial.
Pero si se cuenta con la documentación médica y se realiza la solicitud en la oficina de la calle Sarandí, o a un teléfono celular que hay disponible sólo para estos casos, el casamiento se celebra en el mismo día y en forma gratuita. Se hace al revés de lo tradicional: primero la ceremonia y luego los trámites y la aprobación del Juzgado de Familia, que puede salir póstuma.
Además, los novios tienen que presentar cuatro testigos que acrediten su identidad. Cuánto hace que se conocen, o por qué se casan, es un tema de la pareja y el oficial de Estado Civil no tiene ningún derecho ni obligación de indagar sobre eso. "Muchas veces tienen años juntos, hijos, pero nunca se casaron y antes de que uno muera necesitan arreglar cuestiones económicas. Casi siempre es por eso", sostiene Ferrario.
Sí deben constatar la voluntad de ambos contrayentes, por eso la lucidez mental del paciente moribundo es fundamental. Incluso, más allá del dictamen médico, la decisión última de celebrar el casamiento o no queda a criterio de quien oficiará de juez. "Basta con que a mí me parezca que la persona no está bien para no casarlos, me retiro y ya está. Pero prefiero que lo diga un profesional", dice Ferrario.
Hace un tiempo, los hijos de un paciente que había pedido el trámite in extremis se presentaron en el Registro Civil para expresar su oposición, alegando que su padre no estaba en condiciones psíquicas como para dar su consentimiento. "Llamé al psiquiatra de turno del hospital, lo revisó y les dio la razón. Entonces me retiré, porque para mí fue suficiente", recuerda la oficial.
En otra ocasión, un casamiento in extremis se celebró en el hospital Pasteur. La jueza de turno no tuvo ninguna duda esa vez: al novio (la mayoría de las veces el paciente es el hombre) se lo veía tan convencido como contento. Sin embargo, semanas después, el enfermo mejoró, salió de su estado grave y se presentó en el Registro Civil. Ante la sorpresa de todos, pidió la anulación de su matrimonio porque "en realidad no quería casarse". ¿Qué pasó? "Salió aprobado. No se podía anular, si se hizo con todas las de la ley. Es como que alguien que se casa acá en la oficina venga la semana que viene a decir que se arrepintió. Si no hay un impedimento, como un matrimonio anterior no disuelto, nada evita que salga aprobado".
SANADOR. Que el paciente con peligro de muerte sortee esa etapa de gravedad y logre recuperarse no es para nada común, pero ha sucedido más de una vez. Delia Ferrario recuerda algunas.
En 1996 casó a una pareja muy joven en el Hospital Militar. Él tenía un tumor en la cabeza. Varios años después, la esposa apareció en el Registro Civil para contar el inimaginable epílogo de su historia: el muchacho fue operado, se mejoró contra todo pronóstico y hasta tuvieron hijos. "A veces, solucionar ese tema pendiente que tienen los motiva a superar la enfermedad, los ayuda a mejorarse. Cuando se trata de algo irreversible es difícil, pero ha pasado. Algunos logran pasar esa etapa terminal un tiempo, o directamente se curan", dice Ferrario.
En octubre de 2005, un hombre de 100 años llamado Antonio debió internarse en el centro Hospi Saunders de La Española. Le quedaban horas de vida, por lo que decidió casarse in extremis con María, su pareja de los últimos 20 años. Pero esas horas se alargaron: Antonio falleció en diciembre. Tenía 102 años.
Lo que a priori parece un trabajo que involucra demasiada tristeza, para la oficial de Estado Civil es reconfortante. "La mayoría de las veces son personas que quieren mucho casarse en ese momento. Sienten un gran alivio y transmiten una alegría por el casamiento que incluso a veces no se da en la oficina".
Y aunque muchos echen un manto de escepticismo por posibles "arreglos económicos" en la mayoría de estas uniones, Ferrario repite que lo básico es su voluntad. "¿Qué garantías tenemos con las personas que vienen a casarse todos los días?"
La ficción tras la realidad
Las telenovelas y películas han recurrido una y otra vez al recurso del matrimonio in extremis como un elemento que aporte dramatismo (o incluso comedia, según el género) a la trama. Hace unos días, el casamiento de Juan Fierro y Morena Fontana en la tira Son de Fierro sumó otro ejemplo, aunque el giro se debió a razones más bien prácticas, antes que a darle sorpresa al final de la historia. Mariano Martínez quería irse de la telenovela y los autores decidieron matar al personaje, en vez de mandarlo de viaje. Según alegaron, eso habría significado una "falta de respeto al público". Además, tampoco querían perder la caracterización de la actriz Vanesa González (Morena). Por eso, el miércoles 30 de enero se vio en Uruguay el capítulo en el cual Juan, mortalmente herido por una puñalada de su ex mujer Rita (Eleonora Wexler, la villana de la novela) pide como último deseo casarse con su novia Morena. Segundos después del beso final, fallece en brazos de su esposa. Un final no feliz, que dejó indignados a un puñado de seguidores de la tira, que protestaron en Argentina. Aquí, a pesar del exceso del drama, fue lo más visto de ese día, con 11,5 puntos de rating.
Con iguales derechos
El matrimonio in extremis está contemplado en los artículos 84 al 87 del Código Civil. Allí se explica que para solicitar este acto es necesario presentar un certificado médico que acredite el peligro de muerte de uno de los contrayentes. La letra aclara que "en los puntos de la República donde no resida médico, suplirá el certificado de éste la declaración de dos testigos de respetabilidad". También apunta que en el mismo día del casamiento, y si no fuese posible, en el siguiente, el oficial del Estado Civil tiene que fijar y publicar edictos anunciando el acto practicado.
Una vez prontos esos requisitos, debe pasar los antecedentes al Juez de Familia competente del domicilio de los contrayentes. Si no encuentra ningún reparo y no se interpone oposición justificada, puede declarar válido el contrato de matrimonio civil celebrado in extremis. Este trámite es gratis, es decir, no debe pagar los $6.000 que se impone a los casamientos realizados a domicilio. No obstante, genera exactamente los mismos derechos que el matrimonio convencional.
Las celebraciones religiosas son infrecuentes
Delia Ferrario recuerda bien a una pareja que tras la ceremonia civil in extremis, se casó en la Iglesia de Punta Carretas. Se acuerda particularmente porque la enferma era la mujer, algo poco común, y por la celebración religiosa, algo menos común.
En Uruguay, nadie puede realizar una ceremonia de matrimonio religiosa si antes no se casa por el Registro Civil. La omisión de este punto está incluso penada con prisión. Pero hay una excepción: los matrimonios religiosos in extremis, aunque no producen efectos civiles.
Según explica el sacerdote Juan Silveira, de la Vicaría Judicial del Arzobispado de Montevideo, la celebración de matrimonios in extremis por la Iglesia Católica son más bien "raros". Aunque, aclara, dado que no hay información centralizada -es algo que administra cada párroco en su lugar- tampoco puede saberse un número aproximado de celebraciones de ese tipo.
De todas formas, la unión in extremis también está contemplada en las normas católicas. "El espíritu es que la persona pueda resolver su situación. Si está en una situación irregular, es decir, vive con otra persona, tiene un concubinato, y quiere regularizar su vida, confesarse y demás, puede proceder el párroco. En la norma dice que, si hay tiempo porque la situación de peligro de muerte puede resolverse en días, entonces se hace todo con el ordinario del lugar. Pero si es una situación de premura, urgente, entonces se faculta al párroco para que realice todo. Se registra y se comunica al lugar de bautismo, como cualquier otra boda. Todo igual, pero se procede inmediatamente", explica el sacerdote Silveira.
Además, el párroco también está habilitado para levantar ciertos impedimentos, por ejemplo, que uno de los contrayentes no esté bautizado, condición inexcusable para casarse por Iglesia en forma tradicional. Otros pueden ser la disparidad de cultos, o la inexistencia de forma canónica (que se case en una Iglesia con todo el rito oportuno).
El único impedimento que el párroco no puede solucionar por sí es el de orden sagrado (un sacerdote que ha abandonado el ministerio). En ese caso, se debe notificar al propio Vaticano.