FACUNDO PONCE DE LEÓN
En la última columna conversamos sobre la pareja del momento, el presidente francés Nicolás Sarkozy y la cantante y modelo Carla Bruni. Cuando escribí la columna eran novios, hoy ya son marido y mujer. Comentaba que esta relación nos mostraba claramente dos fenómenos de la sociedad actual: la confusión entre las esferas pública y privada; y la falta de comprensión de lo que es el amor. Hoy volveré sobre este último aspecto.
A pesar de su imposible definición, sabemos algunas cosas sobre el amor y una de ellas es que nos saca del mundo. Cuando dos personas se enamoran la realidad pasa a un segundo plano, ya no están acá entre nosotros, crearon una dimensión propia. Es por esta cuestión antropológica que siempre una persona enamorada está como media perdida, grogui, en "otro lado". Claro, si la relación prospera ese estado de ensueño se rutiniza y la pareja de algún modo "vuelve" a la realidad. Pero nunca puede volver del todo, si lo hace probablemente la relación fracase. De ahí que sea tan importante en las parejas que llevan muchos años la sorpresa, el regalo, el gesto inesperado. Una relación genuina de amor siempre tiene que salirse del mundo, de la vida de todos los días, y cuanto más tiempo juntos más importante es no olvidar esto.
La llegada de un hijo, avanzábamos en la columna pasada, es un evento crucial justamente porque vuelve a interponer al mundo entre los amantes. Es increíble la paradoja que encierra este fenómeno: la creación de un nuevo ser, el hijo, es al mismo tiempo la prueba sublime del amor y lo que lo pone más en peligro. Los amantes tienen que volver al mundo y reencontrase en él a través del hijo. La complejidad de esto explica porqué la gran mayoría de parejas que quieren recuperar el amor perdido a través de un hijo fracasan indefectiblemente. El hijo, lejos de potenciar el amor de los amantes, plantea la dificultad de cómo seguir amándose, esto es, cómo salirse del mundo a pesar de tener un hijo que los devuelve siempre la realidad.
Este aspecto del amor explica también por qué a los hijos siempre se les hace imposible entender o imaginar la intimidad de los padres. Como los padres son la prueba de que estamos en el mundo, nos cuesta representarlos fuera del mundo, en ese "otro lugar" que es el del amor.
Estas cuestiones del amor se vuelven particularmente complejas en las parejas formadas por personajes famosos. Tanto para ellos como para sus hijos, el hecho de estar en boca de todos y en plena luz pública se vuelve un hecho siempre contraproducente. El amor, entre los amantes y entre estos y sus hijos, sólo se alimenta en la privacidad, lejos de todo ámbito público. Por eso son tan absurdas las revistas o programas de televisión que muestran padres e hijos o parejas que se pelean o se aman frente a las cámaras. Nada más lejos del amor que la exposición.
Dentro del jet set hay algunas parejas que parecen entender esto. Se me ocurren ahora Antonio Banderas y Melanie Griffith; Néstor y Cristina Kirchner y hasta me animo a decir que David y Victoria Beckham. En mayor o menor medida estas parejas han mantenido la intimidad de la relación y de los hijos fuera de la luz pública. A pesar de ser muy conocidos por todos, prácticamente nadie sabe de los avatares íntimos de su relación; logran mantenerse "fuera del mundo" a pesar de que todo el mundo los conozca.
Por primera vez desde que están juntos, Sarkozy y Bruni hicieron algo a escondidas. Se casaron y no lo vimos. Para nada ello es garantía de que la relación perdure, pero al menos es el primer gesto en el que parecen entender que la luz pública no ilumina el amor sino que lo banaliza, lo vuelve cursi, superficial, vacío.