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EL PERSONAJE
"Si quisiera, trabajaría de lunes a lunes"
Luis Landriscina renuncia del todo a las tablas y desde 2008 se instala en Santa Ana (Colonia), donde se dedica a la huerta, la cocina y a sus dos hijos y nietos.

MIGUEL BARDESIO

En la casa de Luis Landriscina en Santa Ana (Colonia) la leña no está apilada. Hay un galpón exclusivo para ella y se dispone en góndolas, como un supermercado: "Esta es para brasa, acá para llama, aquella más verde", enumera el casi ex humorista argentino. Aquí hay un parrillero antiquemaduras, un horno envolvente, y otro de barro, las mascotas son dos iguanas y la huerta contigua se nutre a riego por goteo y con trucos del estilo: "Tengo una albahaca cada dos tomates porque los bichos que atacan a uno, los mata el otro". Así de práctico y apacible es el retiro uruguayo de Landriscina, él que ha recorrido su país y varios del extranjero pero eligió para vivir a este balneario coloniense.

El 3 de diciembre de 2005 terminó la gira "Como adentrando a salir" en su pueblo natal (Villa Ángela, Chaco) y allí se despidió de los escenarios. Ahora conserva apenas dos actividades públicas (participación en un programa rural de cable y en encuentros con productores para una empresa petrolera argentina) y las quiere espaciar lo más posible. "Es la idea para este año, quedarme acá la mayor parte del tiempo", dice. Acá queda a 22 kilómetros de la ciudad de Colonia; hay unas 500 casas muy espaciadas entre los árboles y los pájaros cantan como en ningún otro lugar, según dicen. Acá y a los 72 años, Landriscina se define como "casero", amante de la cocina y quiere escribir un libro de "historias de vida no necesariamente graciosas". Llega tarde a la entrevista, un mediodía de enero. Había ido al almacén con su esposa Guadalupe y aparecen con un bolsa de mandados, como dos lugareños más.

-¿Por qué se retiró?

-Porque 20 años no es nada, pero 40 es el doble. En ese tiempo arriba de los escenarios, perdí una parte importante de la infancia de mis hijos y estaba a punto de perder la de mis nietos. Y no quiero. Así y todo, estuve dos años despidiéndome y no pude hacerlo del todo porque estuve por Argentina, en Uruguay, Chile, Miami, Los Ángeles, Australia... pero me quedó Canadá, las provincias del norte y a fines de 2005 dije: `no va más`. Tengo 72 años.

-¿Pero está bien de salud?

-Sí, nada más que la edad me impone cuidarme, hacer ejercicio, esas cosas que a esta altura no se pueden postergar.

-El humor de hoy ha cambiado mucho con respecto al que hacía usted...

-Sí. Miro los programas y festivales y algunos me gustan y otros no. Creo que el mal gusto es una moda que va a pasar. Un amigo dice que la vida es un péndulo que llega al extremo, pero tiene que volver. Y el buen gusto, el humor inteligente, regresará algún día al lugar que tiene que ocupar. Los grupos uruguayos que fueron a Argentina (Ricardo Espalter, Berugo Carámbula, etc.) demostraron que se pueden insinuar cosas, como hacía (Juan) Verdaguer, pero sin ser obscenos ni groseros. Después hay tipos como Gasalla o Pinti, que te ponen una mala palabra, pero bien puesta. Yo a ellos se lo perdono porque no les falta talento. Lo que me disgusta es el guarango porque no tiene otro argumento, me da vergüenza ajena.

-¿Ese mal gusto influyó en algo en su retiro?

-No. Al contrario. Yo tengo un problema y es que hay decenas de empresas que van a hacer algún evento y dicen: o Landriscina o nadie. Si quisiera, trabajaría de lunes a lunes. En muchas fiestas se pide que el humorista no sea guarango y no hay mucho para elegir. Les Luthiers, por ejemplo, es lo máximo que tenemos, tengo una gran admiración por ellos. Pero tipos como Juan Carlos Mesa, Juan Carlos Calabró, como Verdaguer no sé si van a volver a aparecer. Él sugería, te dejaba la ropa tendida, si vos tenías altura, sacabas los broches. Si no, lo lamento. Creo que eso es no subestimar la inteligencia de la gente.

-¿Está escribiendo?

-Al instalarme acá, tengo la idea de escribir, pero otro tipo de cosas. Historias de vida que yo conozco, pero no necesariamente graciosas. Soy un tipo que tiene una cantidad de años vividos en distintas circunstancias sociales del país. Y soy muy absorbente, un gran averiguador de la historia, por ejemplo. Y lo que averiguo lo comparto. El doctor Favaloro era columnista mío en la radio y con él compartíamos el criterio de que el único caudillo federal que existió en esta parte de América fue José Artigas, los demás eran caudillos feudales. Así como los Estados Unidos del Norte, él peleó porque fuéramos los estados unidos del sur.

-Ahora con Botnia y los puentes eso se aleja más...

-Es una pavada. Algo circunstancial. Esto no va a destruir los lazos de más de 200 años de sueños comunes. Una tontera que en algún momento alguien le va a poner un final que supongo será feliz. A mí, me tiene muy molesto. Y no va a cambiar la opinión que tengo de los uruguayos. Si no, no hubiera elegido este país para vivir.

-¿Cuál es esa opinión?

-Un día veníamos con Jairo (cantante cordobés con casa en Santa Ana) y nos preguntaron: `¿qué es lo lindo que tiene Uruguay?` Y Jairo respondió algo que yo comparto: `lo mejor del Uruguay son los uruguayos`. Es una opinión que compartimos muchos argentinos que hemos tratado con ustedes y a la vez, con mucha gente del mundo. Nunca vi a un uruguayo subido al caballo, con un gesto de arrogancia. Lo vi compartir al que tiene una carpa de doble capa con otro que puso un nylon porque no tiene otra cosa para hacer un techito cerca de playa. Nunca lo vi que hablen mal del otro: `mirá la carpa de aquel`. Eso habla muy bien de los uruguayos.

-¿Por eso eligió Uruguay?

-Yo compré en el año 1965 y desde entonces supe que este iba a ser mi lugar. Y no porque acá me fuera a ir bien económicamente; en Uruguay hay cuatro o cinco lugares nomás donde juntar gente. Vine porque me gustó la gente, el modo de ser. Lo que quiero ahora es vivir definitivamente acá e irme cada vez que tenga que grabar algo en Buenos Aires. Compré un terreno al lado y lo hice huerta. La trabajo, hago conserva de tomate, guardo los choclos en el freezer para todo el año, hasta aquello conservo (señala a una de sus iguanas), es como la dueña de casa.

-¿Cómo es su día acá? ¿Va a la playa?

-Cuando vienen mis nietos me llevan. Pero soy muy propenso al cáncer de piel. Además, soy casero, y me paso acá, cocino mucho; esto funciona casi como un restaurante para mi familia y mis amigos.

"Un paraíso a una hora de Buenos Aires"

El sábado 12 de enero Santa Ana cumplió 60 años y la gente del balneario y de zonas cercanas se reunió en la plaza. Unas 4.000 personas asistieron al espectáculo de Argentino Luna y luego, Tabaré Cardozo. Luis Landriscina estaba allí. "No se olviden de colaborar con los chorizos porque estamos juntando plata para la policlínica y la escuela, o sea que aunque no tengan hambre, coman", subió finalmente al escenario.

E hizo dos cuentos breves, uno de sobrenombres, que son "la primera manifestación del humor popular", según él. "A mí me decían `cara con mango` por el perfil griego que tengo"... "en mi pueblo, salió electo uno que era el cuarto o quinto en la lista, nadie lo conocía para salió. Y agarró la función pública y las cosas empezaron a ir bien, a mejorar, pero no al pueblo, sino a él. Cambió la camioneta, reformó la casa, entonces le decían `carnicería sin techo` porque se ve que la mosca le viene de arriba".

La gente solo interrumpía para reír, la atención al narrador era absoluta.

-¿Se transformó en un promotor de Santa Ana?

-Involuntariamente. Vienen amigos que quedan encantados y se quedan. A Jairo, por ejemplo, lo invité un día y ese mismo día señó un terreno y ya tiene su casa. Cuando no trabaja, está acá. Mi abogado vino a visitarme y compró una casa, mi médico de cabecera tiene un tambito. Con mi mujer hicimos unos bungalows que ella alquila. `Esa es mi salida para el caso de que de que vos faltes`, dice, `porque una madre puede criar a 14 hijos, pero 14 hijos no pueden ocuparse de una madre`.

-¿Qué los atrae?

-La tranquilidad; es un paraíso a una hora de Buenos Aires. Con Jairo elegimos este lugar porque nadie nos molesta. Él sale a correr y lo único que tiene que hacer es levantar la mano para saludar. Yo a veces voy a la Expoactiva (muestras rurales en Argentina) y van miles y miles y todo el mundo me conoce. Me cuesta caminar; tengo que andar con la camioneta porque todos quieren sacarse foto y me gusta, pero son miles.



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