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salud & comportamiento
Los hermanos sean diferentes
Una investigación de científicos noruegos respaldó la antigua teoría del orden de nacimiento. Dice que los primogénitos son más inteligentes que los hijos menores.

GABRIELA VAZ

"Pablo es más reservado, pero muy estudioso. Alvaro, por el contrario, es medio vago, pero mucho más sociable", explica la madre a modo de presentación de sus hijos, que ya se saben la descripción de memoria. De hecho, el cuadro de situación encaja a la perfección con los estereotipos, así que nadie lo discute: el más grande es serio e independiente, mientras el menor, y por ello el más mimado de la familia, es pura simpatía y revolución. Y si existe uno en el medio, ¡pobre!, siempre aparece como el más "perdido" y problemático.

Pero esta vez no se trata sólo de una creencia de abuelas. La teoría del orden de nacimiento -una que asegura que la personalidad de los hermanos viene condicionada según sean "el mayor", "el menor", etc.- data de finales del siglo XIX y fue formulada por un tal Francis Galton, primo de Darwin.

Hace unas semanas, una investigación noruega respaldó esa antigua hipótesis. La Universidad de Oslo y el Instituto de Salud Ocupacional de ese país analizó los niveles de inteligencia de 250.000 jóvenes de 18 y 19 años. Las conclusiones, que se publicaron en la revista Science, fueron categóricas: el primogénito tiene un coeficiente intelectual (CI) 2,3 por encima del segundo, y éste aventaja en 1,1 al tercero. Además, el CI de los primeros es incluso mayor que el de los hijos únicos. Pero atención, otro resultado concluyente fue que esto no se debe a factores biológicos, sino meramente "ambientales". De hecho, el mejor CI también lo obtuvieron aquellos que nacieron en segundo o tercer lugar, pero que fueron criados como primogénitos, por la muerte o ausencia de éste.

¿Qué tan determinante es el lugar que se ocupe en la prole familiar? ¿Nacemos condicionados por un número en la fila?

ESTIGMAS. Si bien el estudio noruego se limitó a investigar las diferencias en los niveles de inteligencia entre los hermanos, se habla de muchas características determinadas por el orden de nacimiento. Por ejemplo, el primogénito se queda con la mayor dedicación y entusiasmo de los padres (de hecho, los investigadores explican el CI más alto justamente en que reciba más atención y estímulo que los demás), y se vuelve más respetuoso de su valores. El del medio tarda en decidir qué quiere de su vida y es más propenso a desarrollar emociones negativas. Y el menor suele ser el sobreprotegido, inmaduro, destinado a conservar la idea de juventud de los padres.

Por supuesto que esto no es una receta infalible: el orden de nacimiento es un factor que influye, pero no el único. A veces, se opera por la contraria, explica el psicólogo Luis Correa. "Se ven hijos mayores que se han defendido de la sobreexpectativa con una formación reactiva: todo lo contrario de lo esperado. En lugar del hijo responsable, seguro y exitoso, se vuelve eternamente inmaduro, incapaz de resolver sus cosas. Es un ejemplo entre tantos de cómo esto se matiza".

Es que si bien las investigaciones sobre comportamiento brindan pistas importantes para pensar, no son leyes, recuerda por su parte la psiquiatra infantil Natalia Trenchi. Tampoco se trata de estigmatizar. Pero no ayuda que los padres se pasen repitiendo "Fulano es un deportista, el otro es más intelectual". "A veces son demasiado chicos para ser tan categórico", dice Trenchi.

Como si fuera una obra de teatro, el reparto de los roles puede condicionar ciertas singularidades. Así lo explicó una psicóloga española citada en El País de Madrid: "Todos los hijos podrían ser estudiosos o simpáticos, pero no, hay tendencia a repartir los roles de forma excluyente. El hecho de que un hermano se destaque en algo, lleva a los otros a excluir esa característica. Es como si cada uno tuviera que encontrar un sitio".

Por otro lado, más allá de la influencia de los padres, la relación entre los propios hermanos también es determinante. "Ahí se juega mucha cosa. Como por ejemplo, cuando el hijo mayor es puesto como modelo a seguir, o cuando por el contrario ha frustrado las expectativas y se sitúa como lo que no se debe repetir: `No seas como tu hermano que hace tal cosa`. Esos discursos, a veces verbalizados y otras sin palabras, más sutiles, nos atraviesan. Determinan cómo se construye la personalidad de los hermanos menores", señala Correa.

¿QUÉ QUIERES DE MÍ? Cuando se tiene un hijo es natural que surjan fantasías acerca de cómo será en el futuro. Y no es extraño que esa expectativa influya sobre su desarrollo. Tal como explica el psicólogo Correa, lo más importante -antes de lo que pueda implicar el orden de nacimiento- es qué esperan los padres, inconscientemente, de cada hijo. Por ejemplo, indica, "el mayor suele ser producto de un momento constructivo de la pareja (en el sentido de que aún se está construyendo) y entonces es concebido como parte de la idealización del vínculo en esas primeras etapas. Luego las cosas se matizan, para bien y para mal".

Por eso, el profesional considera que la pareja debe analizar en qué momento se tiene un hijo. "Por qué ahora, qué están esperando. ¿Es para recomponer un vínculo en crisis? ¿Es para que el hermano no esté solo y le haga compañía? Hay que tener en cuenta cómo concibe la pareja a cada uno de los hijos y por ende cómo los cría. Y sobre todo, tener en cuenta que cada chico es una persona distinta y requiere respuestas distintas". En definitiva, aunque el orden de nacimiento dé una pauta, lo mejor es abstraerse de esas premisas.

La cifra

2,3 Diferencia entre el Coeficiente Intelectual del primogénito y el segundo, según un estudio noruego entre 250.000 jóvenes.

Pero... ¡si yo los crié a todos igual!

"Uno de mis profesores siempre comentaba que cuando un paciente le decía: `No sé por qué este me salió así, si yo los crié a todos igual`, él se ponía inmediatamente en guardia. Cada chico es una persona distinta, aunque sea criado en el mismo ámbito que otro. Por eso se requiere desde el comienzo una atención, un estilo y una creatividad particular con cada hijo", explica el psicoanalista Luis Correa.

La máxima es clara, de lo contrario, todos los hermanos crecidos bajo las mismas reglas deberían ser iguales, y eso dista mucho de la realidad. "No existe la posibilidad de educar `igual` a todos los hijos. Y si existiera, sería un desastre porque nadie es igual a nadie. La mejor fórmula es la de padres sensibles a las necesidades de cada uno y capaces de satisfacerlas", alega a su vez la psiquiatra infantil Natalia Trenchi.

De esta forma, perseguir el ideal de igualdad (no "equidad") en la educación sería prácticamente una entelequia, puesto que cada uno precisa un "traje a medida", tal como señala la psicóloga española Victoria del Barrio.

¿Cuál es entonces la mejor fórmula para una educación sana? ¿Acaso la hay? Para Trenchi, lo fundamental es "que los padres renuncien al proyecto de hijo idealizado y que sepan ser los mejores padres del hijo real que tienen. La aceptación es la base indispensable para todo lo demás".

Si bien el orden de nacimiento con que se llegó a una familia es, junto con el capital genético, de las piedras fundamentales que construyen su personalidad, dice Correa, los padres deben abstraerse de esa realidad. "Por un lado, eso es real. Es muy interesante hablar hoy con las personas que vivieron la experiencia de las grandes familias de 11 o 12 hermanos, ya casi impensables, porque transmiten una sensación de anonimato, de una significativa falta de lugar. Pero tampoco puede ser que los padres estén pensando `este me va a dar problemas porque es el hijo del medio`. De ese modo condicionan más, con una expectativa previa tomada de un manual de autoayuda o de una estadística leída a la ligera. Del medio, mayor o menor, es una persona distinta. Hay que estar atento a la personalidad que va desarrollando y responder a su individualidad".



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