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ASÍ OPINO YO
Dos vidas escribiendo con ira

LIL BETTINA CHOUHY

Hace unos días, a los 84 años murió en Nueva York, Norman Mailer, ícono de la literatura norteamericana. Novelas, ensayos y biografías fueron jalones de un vitalismo impenitente que lo acompañó hasta el final. Se metió y peleó con todo y con todos: la Segunda Guerra Mundial, Vietnam, la pena de muerte, el sexo, la droga.

Metido en la realidad hasta el cuello, escandaloso y egocéntrico, luchó con ella cuerpo a cuerpo. Desde su rincón del ring -adoró el boxeo- escribió sobre Cassius Clay, Marilyn, Picasso, Jesucristo y, últimamente, Hitler. Peleador escandaloso, nunca dejó de enojarse, moverse, actuar.

Seis casamientos, cinco hijos, once nietos, hirió a su segunda mujer a navajazos en una fiesta tumultuosa. Ambicioso y contestatario, intentó describir las contradicciones de su país; su mojigatería, su fascinación por la fama, el éxito y el poder. Megalómano, quiso escribir la gran novela norteamericana, "una novela que Dostoievski, Marx, Joyce, Freud, Tolstoi, Proust, Faulkner y hasta el viejo enmohecido de Hemingway puedan llegar a admirar".

Como han dicho con puntería algunos, ha muerto el último pendenciero y ocasional genio de las letras norteamericanas. El final lo encontró, como siempre, ágil y en ropa de fajina.

En octubre, una de las "madres de la novela contemporánea", Doris Lessing, recibió el premio Nobel de literatura. A punto de cumplir 88 años, canosa, moño desprolijo, vestido con aire de campesina, sin aspavientos, siempre inteligente. Su vida, un largo periplo, de Irán a Inglaterra y Rodhesia, dos maridos, tres hijos, uno de ello inválido, una depresión por amor que la alejó largamente de la literatura, y otra vez, como una obsesión, la realidad y sus desdichas a través de la escritura. La injusticia, el apartheid, la postergación de las mujeres, las guerras, la pobreza, la estupidez.

Desde muy joven tuvo como meta la independencia. Conoció las contradicciones de un mundo y un siglo y buscó al hombre en una naturaleza variada. La militante comunista abrió paso a la reformadora social.

En su jardín desprolijo, con sus gatos, después de un paseo por la ciencia ficción, escribió su último libro, otra vez la guerra y sus horrores. "Lo escribí con rabia", declaró, "el tiempo no la cura, no puedo dejar de sentirla".

Lessing y Mailer, tan lejanos, tan distintos, sin embargo tan cerca. Las fealdades y las hipocresías nunca los dejaron indiferentes. Metieron a fondo las manos en la masa. Enfurecieron a muchos. La vejez los encontró verticales en la iracundia y la literatura.

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