LA NACIÓN | JUANA LIBEDINSKY
Mucho antes de la moda actual de jóvenes estrellas de Hollywood que entran y salen de relaciones, matrimonios y clínicas de rehabilitación, estuvieron las andanzas de los tres príncipes de la familia Grimaldi, en Mónaco, dándole material siempre fresco a los paparazzi. Y, antes que ellos, estuvo el gran cuento de hadas de su madre, Grace Kelly, haciendo suspirar al mundo a través de las revistas.
Pero en los últimos años, una capa de respetabilidad ligeramente gris cayó sobre Carolina, Estefanía y Alberto (quien, al margen, parece que finalmente se casará, poniendo fin a los rumores que siempre han existido sobre sus preferencias sexuales).
Todo el principado se está transformando de puro centro de juego y paraíso fiscal en uno de los principales centros de convenciones de Europa.
Para rescatar el viejo glamour, los príncipes abrieron este verano sus archivos familiares para una muestra muy personal sobre los años en los que Grace Kelly hechizó al mundo.
La exposición recorre en profundidad la vida de la princesa, pero hay un detalle que no es mencionado. La casa Hermes, patrocinadora de la extraordinaria muestra -y la que llevó a todos los periodistas- organizó un gran almuerzo y allí se supo que la primera vez que Rainiero vio a Grace Kelly en la pantalla fue en una mansión que tenía su familia en Cap Ferrat, con un cine al aire libre.
Lo interesante es que la propiedad ahora es de una noble italiana, cuya familia materna es de Santa Fe, buenos amigos de los Reutemann.
La magnífica Villa Iberia con el cine sobre el mar no es parte del recorrido oficial del tour Grace Kelly, pero si uno cuenta que es argentino, a Barbara Zanon di Valgiurata la envuelve la nostalgia por esas tierras lejanas y suele invitar a conocer su villa llena de fotos históricas, casi un museo privado del lugar.