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Ella fue una lady, una princesa, la madre del heredero al trono británico y la más celebrada divorciada de todo el planeta. Fue una apasionada promotora de las causas solidarias y, para los ojos de millones de personas, sino billones, una mártir. Quizás parezca grosero, casi diez años después de su muerte, decir que la rosa inglesa, Diana, Princesa de Gales, también era cruel manipuladora y una adúltera serial. Pero sí, era esas cosas también.
Diana Spencer, que se llamaba a sí misma una rubia silenciosa -"dura como una tabla" era su frase- se convirtió, en uno de los íconos de los tiempos modernos, y ha sido, desde entonces, un paradigma para celebridades con causas solidarias. Diana podía ser victimaria, así como víctima, atormentada como humanitaria. Podía ser una persona fría con su entorno cercano, pero repleta de ternura para con los extraños, quienes la ennoblecían por la forma que la adoraban. Una pequeña niña de Angola, muriendo por infecciones de heridas producidas en tierras de minas, pensó que Diana era un ángel, cuando la princesa se sentó en su cama a principios de 1997.
Cuando Lady Di murió, varios meses después, el mundo la lloró como si hubiera perdido a una santa. De hecho, la Madre Teresa de Calcuta, beatificada, quien falleció esa misma semana, recibió muchísima menos atención.
Para Tina Brown, autora del libro The Diana Chronicles (Las crónicas de Diana), publicado la semana pasada, la vida de la princesa siempre ha sido una historia fascinante y provechosa para contar. Brown era la joven y movediza editora de la revista de prensa rosa, Tatler, en Londres a principios de los 80, antes de irse a Estados Unidos para hacerse cargo primero de Vanity Fair y, luego hasta 1988, de The New Yorker.
Las vidas y trayectorias de Tina Brown y Diana Spencer fueron distintas pero claramente interconectadas. Ciertamente la princesa colaboró en la carrera de la editora. Desde el principio, Brown y sus colegas veinteañeros vieron a la aún más joven Diana como una suerte de "eco generacional", como explica la propia Brown. El cuento de hadas que se transformó en una pesadilla de vida para Lady Di, se convirtió en el lente para mirar el mundo de la realeza, aún cuando sus célebres amigos y sus públicas y privadas pasiones reflejaran el dinamismo creativo de la moderna Inglaterra.
Ella fue, como escribió Brown para Vanity Fair en 1985, "el ratón que rugió". Y después, mucho más. "Mi éxito con el libro fue recrear todo el contexto", señala Brown: "No sólo Diana, sino los años de Diana".
ANIVERSARIO. En Europa ya se está transformando en lo que será el verano de Diana, con un espectacular concierto organizado por sus hijos, los príncipes William y Harry, para celebrar su cumpleaños el 1 de julio (la princesa habría cumplido 46), y con servicios conmemorativos a una década de su muerte, en agosto.
Hace un par de semanas, un documental del Canal 4 británico, que expuso fotografías tomadas cuando el auto en que viajaba Diana se estrelló, y ella murió, se convirtió en blanco de críticas por la falta de gusto y ética, demostrando aún la intensidad de los sentimientos del público hacia la princesa y sus hijos. Otras publicaciones sobre Diana vienen en camino, muchos de ellas prometiendo revelar secretos de su vida.
Pero el libro de Brown es diferente de lo que se ha publicado hasta ahora. Luego de haber entrevistado cerca de 250 personas, y de haber leído estanterías de biografías y montones de diarios y entrevistas, ella realiza consideraciones y da opiniones sobre tópicos que van desde las infidelidades de la realeza y el despertar sexual de Diana (que la autora se lo atribuye al ex capitán británico James Hewitt, uno de los siete amantes que se le han conocido a la princesa), hasta las controversias alrededor de la muerte.
Tina Brown se reunió cara a cara con la princesa sólo "cuatro o cinco veces", incluyendo un almuerzo en el restaurante Four Seasons de Nueva York, durante el verano del accidente fatal. Pero la periodista siguió a Diana muy de cerca, desde que se transformó de "niña de cuento de hadas" a esta "suerte de super estrella global" que, dice Brown, "siempre tuve algún lazo con su historia". Ciertamente, ella la cuenta bien, y es fácil adivinar que el libro The Diana Chronicles será una de las novelas más leídas este verano en las playas americanas y británicas. Cuando se terminan las 524 páginas, incluyendo las notas al margen, está claro que Brown, habiendo tenido ese lazo por tanto tiempo con "la historia", también ha descubierto, para ella y para todos nosotros, a la mujer detrás de la princesa.
Diana no era de esas personas que embellecía aspectos de su vida, especialmente aquellos que reflejaban negativamente a su marido por 15 años, el Príncipe Carlos, actual heredero a la corona británica. La autora concluye que el Príncipe de Gales estaba enamorado de Diana cuando contrajeron matrimonio en 1981, y ella de él. Sin embargo, Diana le habría echado el ojo a Carlos bastante antes que él la notara. Por toda esa supuesta importancia que se le da a la virginidad de la novia veinteañera, esperaron, y apenas tuvieron una relación sexual; probablemente durmieron juntos antes del casamiento en un carruaje real.
Asegura Tina Brown que Diana no intentó tirarse por las escaleras para cometer suicidio, como ella dijo en entrevistas, sino que simplemente se deslizó y cayó. Su más notorio affaire, con Hewitt, seguramente no comenzó hasta 1986, por eso es muy poco probable que Hewitt sea, como se rumoreó, el padre real del hijo menor de Diana, Harry, nacido en 1984.
La pintura de la realeza que emerge del libro es de personas que están activamente aburridas de su vida pública, y fácilmente manipulables. El Príncipe Carlos aparece simultáneamente simpático y triste, y algo manipulado por dos mujeres, Diana y Camilla. Tina Brown descarta que Carlos haya dormido con Camilla la noche anterior a su boda con Lady Di, como se dijo en algún momento.
Autora descarta conspiración en la muerte de Diana
Según la escritora de The Diana Chronicles, la princesa era más fuerte en lo simbólico que en lo sustancial. "No podía arreglárselas frente a una larga y detallada información sobre el problema de Rwanda", escribe Brown. "En las comisiones, ella tenía la atención puesta en una mosca igual".
Diana utilizaba la publicidad para minimizar a su rival Camilla, ese verano de 1997. Ella agendó esa escapada nada discreta abordo del yate de Fayed, cuando justo coincidía con la fiesta de cumpleaños que el Príncipe Carlos le organizaba a su amante en el estado de Highgrove. Diana le dijo a un amigo que había fantaseado con saltar en traje de baño de una torta en esa fiesta. Por lo pronto, se lució en frente a los paparazzi con un bikini atigrado. Según Brown, Diana le informó a los fotógrafos para que pudieran captar la famosa imagen en la que se la muestra besando a Dodi, en Córcega. Esa foto fue comprada en U$S 500 mil.
Más allá que nació aristócrata, Diana sabía que eso era irrelevante. Todo lo que contaba era la aristocracia de la exposición, escribió Brown. "La cámara fue la atracción fatal de Diana". Entonces fue que, unos días después de aquel famoso beso fotografiado, los paparazzi la cazaron sin misericordia junto a Dodi en París, y la persiguieron desde el Hotel Ritz hacia el túnel cercano al Sena donde murió. Como se manejaron muchas teorías sobre conspiración, Brown dedica dos capítulos a la tragedia para demostrar que nadie estaba tras ellos, más allá que el padre de Dodi siga intentando convencer que la realeza tiene sangre en sus manos. Brown dice: "Murió porque cuatro hombres del imperio de Al Fayed no la protegieron: Dodi, cuyos planes eran tan caóticos como él mismo; Al Fayed, quien aprobó que Dodi usara como chofer a Henri Paul, jefe de seguridad del Ritz y no a un profesional calificado; el mismo Henri Paul, a quien lo encontraron tres veces más alcoholizado que lo permitido; y el guardaespaldas Trevor Rees-Jones, empleado de Al Fayed, que no se aseguró que la princesa usara cinturón de seguridad."
Brown le comentó a Newsweek, que creía que el propio Al Fayed estaba enamorado de Diana. "Estaba loco por ella", dice. De todas maneras, la autora muestra el lado más humano de Al Fayed mientras atormentado aguarda que le traigan una llave para ver el cuerpo de su hijo. También, desliza un costado solidario del Príncipe Carlos cuando escribe una frase del heredero al trono: "siempre pensé que Diana volvería junto a mí, por la necesidad de sentirse cuidada".
Amores que matan
Así como Camilla manipulaba a su entonces amante, el Príncipe Carlos, haciéndole leer sus discursos por teléfono por ejemplo, para mostrar interés, también Diana aprendió a ser calculadora, y nunca tanto como el verano que murió, justo un año después de divorciarse. Para entonces estaba madura, radiante, independiente, "de una princesa protegida se transformó en una celebridad global con total libertad", como escribe Brown. Pero ella estaba también buscando el amor en los lugares equivocados. Brown concluye que su primer affaire fue Barry Mannakee, su guardaespaldas desde 1985, quien luego murió en un accidente en motocicleta. Luego vino Hewitt, cuya relación con Diana primero contó con la aprobación de la realeza, escribe Brown. Después llegó a la vida de la princesa James Gilbey, relacionado con la fortuna del Gin. Posteriormente, pasaron el galerista de arte Oliver Hoare, el jugador de rugby Will Carling (cuya esposa llamada Diana se encuentra en trámites de divorcio), el cirujano Hasnat Khan, el amor de su vida pero con quien no se casaría por sus obligaciones con la familia musulmana y con su profesión, y finalmente Dodi Fayed, el hijo del dueño de Harrods, Mohamed Al Fayed, quien fue un poco de entretenimiento luego del divorcio.
Para entonces, Diana estaba, como importante y moderna celebridad, reinventándose a si misma. Cortó sus actividades caritativas de 100 a media docena, que incluía la Fundación Nacional del Sida.