FACUNDO PONCE DE LEÓN
El 2 de agosto de 2002 fue el día más paranoico de todos los de la crisis. Fue un viernes. A eso de las 15 horas comenzó a "correrse la voz" de que hordas de gente de barrios marginales de Montevideo tomarían el centro de la ciudad y saquearían todos los comercios. El hecho no sucedió, pero una semana después se informaba que algunos barrios se estaban organizando para subsistir ante el inminente colapso general de la República. La psicosis general, el desbordamiento de la Policía para cubrir las cientos de llamadas que denunciaban violencia, eran moneda corriente.
No aparecieron hordas salvajes ni la crisis llegó a hacer desaparecer el país, pero ese era el clima en el que se vivía en ese año maldito. Hurgando en la prensa encontré esta declaración de un sindicalista, publicada el 8 de agosto: "Acá hay gente que sale y toma lo suyo. Estas experiencias enseñan. Cuando alguien se da cuenta de que luchando se puede y cuando somos capaces de tomar lo ajeno, lo negado, esto cambia las organizaciones. Estamos augurando más y más saqueos y más y más agitación social. Y estamos de alguna manera promoviendo el legítimo derecho a la rebeldía". Así pensaban algunos.
A cinco años de la crisis y de esa declaración, hoy se informa que los uruguayos se acercaron al mundo de las artesanías, al igual que lo habían hecho en la década del 60. Sé que la razón principal que se arguye es la búsqueda de empleo, pero me permito sugerir otra hipótesis: en la artesanía se traza una dimensión muy particular de la vida humana.
Lo que diferencia el arte de la artesanía es que el primero está en constante búsqueda de la novedad, de lo distinto, lo único, lo irrepetible. El artesano, por el contrario, tiene una relación distinta con el producto que realiza, lo que le importa es seguir el patrón, perpetuarlo en el tiempo, no cambiarlo. Los egipcios realizaron las mismas artesanías durante 4.000 años, no había un interés en cambiar el canon sino en que cumpliera su función en la sociedad.
El mundo actual tiene una vuelta a lo artesanal en muchos ámbitos: pan artesanal, ropa artesanal, agricultura artesanal y así suma y sigue. Es como volver a un tiempo arcaico donde las manos, y no las máquinas, pasan a ser nuevamente las grandes protagonistas. Y no sólo las propias, sino las de la familia, que desde hace dos, tres o cuatro generaciones realizan la tarea. (No olvidemos que desde antaño se cree que en la palma de la mano se ve la vida de una persona, en sus surcos, en sus llagas, está resumida toda su historia). En las manos del joven zapatero artesanal trabajan también las manos de su tatarabuelo.
La crisis de 2002, tan plagada de números, bancos, finanzas y elucubraciones políticas, aparejó que muchos uruguayos regresen a esa tarea milenaria de refugiarse en sus manos para hacer algo. Lijar la madera, torcer los alambres, ablandar el cuero, terminar el objeto y otra vez a lijar la madera, torcer los alambres y ablandar el cuero. Y otra vez. Eso es la artesanía: la fascinación por repetir el proceso, porque las manos hagan su trabajo sin la preocupación obsesiva que tiene el arte por hacer algo nuevo.
Me animo a pensar que no es casual que la crisis que vivimos desemboque en que crezcan los artesanos y no otras actividades laborales u oficios.
Es que en el auge de la artesanía hay una revelación contra el tiempo que corre y hace crisis.
La artesanía es esencialmente serena, lucha contra la vertiginosidad y se sumerge en su propia atemporalidad, transformando con las manos los materiales del mundo, sin necesidad de saquear a nadie.