USTED LOGRÓ en su vida todo lo que un arquitecto puede lograr. Pero a los 104 años usted sigue construyendo nuevos edificios. ¿Por qué?
-Bueno, envejecer es algo bastante asqueroso. ¿Pero qué otra cosa me queda ahora que soy tan viejo? Así que sigo, dado que no he aprendido otra cosa. Aunque se equivoca usted si cree que solo la arquitectura es importante para mí. Sigo planeando éste o aquel proyecto, llegan cartas y faxes todos los días, y la gente me pide diseños nuevos. Pero para mí mucho más importante que la arquitectura son la vida, los amigos y la familia.
-¿Qué lo llevó a convertirse en arquitecto?
-Siempre me ha gustado dibujar y lo hice mucho. Parece haber sido algo innato en mí. Cuando niño a menudo dibujaba en el aire. Cuando lo hacía, mi madre me preguntaba qué estaba haciendo. Dibujando, le decía. En la escuela, saqué notas máximas en arte, todavía puedo recordarlo con claridad. Y mi madre guardaba todos mis dibujos, estoy muy complacido con eso. Un lindo recuerdo.
-¿Por qué no se convirtió en artista en vez de arquitecto?
-Tal vez sigo siendo un niño que dibuja. (risas) Me siento aquí en mi escritorio, completamente solo con mi lápiz y una hoja de papel y dibujo lo que se me ocurre. Mis colegas hacen el resto, son terriblemente trabajadores.
-¿Usted no encuentra diferencia entre la arquitectura y el arte?
-Oh, sí, claro que la hay. La arquitectura no es un arte desprendido, libre. Todo en ella está conectado a todo lo demás, y eso me atrajo mucho. Es por eso que le digo a los estudiantes que me visitan, lo que importa no es tu rango, necesitas conocer el mundo y tu país. La arquitectura no es nada si no tiene nada que ver con este país, su belleza y todos los problemas.
-¿Quiso cambiar el mundo con la arquitectura, entonces?
-Mis padres tienen una propiedad rural, así que crecí muy protegido, ni siquiera teníamos que ir a la feria, porque teníamos una en casa con los vecinos. Así que cuando crecí y conocí el mundo, quedé aterrado, porque me pareció falso y degenerado. Sabe, tenía una idea clara muy profunda de lo pacífico y justo que debía ser el mundo. Incluso antes de enrolarme como estudiante de arquitectura, me convertí en miembro del Partido Comunista.
LíNEAS CURVAS.
-Poco después de graduarse conoció a Le Corbusier en Río. ¿Qué aprendió de él?
-Él había llegado a Río por zepelín para diseñar el Ministerio de Educación, y pude ayudarlo un poco con los dibujos. Fue una gran suerte para mí llegar a conocerlo en persona, bien podría no haberlo hecho. Me influyó mucho. "Oscar", me dijo en esa época, "la arquitectura es imaginación… invención e imaginación". Eso aún me impresiona. Pero estilísticamente me aparté de Le Corbusier incluso en mi primer proyecto. Encontraba demasiado pesada su arquitectura. Era devoto de los ángulos rectos. Yo quería dar con una arquitectura liviana con más curvas, y quedé fascinado por lo que el hormigón armado podía hacer. Esa fue la época en que aparecieron los amplios espacios con hormigón. Fantástico, es algo que aún me excita.
-Era la época de los objetos modernos europeos, de la Bauhaus. ¿Se mantuvo apartado deliberadamente?
-En mi caso, fue más bien un asunto de intuición. La mayoría de los europeos construyen demasiado funcionalmente para mi gusto, son terriblemente monótonos y uniformes. No podemos estar atados por la función, no somos sus esclavos. Le Corbusier una vez dijo que la Bauhaus era un paraíso de mediocridad. Yo quería que las cosas fueran más grandes, más extensas y por cierto no mediocres. Estaba buscando un modo distinto de avanzar.
-¿De dónde sacó el coraje para seguir su camino de ese modo?
-Bueno, Le Corbusier era un artista, no pensaba sino en la arquitectura. Y para mí eso no me parecía suficiente. Al final otra persona me impresionó mucho más, un brasileño que no era arquitecto. Fue el abogado Rodrigo Melo Franco de Andrade. Me enseñó que uno tiene que ver siempre la arquitectura como parte de un todo, y me mostró las raíces de la arquitectura brasileña. También aprendí de él lo importante que es para un arquitecto mirar a su alrededor y leer mucho.
-De manera que la arquitectura no se convierta en un fin en sí misma.
-Sí, precisamente. Eso sería realmente terrible.
-¿Pero qué puede lograr la arquitectura realmente, qué poder tiene?
-En ese sentido, tengo que decir que soy pesimista. La arquitectura no cambia nada en absoluto. Si la sociedad es mala como aquí en Brasil, por ejemplo, incluso la mejor arquitectura no puede realizar nada. De hecho, tengo mis dudas acerca de si la gente puede ser cambiada para bien. En realidad, la vida no es más que una gran lotería, nacemos blancos o negros, estúpidos o brillantes: es una tómbola genética. Vea, un ser humano es como una casa que usted puede volver a pintar, y a la que le puede mover las paredes, incluso, pero si la estructura original estuvo mal diseñada y mal construida, así se queda. No hay prácticamente nada que usted pueda hacer.
-Así que si la arquitectura no puede hacer el Hombre Nuevo, ¿qué puede hacer? ¿Es solo una cuestión de lograr el estilo correcto?
-El estilo nunca me interesó. Tampoco veo mis edificios como modelos para ser imitados en todo lugar. No tengo ninguna receta o soluciones generales automáticas. Cada arquitecto debe construir de la manera que le guste. Para mí, lo importante es atenerme a mi intuición. ¿Me sigue? Hay más de treinta libros sobre mi arquitectura, pero he preferido no leerlos. No quiero saber en lo más mínimo qué piensan de mis edificios. Lo principal es que yo sé. De todos modos una arquitectura ideal aceptada por todos es algo que no existe. Y sería realmente muy aburrida.
-¿Y cómo contrarresta este aburrimiento?
-Para mí lo importante fue siempre que hubiera algo sorprendente en mis edificios. Quería presentarme con algo que no hubiera existido así antes, algo en lo que nadie hubiera pensado previamente. Los edificios debían abrumar a la gente con su belleza, tenían que ser tan maravillosos que llenarían de gozo el corazón de todos. A veces eso podía ser un momento de felicidad, aun para los pobres.
EL PARTIDO Y LOS POBRES.
-Usted ha tomado su parte por los pobres una y otra vez, y sigue en el Partido Comunista. ¿Por qué entonces ha trabajado sin embargo para dictadores y "enemigos de clase"?
-Oh, vamos, los arquitectos construyen para los gobiernos y la gente rica.
-Al menos usted podría haber construido para la población más pobre, por ejemplo, para mejorar las cosas en las favelas.
-¿Usted se refiere a engatusar a los pobres con una o dos limosnas, unos pocos ranchos baratos solo para mantenerlos quietos? No me meto en ese tipo de proyectos. De todos modos, la cuestión social no puede resolverse dentro del sistema capitalista, sea democrático o no. ¿Dónde me deja eso como arquitecto? Puedo construir algo que todos pueden disfrutar, sin importar que sean ricos o no. Es cierto, no es demasiado. Pero nunca declaré otra cosa.
-¿Y qué pasa con sus ideales comunistas?
-Siguen siendo importantes para mí, ciertamente. Sigo reuniéndome con unos pocos amigos cada martes, y discutimos los últimos acontecimientos políticos, en este país y en el extranjero también. A veces organizamos protestas o vamos a manifestaciones si no nos gusta algo. También ayudamos a la gente que no tiene nada y es explotada.
-Pero su arquitectura es también política. En todo caso, tiene una fuerte influencia sobre la identidad nacional, y la imagen de Brasil.
-Podría ser, sí, mi arquitectura es específica en extremo. Pero no la saqué del aire. Hay, digamos, algunas conexiones allí, con el período barroco y el paisaje, desde luego. Le Corbusier me dijo una vez: tienes las montañas de Río en los ojos. Pero es algo más que las montañas, son las mujeres, el cielo, las nubes, todo lo que es importante. Las curvas siempre me han fascinado, la tensión en ellas, la libertad. Quería una arquitectura más liviana y más libre. Usted sabe lo que quiero decir: con verdadero entusiasmo.
LA UTOPÍA DE BRASILIA.
-¿Y la nueva capital, Brasilia, se convirtió entonces en el gran laboratorio experimental de esta libertad?
-Cuando empezamos Brasilia, yo podía hacer todo lo que quería. Era un sueño, aunque un poco agotador. Había que terminar la ciudad en cuatro años, dijo el presidente: nadie puede imaginar eso en estos días. En esa época, el país entero estaba lleno de optimismo, estábamos haciendo algo que nadie más estaba haciendo. La ciudad iba a ser nuestra utopía. No iba a haber tugurios como en otras metrópolis, al fin íbamos a tener igualdad. Los ricos vivirían junto a los pobres, los ministros junto a los obreros. Cuando la ciudad empezó con los negocios, eso pronto demostró ser falso, una ilusión. Los magnates del dinero quedaron en la cima, como siempre.
-¿Pero por un tiempo usted creyó en el nuevo comienzo?
-Sí, esa era la idea. Y por un tiempo pareció que podía convertirse en realidad. Recuerdo que estábamos conduciendo un día hacia Brasilia, o más bien hacia donde Brasilia estaría un día. Y dimos con colas interminables de coches, todos de obreros de la construcción de todas partes del país, que querían unirse a las obras. Creían que encontrarían trabajo y una vida feliz en Brasilia.
-¿Y se esperaba que usted se encargara de toda esa gente?
-Al menos se esperaba que yo hiciera los diseños, para que pudieran ser construidos en poco tiempo en primer lugar. Bueno, para enfrentar eso, decidí enfatizar primero la estructura de los edificios. Los detalles no eran tan importantes, lo que importaba era el marco que sostuviera el peso. La técnica decidió la arquitectura y, como dije, el hormigón armado me permitió hacer todo distinto, más hermoso y variado.
-En otras palabras, buscó la forma, el aspecto externo…
-¿Y si no, qué? Usted no tiene idea de lo que era entonces. En general hay un programa cuando usted está construyendo un edificio nuevo, y en el caso de una capital, muy especialmente. Usted sabe cuántos cuartos, cuántas calles, cuántas oficinas y así sucesivamente tiene que construir. Nosotros no sabíamos nada en absoluto, no había programa. Y no tuvimos tiempo de elaborar uno. Así que nos fijamos en los edificios de la vieja capital, Río, y lo multiplicamos por 10. La nueva tecnología lo hacía posible, en especial el hormigón.
-¿De dónde vino su fascinación con el material?
-Siempre me entusiasmó mostrar los adelantos en las técnicas de ingeniería civil, también, y eso funcionó en Brasilia. Cuando la dictadura militar tomó el poder y tuve que irme a Europa, pronto descubrí, por ejemplo, que era mucho más difícil hacer que aprobaran mis diseños en Francia. Por lo general las autoridades desean paredes más gruesas que las que yo construía: en Francia querían 1.50 metros donde yo podía hacerlo con 30 centímetros. En Europa la gente tiende a pensarlo dos veces, mientras que nosotros tenemos audacia, me parece. Y eso es típico de un país que es tan joven y que quiere mostrarle al mundo todo lo que puede hacer. Al menos siempre fue importante para mí conquistar grandes espacios… no las columnas, o el cielorraso, era el espacio despejado entremedio lo que me fascinaba.
ARQUITECTURA EN POCOS TRAZOS.
-Usted contagió con esa fascinación a muchos arquitectos. Frank Gehry, por ejemplo. ¿Le gustan sus edificios?
-Sí, me gustan. Pero construye con demasiada suntuosidad y con materiales muy caros. Aquí no podemos permitirnos eso en absoluto. Siempre he buscado lo simple, las formas claras. Si no puedes dibujar la arquitectura en pocos trazos, entonces algo está mal. Solo las formas que puedes captar con facilidad pueden ofrecer el carácter, la singularidad y el perfil memorable que está desapareciendo con rapidez en las ciudades de todo el mundo. Están perdiendo su aspecto individual, unificado.
-¿Eso se aplica también a Brasilia?
-Me gusta Río. En Brasilia sales del hotel a la calle, y después te abalanzas otra vez al hotel. Si pudiera planificar Brasilia de nuevo por entero, construiría el Congreso Nacional y la Praca dos Trs Poderes exactamente como están. Solo que habría edificios suplementarios de departamentos y escuelas y negocios. Y me las arreglaría sin todas las calles anchas con todos los coches. La gente tendría que caminar a todas partes.
-De hecho, usted ha seguido diseñando edificios para Brasilia. Un museo, por ejemplo, que como muchos otros de sus edificios parece un templo. Cuando uno ve su arquitectura, uno podría tener la impresión de que es un hombre religioso, un creyente.
-Me gustaría ser religioso. Pero la humanidad está demasiado arruinada para mí como para creer en Dios. Y como sabe, no creo en nada que prometa la eternidad. La vida es un aliento, un minuto, y después desaparece.
-¿Sigue habiendo algo que usted quiera de la vida?
-Me gustaría dejar de hablar de arquitectura. Me gustaría hablar de literatura, mujeres y ciencia. Si me otorgaran un deseo, entonces que todos sean igualmente prósperos, por favor. Que todos sean felices. En el presente, el mundo me parece terriblemente rígido. Hay insatisfacción en todas partes, mucha gente no cree en el futuro, el dinero reina. Incluso por ese solo motivo, la arquitectura no puede ser la respuesta. La arquitectura no es importante, el mundo es importante, y tenemos que cambiarlo. Es un mundo de mierda.
(Traducción del inglés de Elvio E. Gandolfo)
Morros invertidos
SI BIEN se hizo famoso por las curvas, no desdeñó las líneas rectas. Oscar Niemeyer nació un 15 de diciembre de 1907 destinado a marcar para siempre el imaginario visual de su querido Brasil. Lo hizo de manera provocativa, dando sensualidad a sus creaciones arquitectónicas, y optando por un compromiso político -el comunismo- que en Brasil es tan radical como elitista.
Brasilia fue su obra cumbre, la que muestra mejor sus pinceladas de artista. La audacia de su diseño puso a Brasil en otra órbita. Sólo un loco pudo haber pensado eso, y concretarlo. Luego, todos sus logros parecen excentricidades. Como el Museo de Arte Contemporáneo de Niterói, cerca de Río de Janeiro, que a primera vista surge como un plato volador fuera de contexto, pero afinando la mirada se descubre que es un morro invertido. El paisaje predominante de Río, pero al revés. Los caprichos inexplicables del artista.
Pero hay otro Niemeyer, el dedicado, detallista, el genial observador de entornos y culturas, más allá de su querido Brasil. Es el caso de la Mezquita Estatal de Penang en Georgetown, Malasia, obra de los años 70. Es Niemeyer a primera vista, y también es pura arquitectura malaya, esas formas islámicas bastardas que sólo se encuentran en la península que se reclina sobre el estrecho de Malacca. Una fusión genética de culturas que anticipa y supera a las monumentales Torres Petronas del argentino Pelli, esas que dominan el skyline de Kuala Lumpur con elegancia.
Libro de entrevistas
EL REPORTAJE que aquí se reproduce pertenece al libro del afamado crítico de arquitectura Hanno Rauterberg titulado Talking Architecture. Interviews with Architects (Prestel, 2012). En tiempos de "cambios radicales" explica el propio Rauterberg, hacían falta charlas francas para entender el por qué y el hacia dónde. Poca teoría, y mucha conversación concreta. Los entrevistados del libro son, entre otros, Cecil Balmond, Günther Behnisch, Peter Eisenman, Norman Foster, Frank Gehry, Zaha Hadid, Jacques Herzog & Pierre de Meuron, Philip Johnson, Rem Koolhaas, Daniel Libeskind, Frei Otto, Peter Zumthor, Robert Venturi, y el veterano I.M. Pei, autor del edificio de la Embajada de los Estados Unidos en la rambla sur de Montevideo.
El libro está en inglés y posee un tamaño razonable, más pequeño que el habitual en los libros de arquitectura. Los reportajes están acompañados de muy buena fotografía color de las obras emblemáticas de cada arquitecto.