Viajero en la frontera de los mundos

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Carlos Ma. Domínguez

A PROPÓSITO DE un regimiento inglés a punto de combatir contra los afganos, Kipling escribió: "Eran los excedentes de un distrito industrial superpoblado. El sistema había logrado revestir de carne y músculo sus jóvenes huesos, pero no infundir valor en los descendientes de hombres que, por espacio de varias generaciones, habían trabajado sin descanso a cambio de una paga más que exigua, sudando en secaderos, doblando el lomo sobre telares, tosiendo a causa del plomo blanco y tiritando en barcazas cargadas de cal. En el ejército hallaron comida y descanso, y ahora se disponían a combatir a los `negros`, que huían si los amenazabas con un palo. De ahí que estallaran en vítores al propagarse el rumor, mientras los astutos suboficiales de la oficina especulaban con las posibilidades de una paga extra por ahorrar un sueldo". La cita pertenece al cuento "Tambores de guerra" y ubica las convicciones imperialistas de Kipling en la honesta inteligencia de la literatura.

Exaltar al imperio británico le trajo un largo descrédito, pero leída a la distancia de cien años su obra brilla. Lo muestra esta edición de treinta y tres relatos seleccionados por Alberto Manguel para la editorial Acantilado, que desde hace tiempo recupera clásicos ingleses con excelentes traducciones al español, ediciones cuidadas y no poco éxito. La primera edición de estos voluminosos relatos fue lanzada en marzo de 2008 y la segunda en setiembre del mismo año.

"Tambores de guerra" cuenta el desastre militar de un regimiento inglés contra feroces afganos y la muerte de dos pequeños pendencieros de la banda de música. Kipling podía ser racista y genéricamente reaccionario como el capitán Richard Burton, otro hijo de la Inglaterra victoriana que le inspiró el personaje de su novela Kim, pero supo retratar sobre la línea del enemigo los conflictos del colonizador. Acompañan a este cuento, tres que también abordan situaciones de guerra -"Mary Postgate", "Una guerra de sahibs", y "Una virgen en las trincheras". El primero ocurre en Inglaterra, el segundo en Sudáfrica, durante la Guerra de los Boers, y el tercero en una línea de combate durante la Primera Guerra Mundial, donde Kipling perdió un hijo. Su excelencia es la manera velada de narrar, sin énfasis, a veces con medias palabras, de modo que la interpretación de elementos decisivos corre por cuenta del lector. Pero el argumento es transparente y vívido, y las percepciones sensoriales tan fuertes que se imponen de la mano de emociones precisas. Es un lugar común decir que el arte emociona, o debería hacerlo, pero en Kipling es un hecho físico y acotado, como si se tratara de una burbuja nacida de las presiones envolventes de su prosa. Nunca dice lo que pretende fuera del silencio y la entrelínea. Cuando el lector quiere recordar cuándo le ha contado lo que ha entendido, descubre que las palabras buscadas no son de Kipling sino suyas. "Mary Postgate" es emblemático de una fuerte impregnación dramática que prima sobre los sentidos que puedan interpretarse de la historia.

NI EL TEMA, NI EL TIEMPO. La antología de Manguel no es temática ni cronológica, pero otra serie de relatos puede agruparse por el escenario de la India. Hijo de un director de escuela municipal y de una mujer vinculada a escritores y artistas británicos, Kipling nació en Bombay en 1865 y su primer idioma fue el indostaní. Cuando cumplió seis años sus padres lo llevaron a educarse a Inglaterra y lo dejaron con su hermana en la casa de un matrimonio patético que ofrecía alojamiento y educación para niños angloindios.

Durante cinco años Kipling no volvió a ver a sus padres y de los sufrimientos padecidos nació el cuento "Bee, Bee, ovejita negra". A los 18 años regresó a la India para trabajar como periodista en la Civil and Military Gazzete, de la ciudad de Lahore, donde permaneció por cinco años hasta que el éxito de su primer libro de relatos, "Cuentos de las colinas" lo llevó de regreso a Londres. Sus tiempos en el periódico inspiraron otro formidable cuento de esta antología titulado "El hombre que pudo reinar", en el que narra la aventura de dos vagabundos ingleses que consiguen ser venerados como dioses por varias tribus peleadas entre sí, hasta que la manifestación de un deseo les resulta fatal.

Es notorio el privilegio de Kipling por haber vivido en una frontera colmada de atmósferas y personajes fascinantes, cuando las novedades de las colonias excitaban el orgullo británico, pero también lo es su enorme curiosidad por el mundo que revelan sus relatos. El paciente saqueo a un anciano por parte de su mujer y un farsante ("En la casa de Suddhoo"), las perezas del opio ("La puerta de las Cien Penas"), el azaroso destino de un brahmán en las montañas del Tíbet ("El milagro de Purun Bhagat"), un tórrido paisaje nocturno ("La ciudad de la noche atroz") y la lucha contra una inundación del Ganges ("Los constructores del puente"), son las señas de los mejores relatos de esta serie. En especial los dos últimos merecen un comentario.

"La ciudad de la noche atroz" es una pequeña joya del arte de la descripción. No tiene otro argumento que el vagabundeo del narrador en una sofocante noche, entre animales y hombres dormidos a la vera del camino, en las calles, templos, terrazas y patios de una ciudad vigilada por el ojo de la luna. El detalle de los cuerpos hacinados y el peso alucinatorio del clima emerge ambiguamente de la inquietud y el sopor, bajo una aparente falta de ambición. Pero no sólo consigue que la noche se vea. Consigue algo que sólo la literatura puede dar: que la verdadera trama se desplace a la mirada del narrador. La escena es extraña; la temperatura, abrumadora; el retrato, magistral.

La razón y lo inexplicable. En "Los constructores del puente", dos ingenieros están a punto de terminar un viaducto sobre el Ganges cuando les anuncian el arribo inminente de una inundación. Se han roto el alma durante años trabajando de sol a sol, es un puente grande, aunque menor que su orgullo, el de los capataces nativos, y las fantasías de los indígenas acerca de la lucha entre la naturaleza y la industria de los colonos. En medio de la calamidad el relato se desliza a un plano fantástico que le permite a uno de los ingenieros asistir a la deliberación de los dioses del Ganges sobre el destino del puente. En este caso el pasaje es producido por una bola de opio que el ingeniero mastica para resistir la dura vigilia.

En otros relatos ("Ellos", "La extraña galopada de Morrowbie Jukes") lo sobrenatural se anuncia desde las primeras líneas, y en cuentos como "La casa de los deseos", "El rickshaw fantasma" y varios ya citados, su felicidad es rozar las conjeturas de un prodigio desde los límites del realismo. Entre los que buscaron narrar la vida como un sortilegio, Kipling ocupa un destacado lugar, y a poco de revisar las tensiones entre la razón y lo inexplicable, es fácil creer que el imperio inglés conocía lo que su literatura expresaba bajo las formas administrativas de sus conquistas de lo desconocido. Sus relatos pueden vincularse al Doctor Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, a los empeños racionalistas de El padre Brown, de Chesterton, a El corazón de las tinieblas, de Conrad, y a las pericias de los relatos de Sherlock Holmes de Conan Doyle. En todos ellos campea el conflicto entre el dominio de la razón y sus grietas.

Rudyard Kipling ganó el Premio Nobel de Literatura en 1907, cuando tenía 42 años. Se había casado con una mujer norteamericana con la que tuvo tres hijos -para ellos escribió El libro de la selva y Capitanes valientes- y dejó de escribir historias infantiles luego de que su hija Josephine muriera de neumonía. Fue un autor prolífico y varios cuentos de esta antología lo muestran excesivamente oscuro, especialmente los que abordan temas vinculados con escritores, pero en un número abultado de relatos sólo unos pocos son olvidables.

RELATOS, de Rudyard Kipling. Selección y posfacio de Alberto Manguel, Acantilado, Barcelona, 2008. Distribuye Gussi. 797 págs.

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