El prisionero

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Elvio E. Gandolfo

TUVO UNA VIDA LARGA, incluso según parámetros actuales: pasó de los 90 años. Sin embargo su desaparición fue recibida como la de un líder o gurú para jóvenes, incluso jóvenes eternos. Hubo también, desde luego, reacciones negativas a parte de su obra, como las hubo en el momento mismo de su aparición.

Los dos libros que casi todo el mundo dejó intocados, discutiendo en todo caso su carácter de representación de una época o una edad biológica (la adolescencia) fueron su novela El cazador oculto (o El guardián entre el centeno) (1951), que seguía vendiendo unos 200.000 ejemplares al año, y Nueve cuentos (1953), una impecable selección de sus relatos, que incluye varias obras maestras.

La polémica, el disgusto o simplemente la falla literaria se produjo con el ciclo de "la familia Glass", recogido en Franny y Zooey (1961), Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción (1963). En vida solo publicó un segmento prolongado más de esa saga: "Hapworth 16, 1924" (1965).

MEMORIA Y BALANCE. Los dos primeros libros merecen plenamente el estatus de clásicos, cada uno en su campo. El cazador oculto toma una idea de Twain (usar, como en Huckleberry Finn, la voz de un adolescente para pintar todo un mundo) y logra disolver los tics y poses del protagonista en una amalgama entretejida con mano experta, pero también intuitiva. Se adelantó a otro libro clave, En el camino (1957), de Jack Kerouac, en el recurso tan peligroso, pero tan rendidor cuando es logrado, del trayecto. La carretera de Kerouac pasa a ser un recorrido de interiores sucesivos en El cazador...: un dormitorio universitario, un cuarto de hotel, sectores más bien claustrofóbicos de la vida urbana, que se abren en la epifanía final: un parque y una hermana menor.

Nueve cuentos, por su parte, incluye "Un día perfecto para el pez banana", "Para Esmé, con amor y sordidez" y "Boca bonita y verdes mis ojos", tres poderosos relatos clásicos que pintan la muerte, la crueldad, el suicidio y la traición o la estulticia de las mujeres (tema repetido en Salinger). Los deméritos casi desaparecen ante el brillo de su extraordinaria pericia con los diálogos: usa la bastardilla para indicar flexiones anímicas o énfasis verbales como nadie en la literatura estadounidense. Un cuento fallido como "El período azul de Daumier-Smith", preanuncia los problemas de su obra posterior. El tono pasa a ser remilgado, un tanto rígido, y ya en las primeras páginas falla en comunicar una iluminación mística del protagonista mientras mira a una mujer acomodar cosas en una vidriera. Sencillamente porque lo hace en forma de metafísica explícita. Ese adjetivo termina por ser tan letal para la auténtica mística como lo es para el auténtico erotismo la fórmula "sexo explícito".

En los dos libros siguientes se produce el fenómeno de "una cosa buena" y "una mala". Los dos relatos más breves ("Franny" y "Levantad, carpinteros, la viga del tejado") siguen siendo cuentos que funcionan como tales. En cambio "Zooey" y "Seymour: una introducción", se pierden en la búsqueda del hombre que se suicidó en "Un día perfecto para el pez banana". En vez de entrar en el espíritu, y aunque tengan fragmentos literariamente logrados, encallan en una tierra baldía colgada entre la ideología y la moda.

A PUERTAS CERRADAS. Dicen que "Hapworth 16, 1924" provocó una crisis en el New Yorker, el curioso semanario masivo de élite, favorito de Salinger. Menos su famoso editor, William Shawn, todos pensaban que el texto necesitaba una prolija "edición" en el sentido americano (corrección de estilo, síntesis). La publicación era célebre justamente por eso. Pero salió como salió.

En esos años Salinger decidió enclaustrarse, huir del ojo social, y dedicarse a escribir sin el peso de un público encima. Dicen que lo motivó una traición femenina tan clara como las de su obra, para él: una joven lo entrevistó para una revista estudiantil, pero difundió en cambio el reportaje en otra, masiva. A lo largo de los años, lejos de borrarse, Salinger no solo siguió actuando con mano represora en la edición de sus libros (cero texto informativo o contratapa, nada de imágenes, etc.). Atrajo además el deseo de periodistas y fanáticos de perforar el alto muro de su casa en Cornish, en el mejor estilo Garbo. En ese sentido, Thomas Pynchon lo hizo mejor: nadie le conoce las caras posteriores a los veinte años, lo que seguramente le permite circular sin tanto drama.

En el caso de Salinger el rostro que aparece en las escasas fotografías que le tomaron dista de parecer feliz, no solo por la situación misma (un pesado tratando de fotografiarlo) sino por la masa de arrugas, y el gesto. El defensor explicativo y explícito del budismo, de Cristo, de las religiones hindúes, tiene algo de viejo chiflado, de energúmeno.

Sus fanáticos saltarían hasta el techo con esa categorización, seguramente excesiva. Ocurre que cuando alguien se retira por completo queda sometido al cruce de reflejos más que a una imagen tridimensional. Según la leyenda, siguió escribiendo mucho, y tendría varias novelas en su haber. Casi seguramente tendrían que ver con "el mundo espiritual" ya recorrido en sus dos últimos libros.

Se han hecho ya numerosas apuestas al respecto. Se puede hacer otra: lo que se conozca a partir de su muerte no cambiará demasiado lo que ya se conocía de su don tardío. Fueron textos que parecieron preanunciar la difusión masiva de las corrientes neorreligiosas y neoespirituales: un nicho de mercado más, al menos en Occidente. Rara vez se lograba acceder a la comunicación de una iluminación personal en esos casos.

PÚBLICO Y SECTA. Uno de los escasos análisis pausados y creativos críticamente de su obra lo hizo Donald Barr en "Ah, compañero: Salinger" (recogido en castellano en La narrativa actual en los Estados Unidos, Nova, 1969). En una fecha tan temprana como 1963 (copyright del texto original) empleaba una serie de herramientas complejas: el modo en que un autor se proyecta dentro de su obra, la negociación que establece con "lo social", la relación mítica con su público, etc. Cerca del final deducía: "En todas las etapas previas de su labor literaria [Salinger] tuvo un público identificable cuyas expectativas eran evidentes, y esas expectativas influyeron poderosamente sobre el intelecto de Salinger, le plantearon problemas y picaron su orgullo. Pero desde hace casi diez años escribe para un público de conversos. Una secta no es un público saludable. No puede influir sobre la mente del autor porque no se halla constituida por personas con identidad propia, dotados de sus propios prejuicios, sus propias estupideces, sus propios hábitos".

Su muerte, casi cincuenta años después de ese párrafo, provocó reacciones que parecen apuntar a una división semejante a la de entonces. La gran intriga es si los textos inéditos de verdad (no los no recogidos en libro, que pueden leerse con facilidad en Internet) cambiarán de algún modo las cosas.

Salinger en el Cultural

HUBO DOS tapas sobre Salinger en el Cultural. En el Nº 451 Álvaro Buela publicó "La desaparición incompleta" y en el Nº 783 Mercedes Estramil firmó "Los guardianes siguen hablando". En el Nº 979 Eleonor Wauquier comentó reediciones de su obra. El Nº 180 incluyó "Yo lo aprenderé", uno de sus cuentos "clandestinos".

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