ME BAJÉ del ómnibus, y la vi. Era la mujer de mis sueños.
"Verde que te quiero verde; verde viento, verdes ramas…" (*)
No sé por qué los ojos claros se asociarán con los sueños; esos ojos eran claros, muy claros, de un verde submarino, y ella tenía una pereza sonámbula, de gato.
Yo tenía en la mano un sobre; iba al Correo, creo que por última vez, a despachar una carta. Ella cruzaba 18 de julio, también como en dirección al Correo, y estaba acompañada por una mujer mayor, bastante mayor; pensé que esa mujer sería la abuela, pero más parecía una tía, o una criada. La muchacha de mis sueños la iba rezongando, con una voz acorde con la pereza sonámbula que mostraban los ojos y todos sus movimientos: ese momento tan fugaz de la pereza al despertarse, cuando todavía no llegó la conciencia del día a encarar, y los ensueños placenteros se prolongan en un comienzo de vigilia que los recuerda o que quiere recrearlos, o asirlos, no dejarlos escapar. La voz era profunda, ronca, tal como lo hacían sospechar los ojos entornados.
No sé cómo fue que se organizaron los movimientos de cada uno, pero yo me encontré cruzando la avenida apresuradamente, porque estaba por cambiar la luz, y deteniéndome luego, a salvo, junto al semáforo, para esperarla. No abrigaba ninguna ilusión e imagino que tampoco ningún deseo, porque la mujer de mis sueños está más allá del erotismo, incluso más allá del amor y, vamos a no engañarnos, qué ilusión puede abrigar un viejo ante una niña como aquella.
"El largo viento dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca…"
Y además es ley que la mujer de mis sueños deba perderse, para alimentar mis sueños. Pero yo quería seguir mirándola un poco más, y la esperé junto al semáforo, mientras ella cruzaba perezosamente la calle con su acompañante; ni siquiera un ómnibus, de esos todopoderosos señores de la avenida, sería capaz de atropellar a un sueño; de todos modos, a ella esa eventualidad parecía tenerla completamente sin cuidado.
Quisiera creer que me vio, que me comprendió, que quiso corresponder a mi humilde y callada adoración ----------------- pero seguramente no fue así. Probablemente no me haya visto, y si me vio no reparó en mí, y si reparó no pensó jamás en corresponder a nada; pero, en estos casos, no hay que dar nada por seguro. Tal vez era una diosa que bajó a la Tierra especialmente para ese momento, porque los dioses me quieren y yo necesitaba ese estímulo ----------------pero esto es todavía mucho más difícil de probar.
El hecho es que se detuvo, sí, se detuvo un instante, en medio de la calle, aun con la amenaza de los ómnibus, y se llevó una mano a la nuca, y soltó un broche, permitiendo que se expandiera y cayera y ondulara una cascada interminable de pelo completa y absolutamente negro. Glorioso espectáculo para un solo espectador consciente: yo.
El pelo negro y la mirada verde provocaban cortocircuitos en cada una de mis sinapsis, el pelo negro, la mirada verde, los movimientos felinos, perezosos, en medio de la calle, y ese sentimiento estupefacto de que el espectáculo había sido programado exclusivamente para mí.
"¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde? Ella sigue en su baranda.
Verde carne, pelo verde, soñando en la mar amarga."
No continuó en la dirección del Correo, sino que ambas, ella y escolta, doblaron y siguieron por 18, hacia Yaguarón. Yo sí fui al Correo, pero un rato más tarde. En ese momento me quedé allí, junto al semáforo, viendo cómo la mujer de mis sueños se perdía entre la gente. Y se perdió casi en seguida, porque la gente era mucha.
(*) Todos los versos citados aquí pertenecen a "Romance Sonámbulo" del "Romancero Gitano" de Federico García Lorca.
(Jorge Mario Varlotta Levrero nació en Montevideo el 23 de enero de 1940 y murió en la misma ciudad en agosto de 2004. Su vasta y compleja obra incluye recopilaciones de cuentos, novelas, libros de historieta y textos inclasificables como El discurso vacío (1996). Entre otras obras de narrativa publicó Gelatina (1968) La máquina de pensar en Gladys (1970), El portero y el otro (1992), El alma de Gardel (1996), Los carros de fuego (2003), La novela luminosa (2005) y la trilogía compuesta por La ciudad (1970), El lugar (1982) y París (1979). El relato de esta página es el número 33 del libro Irrupciones I, publicado en 2001 por la editorial Cauce en la colección Flexes Terpines, donde se incluyeron textos de amigos y asistentes a sus talleres de escritura).
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